Reseña del último libro del colega Mario Argueta sobre Ramón Villeda Morales

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Una nueva visión del gobierno de Villeda Morales

Juan Ramón Martínez

La Tribuna, 9 de marzo de 2009

 

La mayoría de los hondureños, en lo que se refiere a la valoración del gobierno de Ramón Villeda Morales, nos dividimos en dos categorías. Una de ellas está compuesta por los románticos, que ven con enorme nostalgia y orgullo una suerte de “primavera” política que le permitió a Honduras dar un salto hacia la modernidad. “La otra, es la rencorosa que manejan sus enemigos, de adentro y fuera del Partido Liberal, que valoran su gestión como demagógica, irresponsable y sectaria que, en vez de beneficiar a Honduras, precipitó la emergencia de la alianza militar nacionalista que nos produjera la nefasta época de los gobiernos militares. Como siempre ocurre, la verdad no está en una sola parte. Ambas posturas tienen algo de razón, por lo que lo inteligente es aprehender de ambas. Y construir, desde la síntesis, una visión más completa; y por ello, más cercana a la realidad.

En esta dirección, Mario R. Argueta –de muchos méritos en esta tarea de ir paso a paso, construyendo las bases de la historia nacional– acaba de publicar “Ramón Villeda Morales, Luces y sombras de una primavera política”, Editorial Guaymuras, Tegucigalpa, 2009, libro sin desperdicios, valioso por la información que proporciona y, singularmente honesto porque su autor se abstiene, como corresponde a su alto profesionalismo, de dar opiniones personales para inclinar las conclusiones en una dirección o la otra. Y como –igual que en otras oportunidades– centra sus principales informaciones en los análisis efectuados por los oficiales de la Embajada de Estados Unidos en Tegucigalpa, nos permite aproximarnos al gobierno de Villeda Morales desde una perspectiva privilegiada, visualizando más terreno desde el cual poder ver, en memores condiciones, el comportamiento de los principales actores políticos, sociales, económicos y militar de una época en la que, más que otra cosa, un grupo de políticos pretendió reducir el retraso de Honduras –creado por la dictadura del general Carías Andino–, con respecto a los demás países de la región en materia de seguridad social, perfeccionamiento del gobierno, desarrollo de infraestructura y facilitación del accionar de las organizaciones políticas, sociales y gremiales en la gestión y dirección de la sociedad hondureña.
Desde esta perspectiva, el autor del libro que comentamos, nos recuerda de entrada que el ingreso de Villeda Morales a la Presidencial de la República, estuvo precedido de no pocas dificultades. En 1954, al no obtener mayoría absoluta, fue víctima de los enconos del Partido Nacional y del Movimiento Nacional Reformista, cuyos líderes principales, prefirieron entorpecer el Estado de Derecho, antes que entregar la titularidad a un hombre al cual consideraban poco idóneo para el ejercicio de la Presidencia de la República. En 1957, pese a que el Partido Liberal contaba la mayoría de la Asamblea Nacional Constituyente, no tenía asegurada la elección presidencial, en el caso que se hubiera convocado al pueblo para elegir en forma directa al Presidente de la República. Por ello, Villeda Morales tuvo que ceder frente al apetito de poder de los militares conducidos por López Arellano que para entonces, habían iniciado una relación –que duraría muchos años más– con las figuras más importantes del Partido Nacional. Frente al dilema de correr el riesgo de unas elecciones en las que el Partido Nacional unificado y respaldado por el Ejército podía ganarle las elecciones, Villeda Morales tuvo que aceptar un gobierno mutilado, en vista que una gran parte del control sobre mismo, se lo reservó López Arellano, involucrando a los militares en un proceso espurio que terminaría convirtiéndolos en verdadero partido político de hecho.

Pero las dificultades de Villeda Morales no terminaron allí. Las fuerzas conservadoras del país le inventaron al pediatra liberal, una militancia comunista sin fundamento alguno, más que basados en su vocación urbana y su intención de buscar para Honduras la modernidad que los gobiernos nacionalistas le habían impedido. A estas fuerzas de la derecha nacional, se les unió la Embajada de los Estados Unidos en Tegucigalpa que, como se puede ver en el libro de Argueta, no disimularon la desconfianza con respecto a las posibilidades de la voluntad popular y, por supuesto, su oposición que Villeda Morales pudiera construir y dirigir un régimen democrático en Honduras. Las interpretaciones que hicieron sus oficiales de la personalidad del candidato, los juicios sobre sus probables formas de dirigir el país y las opiniones puntuales sobre temas específicos, muestran a los oficiales de la Embajada, víctimas de la neurosis anticomunista, lo que los incapacitó para ser suficiente juiciosos al momento de producir y enviar sus análisis. Por ello es que en este libro de Mario R. Argueta, aunque el observado y objeto de estudio es el régimen de Villeda Morales, también nos da la oportunidad de estudiar a la observante Embajada estadounidense en Tegucigalpa que, en el libro que comentamos, no sale muy bien parada, especialmente en los momentos en que asustados informantes, se oponen a las medidas transformadoras del gobierno liberal.

Finalmente, Villeda Morales tiene que enfrentar la ansiedad y la vocación sectaria de los liberales que quieren, después de un alejamiento injusto del ejercicio del gobierno, todo el poder para ellos. Y no precisamente para servir, sino que para castigar a los nacionalistas, expulsándolos del ejercicio de los puestos públicos y negándoles la oportunidad de participar en los ya crecientes negocios del gobierno con los particulares. Aunque Villeda Morales también es víctima de ciertas formas de sectarismo –tal lo que se aprecia en el libro de Argueta– no estaba a la altura de la rabia y la ansiedad de algunos caudillos liberales que, posiblemente sin tomarse muy en serio, replicaban las mismas conductas de sus adversarios los odiados miembros del Partido Nacional y su caudillo, el general Tiburcio Carías Andino. En este libro hay también, una evaluación de Villeda Morales como gobernante que se aleja un poco de la usual y conocida por todos. La idea de un gran gobernante, palidece mucho por la frialdad de las cifras y la dureza de las realidades constatadas por los atentos y nerviosos observadores de entonces.

Un gobierno con muchas dificultades enfrente. La administración de Villeda Morales, se inició en el marco de una crisis en la que, por primera vez, se tomó conciencia de su profundidad y sus efectos. Para diciembre de 1957, se habían empezado a sentir los efectos del desempleo que habían creado las inundaciones de la costa norte y la huelga general de abril y mayo de 1954. Los ingresos fiscales no tenían el dinamismo necesario para sostener un gobierno que estaba obligado a crecer, tanto por las nuevas urgencias como por imperativos de permitirle a los liberales ingresar a gozar los beneficios del presupuesto público. Las postergadas ansiedades de los grupos sociales, a favor de una mayor atención de un sistema público que sistemáticamente había negado la existencia de los problemas sociales, estaban al límite de la tolerancia. La organización de los trabajadores, de los empresarios y las fuerzas políticas, presionaba por la atención de sus problemas y sus urgencias.

Y además, el gobierno liberal estaba sometido a la férrea vigilancia de la Embajada de los Estados Unidos en Tegucigalpa y la auditoría, exigente y rabiosa de López Arellano que, para entonces había asumido el papel tutelar del sistema democrático recién nacido, de la unidad política de liberales y nacionalistas; y de la defensa de la estabilidad y la paz de la República. Para entonces, tal como lo ilustra Argueta, López tiene consolidada una posición de co presidente de Honduras, al extremo que no tenía la obligación de considerar al Presidente Villeda Morales como su jefe superior, porque la Constitución de 1957, le autorizaba a desobedecer sus órdenes, en cuyo caso, el Congreso beatíficamente tenía que asumir la función de juez amigable y árbitro fraterno.

El régimen liberal y los apetitos de un liderazgo sin mayor control. Desde el primer día del gobierno de Villeda Morales se notó –y el libro de Mario R. Argueta lo confirma plenamente– una división, dinámica y creciente, entre los liberales que participaban en el mismo. Urgidos por tantos años fuera del presupuesto, los liberales en cargos ministeriales se dedicaron a proteger sus candidaturas presidenciales. Mientras Villeda Morales por una parte buscaba mantener la unidad y preservar su liderazgo, Rodas Alvarado consolidaba su creciente popularidad desde una perspectiva cuestionadora de la tibieza de Villeda Morales con respecto a los nacionalistas a los cuales predicaba que había que “abrirles las puertas del gobierno; pero no para que entraran, sino que para que salieran del gobierno”. Esta prédica, terminó debilitando al gobierno de Villeda Morales, al tiempo que lo empujó hacia posturas que López Arellano consideró como abiertamente contrarias al espíritu del pacto que habían establecido, en dirección a manejar un gobierno de integración nacional, con participación incluso de los nacionalistas y los militares, en un gobierno diferente al sectario que predicaba y urgía el licenciado Modesto Rodas Alvarado. Los informes desclasificados de la Embajada de los Estados Unidos en Tegucigalpa, proporcionó una visión individual y de conjunto, de los políticos liberales antes de ingresar al gobierno y después a partir de sus ejecutorias al frente de sus respectivas responsabilidades. El anexo 3 del libro de Mario R. Argueta, intitulado, Los precandidatos del Partido Liberal, un análisis de los diplomáticos de Estados Unidos en Honduras, nos proporciona una valiosa información, tanto para conocer a los políticos liberales, como para apreciar y valorar las prácticas de los funcionarios de la Embajada Americana, en el enjuiciamiento de las personas. No sabemos que lo que escriben actualmente –hay que esperar unos pocos años para que se desclasifiquen sus informes–; pero mientras tanto, podemos gozar y aprender. De Rodas Alvarado se dice que “ha trabajado callada y efectivamente para forjarse una fortaleza organizativa, usando como herramientas básicas su completo control sobre el Congreso Nacional y la casi absoluta lealtad que suscita entre los diputados. Ha buscado edificar con el mismo grupo que llevó a Villeda Morales al poder y que ha dominado todas las convenciones del Partido Liberal, desde 1954. La fuerza de este grupo radica en la región occidental del país, donde la proliferación de municipios otorga a esa región un papel dominante en los asuntos partidarios”. Según los autores del informe que venimos citando, “el único factor de peso que opera en su contra –y esto no se veía como decisivo– es la actitud de los militares quienes lo consideran como una de las posibilidades liberales menos deseable”.

Villeda Morales, enterado de tales extremos, asumió la posición de luchar en contra de la candidatura de Rodas, impulsando la de Andrés Alvarado Puerto. En el libro no están claros los motivos. Pero, se puede inferir que la razón de rechazar a Rodas Alvarado, es porque por su personalidad, no sería fácil su manejo por parte de Villeda Morales, una vez que ganara las elecciones presidenciales. De este candidato escogido por el Presidente de la República, dice el informante de la Embajada Americana, que en “dos meses, Andrés Alvarado Puerto se ha levantado de las profundidades de la desesperación a su actual posición como uno de los principales contendientes. Sin embargo, su posición es precaria y descansa en leves ventajas. La más importante, es el factor aparente que al fin ha podido arrancar del Presidente Villeda. Este favor fue concedido probablemente con renuencia, y puede que no tenga más base que el deseo de Villeda de entorpecer la marcha de Rodas hacia la candidatura. Su segunda ventaja radica en el control del Consejo Central Ejecutivo. Cuando Roque J. Rivera se retiró (fue expulsado del Partido Liberal) un seguidor de Alvarado es carecer del tipo de fortaleza que le asegura a un candidato los delegados de la Convención, pero ahora tiene dos herramientas para empezar a construir esa fortaleza”.

“Óscar Flores, el tercer precandidato es, sin duda, el más débil. Aparentemente en un inicio pensó que podía obtener la candidatura con base a una condición que, frecuente y exageradamente, se ha visto como necesaria para llegar a ser presidente: Ser aceptado por los militares y la Embajada Americana. Ha buscado transformar lo que son esencialmente los factores negativos en virtudes, asegurando a todos, en privado, que las Fuerzas Armadas y la Embajada lo apoyan activamente. Solamente en los pasados tres o cuatro meses –el informe tiene fecha 27 de noviembre de 1962– ha hecho algún esfuerzo para controlar los consejos locales que nombrarán a los delegados a la Convención, pero, por lo general, ha sido rechazado. Ante estos rechazos, sus reacciones han sido, frecuentemente petulantes y amenazadoras y no ha vacilado en lanzar corrosivos ataques públicos contra aquellos que obstaculizan su candidatura”.

Frente a estas pre candidaturas, Villeda Morales no renuncia al juego y a la manipulación, con el fin de proteger lo suyo. Según Peter D. Constable, segundo secretario de la Embajada, autor del informe que venimos comentando “el Presidente Villeda condiciona su actitud ante un posible sucesor en términos de mantener la máxima influencia en los asuntos partidarios, con vista a un futuro retorno al poder. Este punto de vista aún parece válido, aunque las tácticas de Villeda para alcanzar tal fin parecen haber sufrido varios reveses”. Al final, Rodas Alvarado, se quedó con la candidatura liberal. De él, agrega la Embajada Americana en Tegucigalpa, que es “probablemente el de personalidad más fuerte. Tiende a ser un encarnizado militante liberal, demagogo, y recuerda mucho la imagen de un caudillo latinoamericano. Muchos de sus seguidores y la mayoría de los nacionalistas, piensan que él emplearía el sistema de botín para construir una poderosa maquinaria personal y para destruir cualquier nacionalista que aún quede en el gobierno. Se sabe que estuvo en desacuerdo con las políticas financieras conservadoras seguidas por el gobierno de Villeda bajo el liderazgo del ministro de Hacienda Jorge Bueso Arias y el Presidente del Banco Central, Roberto Ramírez”.

El fin de “la primavera política liberal”. Como se sabe, el gobierno de Villeda Morales fue derrocado por el movimiento militar del 3 de octubre, encabezado por el coronel Oswaldo López Arellano. El hecho ocurrió, unos pocos días antes de la fecha para el cual el pueblo hondureño estaba convocado a elegir a las nuevas autoridades gubernamentales. Las presiones para que los liberales permitieran mayores oportunidades a los nacionalistas en el proceso electoral, los temores de estos ante el riesgo que los liberales usaran a la Guardia Civil como una fuerza intimidatoria que alterara los resultados a favor de Rodas Alvarado; y posiblemente, el factor más importante, el sentimiento de Oswaldo López Arellano que se quedaba, una vez concluido el período de Villeda Morales, sin empleo porque finalizada su período como Jefe de las Fuerzas Armadas, fueron el caldo de cultivo alrededor del cual fermentó y se justificó la asonada en contra del Estado de Derecho que dio por tierra con la primavera política que por primera vez se experimentaba en Honduras. El rumor en el sentido que Villeda Morales se coludió con López Arellano para, mediante el golpe de Estado, impedir el triunfo de Rodas Alvarado, no deja de ser eso, un simple rumor. No hay nada en el libro que indique que Villeda Morales haya conspirado en contra de sí mismo. O estimulado a López Arellano para que se levantara en armas en contra de la República. Más bien lo que se aprecia son los esfuerzos de parte de la administración Kennedy, –posiblemente alertada por Villeda Morales– por convencer a López Arellano, a fin que se mantuviera dentro del respeto a la ley, absteniéndose del derribamiento del gobierno constitucional del Presidente Villeda Morales. Un día antes de este desafortunado acontecimiento, visitó a López en sus cuarteles el general Theodore F. Bogart, con el ánimo de expresarle su preocupación respecto a la situación. “Adicionalmente (el general Bogart) destacó que el golpe, en este momento, no sería entendido y que ningún régimen democrático podría aceptarlo como justificado”. López respondió que “todos esos puntos habían sido tomados en cuenta, pero que no veía alternativa a la acción previa a las elecciones”. Ante la insistencia del general Bogart, López hizo una sola concesión: “Hablar con el Presidente Villeda Morales, en un último esfuerzo por alcanzar un arreglo. Expresó pesimismo respecto a cualquier resultado positivo”. En la defensa de la acción ilegal en curso, López esgrimió “la amenaza de la Guardia Civil armada, que caracterizó como milicia política y como un hecho que muchos miembros del Partido Liberal habían sido armados por la administración Villeda Morales. Claramente evidenció que no tenía fe en Villeda Morales ni en el candidato del Partido Liberal, Rodas Alvarado. También manifestó temor a que, después de las elecciones, el Partido Liberal aboliría el Ejército y fortalecería la Guardia Civil por medio de nombramientos políticos para asegurar el control del Partido Liberal”.

Unas pocas horas después, en la madrugada del día siguiente, las Fuerzas Armadas se rebelaron en contra de Villeda Morales, destituyéndolo del cargo y expulsándolo del país. Una recepción que Villeda Morales daría a los militares en la oportunidad de la celebración del día del soldado, –el 3 de octubre de 1963– no se pudo efectuar. (El embajador y el general, acordaron que “su presencia (en la recepción presidencial) sería contraproducente y daría pie a especulaciones desfavorables respecto a la actitud de los Estados Unidos”. Aparentemente no sabían que el golpe se iniciaría unas pocas horas después, el día siguiente. Al fin y al cabo no había nada que celebrar. La primavera política, había terminado en Honduras. Y un nuevo poder, la alianza de los militares y algunos políticos nacionalistas, se había impuesto en Honduras. El país, su pueblo y sus instituciones serían, mayoritariamente suyos durante cerca de diez y siete años. Era más bien, tiempo para llorar y para lamentarse.

Tegucigalpa, marzo 9 del 2009

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