Bernal Díaz del Castillo y el país guatemalteco

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Reseña a la última edición crítica de la “Historia verdadera de la conquista de Nueva España” de Bernal Díaz del Castillo, realizada por el Prof. José Antonio Barbón Rodríguez de la Universidad de Colonia y publicada en México en 2005. 

Por Julio César Pinto Soria

El Periódico, 14 de octubre de 2007

El descubrimiento del continente americano, en 1492, es uno de los hechos más trascendentales de la historia universal. Las fronteras, las posibilidades de conocimiento del hombre, se expandieron de repente. Es el punto de partida de los imperios coloniales de la época moderna, encabezados entonces por España. Grandes movimientos de población, el choque entre los más diferentes pueblos, naciones y civilizaciones, la destrucción de unos, el surgimiento de otros, fue uno de sus mayores resultados. Bernal Díaz del Castillo, proveniente de estratos medios populares, el crisol de las naciones de la época, pertenece a este tiempo. En 1514, con apenas 18 años, llega al nuevo continente como un emigrante más; cinco años más tarde está participando como soldado de Hernán Cortés en la conquista de México, el tema central de su crónica. Por ello, los mexicanos lo reivindican como uno de los fundadores de su país, algo que también pueden hacer los guatemaltecos.

En 1541, consumada la conquista española en el continente, Bernal Díaz se asienta en Santiago de Guatemala, donde, una década después, empieza a escribir su Historia verdadera, que culminará en 1568, a la edad de 72 años, ya más americano que español, por no decir guatemalteco. Había llegado al continente siendo casi un adolescente, donde vivió una verdadera metamorfosis. En el prólogo a la crónica, presenta a Castilla la Vieja como su patria, el lugar de “donde soy natural”. Su patria, sin embargo, era cambiante como su tiempo. Nació en España, en Medina del Campo, pero terminaría sus días en esa franja fronteriza donde el español peninsular, como criollo americano, empieza a echar las raíces de un nuevo país que sus descendientes reclamarán más tarde como su patria, La patria del criollo a la que Severo Martínez Peláez le dedicaría su principal libro. Bernal Díaz es así uno de los fundadores del país guatemalteco, tal vez el más idóneo, el que Guatemala puede rescatar como origen de su nacionalidad; no Pedro de Alvarado, sanguinario y destructor, más ave de rapiña que constructor. Es un papel que sin duda sí le cabe a Bernal Díaz con su Historia verdadera.

Testimonio y escritura

De los 70 años que vivió en el continente americano, 43 transcurren en la ciudad de Santiago de Guatemala, donde funda familia y se convierte en uno de los principales vecinos, regidor perpetuo de su ayuntamiento y propietario de una de las principales encomiendas, ubicada en San Juan y San Pedro Sacatepéquez, en la parte central de Guatemala. Así contribuiría a crear un nuevo país, injusto, discriminador, etcétera, eso es ya otra cosa. El otro lado de su vida, que sería el determinante, es la escritura de la obra, que inicia hacia 1553 y culmina en 1568. En 1575, la envía a España para su publicación, lo que hará el mercedario Fray Alonso Remón, en 1632. De la obra existieron inicialmente dos manuscritos, copias de un original perdido. Uno es el enviado a España, conocido como Manuscrito Remón en alusión al editor de 1632, hoy también perdido. El otro es el Manuscrito Guatemala, que se conserva en el Archivo General de Centro América (AGCA), en la ciudad de Guatemala. En 1605, Francisco Díaz del Castillo, hijo de Bernal Díaz, hizo una copia de este manuscrito, que es conocida como Manuscrito Alegría en alusión a José María Alegría, su propietario antes de la adquisición por la Biblioteca Nacional de Madrid, donde se localiza actualmente.

La edición de 1632, con el fin de magnificar el papel de la orden mercedaria en la conquista española, fue alterada por Fray Alonso Remón, quien excluyó o mutiló capítulos, agregando personajes inexistentes en el original de 1575. En 1675, se conoció en Guatemala la edición de Remón. Antonio de Fuentes y Guzmán, tataranieto de Bernal Díaz, autor también de una crónica memorable: La Recordación Florida, conocía el Manuscrito Guatemala y detectó de inmediato las alteraciones. Las órdenes religiosas, por su lado, se hundieron en polémicas tratando de sacar provecho de las dos versiones. Así lo hizo el criollo franciscano Francisco Vázquez, quien, como Remón, la utilizará en su Crónica de la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Guatemala, para resaltar la labor misionera de su orden religiosa.

Hasta 1904, cuando el mexicano Genaro García hace una edición en base al Manuscrito Guatemala, las distintas publicaciones descansarán en la versión alterada de 1632. Entre las ediciones críticas destaca la que emprendió Ramón Iglesia en los años treinta, un historiador republicano español que murió en el exilio en México, dejando incompleta su obra. De haberla concluido, escribe Barbón Rodríguez, esta habría sido la mejor edición crítica de la Historia verdadera. Carmelo Sáenz de Santamaría, un historiador jesuita español, publicaría en 1984 la edición crítica que Barbón Rodríguez considera la mejor del siglo XX. La de Barbón Rodríguez, con largas décadas de trabajo, viene a marcar un momento culminante. El estudio histórico y filológico del Manuscrito Guatemala, su cotejo con otras fuentes de la época (López de Gómara, etcétera), con sus distintas ediciones a lo largo del tiempo, le permite rescatar aspectos hasta ahora ignorados, ofreciendo así una versión rica en nuevos contenidos. Existen las grandes obras, como La Ilíada o El Popol Vuh, pero también los estudiosos que con su arduo trabajo las rescatan y las dan a conocer. A esta estirpe pertenecen Sáenz de Santamaría y Barbón Rodríguez.

Barbón Rodríguez coteja minuciosamente, folio a folio, el Manuscrito Guatemala con la edición española de 1632, cuyo original se encuentra perdido. Destaca la importancia del Manuscrito Guatemala; que, además de conservar siete folios del original perdido de 1568, es decir, de puño y letra de Bernal Díaz, está corregido o alterado con tachones y correcciones, algunos hechos probablemente por el cronista, que resultan esclarecedores para establecer la autenticidad del texto, sus trasfondos históricos. Son significativos, por ejemplo, los tachones y correcciones relacionados con Pedro de Alvarado. En la crónica hay una relación tensa con Pedro de Alvarado, que podría atribuirse a rivalidades entre conquistadores, así como con Hernán Cortés. Con Alvarado, sin embargo, son críticas a su trato cruel a los indígenas, las cuales finalmente tacha o matiza. Como escribe Barbón Rodríguez, en Santiago de Guatemala era vecino de la poderosa familia de los Alvarado y prefiere no “cargar excesivamente las tintas”. La autocensura de Bernal Díaz sería una de las herencias coloniales que mantendrán vivas los intelectuales guatemaltecos hasta años recientes.

Desde la edición española de 1632, La Historia verdadera ha conocido numerosas reimpresiones y traducciones a otros idiomas. Se le considera, a la par de El Quijote de Cervantes, una de las mayores obras de la literatura española. Los historiadores, por su lado, la ven como un texto fundamental para el estudio de la conquista de América; testimonio vivo del enfrentamiento del mundo indígena y el español; de las reacciones y comportamientos de vencidos y vencedores; la imposición, no siempre a través de la cruz, sino de la espada, de la fuerza bruta, de la religión, valores y concepciones del invasor. Escrita a casi 40 años de ocurridos los hechos, en la crónica también trascienden los mestizajes, las aculturaciones, como sucede en el capítulo CCIX para el caso de Guatemala.

Contra el olvido

Cuando Bernal Díaz llega al continente americano apenas leía y escribía. Tres décadas más tarde, en parte acicateado por la crónica de López de Gómara sobre la conquista mexicana, escribirá su obra monumental. Disponía también de las mejores condiciones para hacerlo: el antiguo guerrero es ahora un prominente vecino de Santiago de Guatemala; el servicio anual de los indígenas de su encomienda le permite el ocio suficiente para dedicarse a la escritura; una memoria fabulosa –recuerda tanto las batallas en que participó como el número de escalones de una pirámide mexicana- y un don innato para narrar, harán el resto. Lo que lo irrita de la lectura de Gómara es el olvido del papel de hombres como él, del soldado de a pie, sin cabalgadura, a quienes el Rey también debe compensar. En el afán de la verdad, así titula la crónica, y de justicia para sus compañeros soldados, rescata entonces la conquista como un suceso colectivo, no obra exclusiva de un caudillo, de Hernán Cortés. Y esto lo hace genialmente. Los hechos, en la veracidad que los recuerda, son relatados en forma viva y minuciosa, en el lenguaje sencillo del pueblo llano que él representa, que es cuando la crónica se vuelve obra literaria.

Con la aventura transatlántica, Bernal Díaz logrará el buscado ascenso social, la crónica la inicia con Díaz y la termina agregando del Castillo. No fue, sin embargo, el conquistador cegado por el poder y la riqueza. Su obra, como escribe en el prólogo, es lo único y más importante que deja a sus descendientes. En el indígena vio a un adversario que había que vencer, someter al Rey, pero lo respetó como un adversario heroico, un igual. Iniciada la colonización, resaltará la capacidad artística y artesanal, gente de “tan buenos ingenios”, que no está a la zaga de los europeos. Escribe, cuatro décadas después, el poder colonial está establecido, y la crónica también es una justificación de lo sucedido. Bernal Díaz, hijo de su tiempo, se vio sin duda como portador de algo mejor para los indígenas, como la cristianización, que consideró imprescindible para salvarlos de costumbres y creencias que le parecieron “bárbaras”.

Durante su vida en Guatemala se establecerán las instituciones forjadoras de la sociedad colonial, la Real Audiencia y el Cabildo de Santiago, también los fundamentos de su economía. No es Bernal Díaz, sin embargo, a quien se reivindica como fundador del país guatemalteco, sino a Pedro de Alvarado. Y esto no sin razón. Aventurero nato, en Guatemala estuvo siempre de paso, como escribe en algún lugar Bernal Díaz, y muere en 1541, dejando, sin embargo, huellas imborrables. Es el padre conquistador. Su efigie, continuidad de la patria colonial, se venera desde siglos en la municipalidad capitalina. Su voracidad por la riqueza, el desprecio por los hijos del país, su crueldad desmedida e innecesaria -inmoló en la hoguera a los Reyes Quichés, miles de indígenas perdieron la vida en sus minas de plata en Honduras, otros más en la lejana América del Sur, arrancados de sus tierras en su ambiciosa y loca búsqueda de las Islas de La Especería (1534)- establecerán un estilo de gobernar, comportamientos frente al indígena. Fuentes y Guzmán mantendrá las tradiciones historiográficas del tatarabuelo, pero la actitud frente al indígena la hereda de Pedro de Alvarado. La rebelión Kaqchikel de 1524-1530 es para él: “… infame y proterva rebeldía”.

La Herencia

Bernal Díaz, obra y particularidades aparte, contribuyó a poner las bases de un país que cristalizará en la sumisión y el trabajo indígena, donde el respeto y la valoración del viejo cronista no tendrán cabida, como no la tenía el anterior hombre indígena, ahora degradado a ser inferior, un “menor de edad” que debía ser tutelado, el subterfugio ideológico para poder disponer de él, de su fuerza de trabajo. La Recordación Florida, fuente histórica valiosa, es también fiel reflejo de esta ideología. La negación colonial del indígena, como el sistema que le sirve de base, perdurará, adquirirá nuevas formas, pero en el fondo se tratara siempre de lo mismo. Tres siglos después Batres Jáuregui, quien consideró la conquista española un acto providencial para los indígenas, llevará la inferioridad indígena hasta los tiempos precolombinos.

Por todo ello Bernal Díaz y su obra no dejan de ser problemáticos para los guatemaltecos. Con La Historia verdadera, como con el Popol Vuh, Guatemala contribuye al enriquecimiento de las letras universales. Su asunto, por otro lado, es la conquista indígena, para un estudioso cualquiera un dato histórico, historia; para un guatemalteco, indígena o no, la obra remite a un hecho viviente, a relaciones de dependencia, explotación y discriminación racial, que tienen su último origen en la conquista y la posterior colonización española. Pero esto ya no es problema de Pedro de Alvarado, mucho de menos de Bernal Díaz. Ambos forman parte de un acto de conquista que no debería ser nada más que eso, historia. De Bernal Díaz permanece la obra, de Alvarado ni el polvo de sus huesos, pero si su herencia, un militar genocida de los años ochenta no tiene nada que envidiarle, y lidiar con esto es el problema de los guatemaltecos.

La historia de todos los países y lugares está colmada de contradicciones, traumas y frustraciones; ese es por lo regular su transcurrir; al mismo tiempo, se trata de historia cuestionada, constantemente juzgada, superada, dejada atrás. No negada o silenciada, sino ventilada, espejo al que se recurre para entenderla, para no repetir su parte oscura, en medio de todas las dificultades y contradicciones que esto significa. Saldar cuentas para seguir adelante no es nada fácil, el pasado por lo regular nunca es totalmente tal, pervive a través de las viejas y nuevas fuerzas que lo sustentan. Y esta batalla la tiene pendiente Guatemala.

Bibliografía

-Díaz del Castillo, Bernal, “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (Manuscrito Guatemala)”. Edición crítica de José Antonio Barbón Rodríguez. El Colegio de México, Universidad Autónoma de México, Servicio Alemán de Intercambio Académico, Agencia Española de Cooperación Internacional, 2005.
-Sáenz de Santamaría, Carmelo, “Historia de una Historia. Bernal Díaz del Castillo”. Madrid:
CSIC, 1984.
-López de Gómara, Francisco, “Historia de la conquista de México”. Dos Volúmenes. México: Editorial Pedro Robredo, 1943.
-Fuentes y Guzmán, Francisco Antonio de, “Recordación Florida”. Tres tomos. Guatemala: Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, 1932.
-Batres Jáuregui, Antonio, “Los indios, su Historia y su Civilización”. Guatemala: Tipografía La Unión, 1894.
-Martínez Peláez, Severo, “La patria del criollo”. San José, Costa Rica, EDUCA, 1973.
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