Juan José Marín Hernández. Premio Nacional de Historia 2007 (Costa Rica)

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Dramas ‘de la vida’.  Constante.   Las diversas políticas nacionales no han resuelto el problema de la prostitución.

ANCORA, La Nación, 3 de febrero de 2008

Juan José Marín Hernández

 

El 24 de julio de 1894, el Congreso Nacional promulgó la Ley de profilaxis venérea . Según esta, se definirían quiénes serían las prostitutas y cómo debía el Estado encargarse de vigilarlas.

A partir de esa fecha, las mujeres de más de 15 años, las concubinas, las mujeres solteras, las viudas jóvenes y las mujeres bellas serían consideradas peligrosas y sometidas a los escrutinios de la naciente policía. De tal forma, en sus rondas cotidianas, la policía llevaría el control de las costumbres, mediante los denominados “informes de buena conducta”. Así, el Estado liberal intentaba preservar al país de enfermedades como la sífilis y la gonorrea, pero, sobre todo, procuraba “morigerar” a los sectores populares, vistos como peligrosos.

En efecto, muchas veces, el Estado obligó a las que se consideraban “féminas peligrosas” a inscribirse en los registros de meretrices y a sufrir los rigores de la humillación social; los tratamientos basados en el mercurio y el arsénico, y los dolorosos termocauterios. Ellas también se exponían a acabar en las cárceles que se creaban entonces en San José y que luego serían famosas, como la “Algodonera”.

Civilización. El Estado y la oligarquía cafetalera temían una gran insurrección ante las desigualdades sociales que promovía el modelo agroexportador. Para evitarlas se procuró civilizar a los sectores campesinos y artesanales. Por ello, el Estado impuso un nuevo sistema de control social que dejase atrás la pena de muerte, el castigo al cuerpo, el escarnio público, los grilletes y los cepos.

Los gobernantes diseñaron otro sistema, en el cual “el pueblo” dejase de matar a su rival y buscara un juicio; que, en vez de lesionar o machetear a un mentiroso, lo acusase de calumnias ante un alcalde; que, antes de objetar las arbitrariedades del sistema de propiedad, aceptase el concepto de delito y castigo; y que, antes de raptar o violar a una doncella, los hombres recurrieran a las “meretrices”. Al civilizar las costumbres, los liberales procuraban una legitimidad de la sociedad, a pesar de las injusticias.

No obstante, el sistema de profilaxis tenía muchas contradicciones. Por ejemplo, desde muy temprano, las autoridades escribían partes como el siguiente, de 1895, que la Municipalidad de San José envió al “Señor Secretario de Estado en el Despacho de Policía”: “Varios vecinos del distrito de Mata Redonda solicitan la creación de un Agente de Policía para su jurisdicción […]. Es notorio que á la Sabana concurren de día y de noche patrullas de gente á dar rienda suelta á pasiones que ofenden la moral pública, atenidos á que allí gozan de entera libertad porque no hay autoridad que reprima desórdenes”.

Poco a poco, La Sabana se convertía en un espacio para la prostitución de “alta calidad”. Esto evidenciaba que ya desaparecía la antigua prostitución, asociada a los tiangues, el piano indio (la marimba), las pulperías, las ventas de tamales y las hosterías.

La Sabana se transformaba en el centro de la prostitución de la alta sociedad, como bien retrataron Joaquín García Monge en su célebre novela Hijas del campo , y Carmen Lyra en sus cuentos sobre una familia imaginaria llamada “Cothnejo Fishy”. Estas obras simbolizaban tanto las contradicciones del sistema de prostitución oficial o reglamentada, como la doble moral de la oligarquía cafetalera.

A la vez de “entretenerse” con las que ellos llamaban “mujeres de la vida”, los hombre de la oligarquía se esforzaban por controlar las costumbres de los sectores populares; por promover leyes de profilaxis social; por perseguir a las que se alejaban del ideal de mujer, y por estigmatizar a todos los sectores que se alejaban de los arquetipos sociales.

Planes. Tres décadas después de emitida la ley de profilaxis, las preocupaciones de la oligarquía y sus intelectuales aún persistían. En 1929, el coronel Gregorio Aguilar señalaba la necesidad de comprar “un terreno en las afueras de la ciudad, de unas seis hectáreas de extensión, el cual se destinará para levantar una ciudadela en la que se construirán por lo pronto algunas doscientas casitas higiénicas con el confort necesario; un edificio de administración, cárcel y hospital a la vez. Esta ciudadela será amurallada para evitar su acceso por diferentes lugares, dejándole solamente una puerta principal de entrada y otra de emergencia. Se construirá también, en su interior, salón para espectáculos honestos, pequeños jardines y paseos en donde puedan divertirse las recluidas y el público que las visite”.

Se suponía que, gracias a ese placentero edén, se erradicarían desde las lujosas mancebías hasta los deprimentes “tabaranes”, “chinchorros” y “tugurios” de prostitutas que supuestamente perturbaban a los jefes de familia y que también perjudicaban la moral de los niños y muchachas de los centros educativos de la capital.

En el primer tercio del siglo XIX, a los tradicionales barrios populares de La Puebla, El Laberinto, La Laguna y La Fábrica se unían otros como Peor Es Nada, Keith, Las Latas y Gracias a Dios, y el Callejón de la Puñalada. En estos lugares surgían demandas de justicia social; se objetaba la moral dominante y también la forma en la que se distribuía la riqueza.

Soluciones. La gente marginal trataba de sobrevivir y de adquirir, por sus medios, lo que la sociedad ofrecía, pero que no le daba. A la par, los obreros y los campesinos usaban las instancias creadas por los liberales, para sus propias demandas.

En el resto de Centroamérica, el imperio de la ley era un mecanismo de subyugación; pero, en Costa Rica, los sectores populares lo transformaron en un medio de equidad social. La doctrina terapéutica eugenésica se creó para marginar a los grupos sociales, pero fue transfigurada en un elemento de dignidad social. Las instituciones creadas originalmente para preservar el orden social, se convirtieron en espacios de negociación.

En 1943, el sistema reglamentario de la prostitución fue eliminado legalmente. En su lugar se creó un sistema que castigaba el ejercicio de la prostitución. Ese cambio tampoco creó dignidad ni solidaridad, y solo duró seis años.

Hoy, el primer paso para discutir el problema de la prostitución es pensar en nuestro modelo de desarrollo, en las percepciones de género y en la cultura paternalista.

Recordemos lo que escribió Luisa González en su libro A ras del suelo: “‘Mujeres de la vida alegre’. ¿Por qué las llamarían así? ¿De la vida alegre? ¿De cuál vida, Dios mío? No eran alegres aquellas mujeres cuyos rostros extraños se grabaron muy hondo en mi mente infantil”.

Premio Nacional

Juan José Marín Hernández acaba de recibir el Premio Nacional de Historia por su libro Prostitución, honor y cambio cultural en la provincia de San José de Costa Rica (1860-1949) . Marín es doctor en Historia y profesor de la Escuela de Historia de la UCR e investigador del Centro de Investigaciones Históricas de América Central de la UCR. También ha publicado el libro La tierra del pecado, entre la quimera y el anhelo: Historia de la prostitución en Costa Rica (1750-2005) .El jurado que concedió el premio resaltó que el libro ganador es “una gran contribución teórico- metodológica a la historiografía costarricense. Es un trabajo muy sólido desde el punto de vista de la cantidad y la calidad de las fuentes”.

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