Deliciosa columna de María Elena Schlesinger que recoge lo hermoso de estos días estivales

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Empanadas de leche

 María Elena Schlesinger

El Periódico, 1 de marzo de 2008

No hay noviembre sin fiambre, reza el dicho, y yo agregaría, Semana Santa sin empanadas de leche, empanadas de hierbas, curtido, pescado a la Vizcaína, dulce de garbanzos con su rallo de limón, molletes en dulce, horchata de arroz y un larguísimo etcétera de platillos que conforman nuestro tradicional repertorio culinario de época, la que se funde exquisitamente en nuestra tradicional cultura cuaresmal.

Está tan arraigada nuestra mesa cuaresmal que es usual oír decir por ejemplo, en Guatemala, que el bacalao nos sabe siempre a Viernes Santo y que las empanadas de leche tienen sabor a procesión de la Reseña o que los garbanzos en dulce saben a la más queridas de nuestras marchas procesionales, Cruz pesada, por ejemplo.

Decimos que el repertorio culinario cuaresmal es siempre festivo, porque se degusta entre amigos o parientes queridos, aunque a mitad del almuerzo del Viernes Santo se oigan el sonido de las matracas que recuerdan a voz en cuello que Jesucristo murió crucificado en el Gólgota y la procesión de Jesús Sepultado viene ya por la Calle de los Pasos.

Y es que entre pescados en salsas rojas aderezados con chiles dulces y aceitunas y garbanzos con hierbas, curtidos rojos y tamalitos de viaje, se renueva cada año en las mesas chapinas más afortunadas, las amistades, la familia y las viejas recetas familiares de pescados, empanadas y postres dulcísimos.

Porque para muchos chapines la patria es especialmente Semana Santa, especialmente para los que están lejos y hacen lo imposible para estar en Guatemala para estas fechas Nuevamente este año nos preparamos los cientos de miles de devotos de las fiestas cuaresmales para compartir en familia y amigos la mejor de nuestras épocas del año: la Semana Mayor. Época que se pinta siempre de color morado como túnica de cucurucho y con olor a corozo fresco y aserrín mojado.

Tiempo de matilisguates en flor, airecitos cálidos del sur que nos llevan a los recuerdos más primigenios y auténticos de la infancia, tal como si fuera una vieja película en blanco y negro, “porque apúrense niños que ya viene la procesión de Jesús a la vuelta” oigo decir aún a mi padre mientras se acomoda el sombrero frente al espejo de la paragüera del zaguán de la casa del centro, al tiempo que oíamos la comparsa de tambores y trompetas del cortejo de romanos. Todos gritamos de alegría, a todos se nos pone la piel de gallina.

 

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