Memorable artículo de Arturo Monterroso en “El Acordeón” del 25.04.2004 que retrata nuestro aldeanismo

La mediocridad brillante 

He would like to be attractive but he knows he is not.”

Youth.  J.M. Coetzee 

A lo largo de muchos años me he dado cuenta que muchas veces no son las personas más capaces, inteligentes y con mayor experiencia quienes tienen éxito. El éxito en las empresas, las instituciones y el Estado —en cualquier lugar en realidad—, está más ligado a la habilidad para el disimulo y el halago oficioso que al profesionalismo y la honestidad. La falta de lealtad, la mentira y el infundio son las artes de quienes han escogido el camino del éxito sin esfuerzo; es decir, la obtención de puestos, dinero y reconocimiento por la vía de la mediocridad brillante, un método para escalar posiciones que no considera escrúpulos.

Los mediocres brillantes tienen una asombrosa habilidad para parecer eficientes e ingeniosos; para estar en el tiempo preciso, en el lugar correcto, con la solución esperada, aunque la hayan robado a los compañeros o a la competencia. Sagaces impecables, se convierten rápidamente en subalternos ejemplares porque jamás se permiten mejores ideas que el jefe, a quien rinden pleitesía, no porque reconozcan sus aciertos sino porque hacen únicamente lo que conviene. Y son aparentemente correctos, honestos, trabajadores feroces que llegan temprano y se van tarde.  Los mediocres brillantes son gente que encuentra el modo de adjudicarse trabajos que no ha hecho y méritos que no tiene. Y de señalar a otros de los errores que ha cometido para salvar el pellejo. Claro que no son buenos empleados pero fingen serlo, mostrando siempre esa agitación de quien no tiene tiempo ni para ir al baño. Ante la mirada, con frecuencia torpe y miope de sus jefes, son quienes mueven la empresa; la maquinaria indispensable que hace andar los mecanismos de la producción. Sin embargo, los verdaderos mediocres brillantes no tienen prisa por el reconocimiento. Los mediocres ordinarios se tropiezan en su propia ansiedad y terminan siendo burdos empleadillos pasados de listos, tan evidentes en sus faltas que son despedidos de inmediato. Los mediocres brillantes son astutos y sutiles; a veces hasta prudentes. Con gran perspicacia se aprovechan del trabajo de los empleados eficientes. Y de su ingenuidad. Hábilmente se las arreglan para leer mensajes que no les corresponden, para conseguir información ajena y para averiguar cómo se mueven las piezas en el tablero de ajedrez que es toda institución o empresa.  

Una vez conocidos los mecanismos interiores de la organización, los mediocres brillantes se dirigen a su objetivo: los puestos que atesoran el poder y el dinero. Pero no todo es fácil: en el camino se les adhieren muchos mediocres ordinarios cuya cabeza habrá que salvar algunas veces; resultan útiles y, después de todo, puede disponerse de ellos cuando se convierten en un obstáculo. Están también los jefes honestos y capaces, muy raros por cierto, y la gente profesional y eficiente que a veces es reconocida y accede a puestos de importancia, bloqueando momentáneamente el camino. Es sólo una cuestión de tiempo. A la larga, la gente honesta y trabajadora terminará quedando mal parada —gracias a la infidencia y a la insidia— y los mediocres brillantes accederán a las posiciones más codiciadas. O no llegarán a esas posiciones porque no es lo que buscan. O realmente no dan la talla, ni siquiera simulada. A veces sólo quieren estar en posición de privilegio para que no les averigüen sus malos manejos, su iniquidad o su pereza. O los robos, la malversación y el jineteo.

Los mediocres brillantes han proliferado en los últimos tiempos porque se han vuelto indispensables. De lo contrario, ¿cómo harían tantas organizaciones para manejar sus dobles contabilidades, sus contrabandos, sus contratos adjudicados antes de las licitaciones? ¿Cómo harían algunos jefes para cubrir su incapacidad, sus indiscreciones, sus hurtos? ¿Quién haría el trabajo sucio, quién pagaría los sobornos, quién engañaría a los clientes, quién robaría las horas extras de los empleados?  Los mediocres brillantes son tan importantes que por eso se trucan las solicitudes de empleo y los procedimientos para los ascensos, dándoles preferencia. La gente profesional y honesta no tiene mucha cabida en una sociedad donde la mediocridad es la norma aunque parezca todo lo contrario. Y no hay que olvidar que los mediocres brillantes van estar aquí cuando la humanidad haya desaparecido y sólo queden las cucarachas y las ratas. 

Guatemala, 22 de marzo de 2004

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