Entrevista a la colega Claudia Dary

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Claudia Dary
“Es primordial entender al otro”
Su trabajo la ha llevado por distintas regiones del país, para indagar sobre tradición oral, género, arte y cultura popular

REVISTA D, 26 de agosto de 2007

Con Claudia Dary Fuentes se puede conversar largo rato sobre el guatemalteco y las condicionantes que inciden en cómo se desenvuelve la sociedad en este país. Estudió Antropología en la Universidad de San Carlos entre 1979 y 1983, en una época en la que murieron algunos de sus catedráticos y compañeros, y otros salieron al exilio.

Fue difícil, pero Dary siguió adelante. Hoy es una investigadora cuyos trabajos han sido publicados en libros, enciclopedias, revistas y periódicos.

 Usted ha hecho investigaciones en el oriente y occidente del país, ¿cómo ha vivido esas experiencias?

Comencé en el oriente cuando era estudiante. En parte tuvo que ver con la situación de violencia que se estaba viviendo; me tocó hacer trabajo de campo entre 1982 y 1983. Los profesores de la universidad nos recomendaron que no fuéramos a occidente, porque estaba muy difícil y que buscáramos un área menos afectada.

Celso Lara me comentó que se sabía mucho del mundo indígena, pero se conocía muy poco del oriente. Así que fui primero a Santa Rosa y después al área ch’orti’, en Jocotán.

Al estar allí me di cuenta de que había una enorme influencia de la literatura oral cho’rti’ en la literatura oral de los ladinos y mestizos.

Empecé a ver que era importante abordar las relaciones interétnicas. Mi tesis de graduación fue la tradición oral en Chiquimula, y el comité examinador recomendó que se publicara. Después me fui a Petén a investigar el mismo tema.

 ¿En qué momento llegó al occidente del país?

En 1987, fui a Santiago Atitlán a estudiar la conversión al protestantismo. Fue un impacto fuerte. Por supuesto, yo no ignoraba el alto porcentaje de población monolingüe, pero esto hacía difícil la comunicación. Yo era una capitalina, percibida como ladina en un ambiente donde la mayoría de la población es indígena. Fue complicado. Lo que una hace en estos casos es tratar de buscar otras vías. Se nos enseñó que teníamos que ser lo más objetivo posibles, pero ahora se ve que la misma subjetividad de una está metida en el proceso y que con su presencia altera el escenario social donde está investigando.

 ¿Qué es lo más importante del trabajo antropológico?

Es primordial entender al otro. Tratar de comprender por qué actúa como lo hace y también tener en cuenta las condicionantes históricas que inciden en su comunidad. Claro que ha habido antropólogos que han hecho estudios monográficos y se limitan a describir la situación que están viendo. Yo creo que la tarea de un antropólogo social está muy cerca de la historia, en el sentido de que son las condiciones históricas las que determinan las situaciones socioeconómicas, culturales, etcétera, de un grupo, sus relaciones con sus vecinos y con la comunidad nacional en su conjunto.

Antropológicamente, ¿qué es lo que más ha incidido en cómo es el guatemalteco?

Es la suma de varias cosas, pero yo creo que mucho de lo que pasa en Guatemala, sin duda, tiene su raíz en la época colonial. La manera cómo la legislación creó privilegios, derechos y obligaciones para los grupos sociales. Una legislación específica para los grupos indígenas que los obligaba a tributar y que perduró hasta la época de la independencia. Ésta logró eliminar algunas cosas, pero las obligaciones de los indígenas hacia los señores siguieron. Permanece esa mentalidad criolla de que Guatemala es una gran finca donde hay un grupo de personas que no sabe manejarse, que debe ser tratado como niños, tutelado, dirigido. Por eso, las relaciones interétnicas son tan tirantes, es lo que todavía arrastramos, claro que con cambios. Se hereda. Fue muy fuerte, más que en otros países, como México.

 ¿El trabajo antropológico debe mover a un cambio en la sociedad o sólo hacer un registro?

Se dan las dos cosas. Desde los años 1940 ó 1950 se ha planteado la corriente de la antropología aplicada. Por la ideología que se tenía, mucha de la antropología aplicada tenía que ver con la dinámica de la integración y la asimilación del indígena a la sociedad. Bajo esa línea de pensamiento, se creía que si los indígenas se castellanizaban y dejaban ciertas costumbres iban a mejorar. Esa fue una perspectiva. Ahora ya no se habla tanto de antropología aplicada bajo esa línea de pensamiento, sino quizá en la línea de la antropología de desarrollo, una visión crítica a las diferentes corrientes de desarrollo en América Latina. Se critican estas recetas desarrollistas que han venido del norte, de las grandes fundaciones. La antropología permite decir: las personas tienen una identidad, tienen cierta fortaleza en su conocimiento local, que debe ser evaluado de forma positiva. En ese sentido, puede evidenciar el conocimiento del otro, de las sociedades. En la actualidad, ningún gobierno que se precie de ser bueno puede dejar por un lado los estudios de los antropólogos.

 ¿Alguna de sus investigaciones la ha conmovido particularmente?

 Todas, pero quizá dos en particular. Una fue sobre estrategias de sobrevivencia campesina en el área ch’orti’, que hice con dos agrónomos, Violeta Reyna y Silvel Elías. Yo conocía el área, había hecho allí mi tesis a principios de la década de 1980. En esta segunda oportunidad (1995 y 1996), subimos a muchas aldeas. Padecen desnutrición y muerte. La Prensa dio a conocer la hambruna, pero era un problema histórico en la zona. No sé cómo está ahora, pero en esa época la gente vivía en inmensa pobreza. No preguntaban qué les íbamos a dar, sino que se alegraban de que los llegáramos a visitar, de que alguien los escuchara. Otra investigación fue Sembradoras de esperanza, sobre las mujeres mayas en la educación superior de Guatemala. La hice con dos amigas, Linda Asturias de Barrios y María Piedad Vargas. La experiencia de esas mujeres en la escuela, lo difícil que había sido para ellas soportar el racismo, la exclusión, los comentarios de profesores y compañeros en un espacio interétnico en las aulas, fue impresionante. Algunas lloraron al contar lo que habían pasado, el menosprecio por ser mujer, indígena y pobre.

 ¿Cómo define ser guatemalteco?

 Es una pregunta difícil. Es un ente diverso. No hay una homogeneidad. Esa es parte de nuestra riqueza y de los problemas. Muchas personas definen primero su identidad local. Ahora estoy trabajando mi tesis doctoral en Santa María Jalapa, y ellos primero son xalapanes y después guatemaltecos. En el extranjero las barreras parecen diluirse. Con una diversidad en nuestra experiencia histórica, en diferencia, en privilegios y obligaciones. Hay conflicto, el guatemalteco es desconfiado, pero al mismo tiempo bondadoso.

 ¿Cuál es el camino más agreste que le ha tocado recorrer?

 Creo que fue cuando mataron a mi papá (Mario Dary Rivera). Murió dentro de la Universidad, que era lo que él más amaba después de su familia. No se han encontrado responsables. Fue muy dura esa experiencia. Otra fue cuando mi hijo tenía año y medio, y casi muero ahogada en el mar. Ahora Adrián tiene 19 años y mi otro hijo, Martín, 14.

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