El lúcido análisis de un historiador sobre la actualidad política española

Y la noria gira

Santos Juliá

EL PAÍS, 9 de marzo de 2008

Y el tiempo pasa, y las convocatorias a las urnas se suceden sin mayor sobresalto. De las generaciones coetáneas que contaba Ortega, sólo la de supervivientes puede recordar los tiempos en que no existía la posibilidad de votar, a no ser que se sucumbiera al encanto de la democracia orgánica y se tuviera el humor de votar por el tercio familiar, guinda de nuestro Estado católico, social y representativo. Las elecciones libres se han sucedido y ya es posible contar su historia, sin necesidad de caer en los relatos del abuelito, de cuando, ¿te acuerdas?, no íbamos a votar.

¿Qué historia? Pues, sin duda, estas elecciones son un paso más en la dirección emprendida en 1993, cuando por vez primera el Partido Popular se convirtió en alternativa de gobierno gracias, en parte, a la lamentable situación por la que atravesaba el PSOE y, en parte, a la ingeniosa operación de construcción de una identidad de centro reformista a la que había procedido astutamente el aspirante del PP. Entonces se hizo del todo evidente que las elecciones generales eran, en verdad, elecciones presidenciales. No porque en las anteriores no se hubiera alcanzado también un alto grado de personalización, sino porque por vez primera las encuestas daban un empate técnico y todo se jugó entre dos candidatos con muy parecidas posibilidades de ganar, como es norma en las repúblicas presidencialistas.

No sólo eso, la presencia de González y Aznar en la actual campaña ha contribuido a recordar la pauta de aquellas elecciones del 93, vividas con similar encono y con doble comparecencia ante las cámaras de televisión, formidable instrumento para reducir el debate político al enfrentamiento entre dos personajes. Fueron las primeras y, hasta esta convocatoria, las únicas en que dos candidatos discutieron cara a cara ante unas audiencias que desmienten por su volumen el supuesto desinterés de la ciudadanía por la política. Más aún, si no con la misma claridad que en aquel encuentro, también ha ocurrido ahora que la segunda ronda, a diferencia de la primera, ha producido cierta euforia en el presidente en ejercicio -el incumbent, en la jerga americana-, con la correlativa frustración del aspirante.

No acaban ahí las continuidades. Con una reiteración que se ha convertido ya en previsible rutina, cuando los datos de las encuestas dejan flotar cierta incertidumbre en el aire, los socialistas sienten la irresistible pulsión de tratar a sus electores como niños a los que hay que atemorizar de vez en cuando con una historia de miedo: que vuelven ellos, los herederos de Franco. Lo ensayaron en el 93 y lo repiten ahora mientras los populares, por su parte, como ya hiciera Aznar en aquella ocasión, acusan al PSOE de romper un pacto de la transición que habría consistido en “no remover el pasado”. Nada nuevo por ese lado, aunque, por más que cueste creerlo, Rajoy haya roto el primer guión escrito por Aznar y, en lugar de identificarse como centro capaz de englobar a la derecha, ha puesto todo su empeño en presentarse como derecha que expulsa lo que tenía de centro.

Quizá una de las razones de este rumbo incomprensible radique en el papel, fuera de toda medida y razón, desempeñado en esta convocatoria por los jerarcas católicos, seculares tutores de la “derecha española clásica”, de la que Aznar renegaba en el 93. Madrugaron con la masiva canonización de asesinados durante la Guerra Civil; calentaron motores en la concentración por la familia; mantuvieron alta la tensión con un comunicado al que sólo faltaba el nombre del partido por el que debían los católicos votar; y en fin, se han dado buena maña para elegir presidente de la Conferencia Episcopal la misma semana en que se elige presidente del Gobierno. Lo de menos es que haya ganado, con el diplomático empujoncito vaticano, el líder de la facción reaccionaria; lo de más es toda esta concatenación de hechos, nunca vista en la historia electoral.

Todo lo cual ha contribuido a elevar el nivel del enfrentamiento ideológico bipolar iniciado en 1993 a costa de dejar fuera del debate cuestiones sustanciales como la rampante crisis del Poder Judicial, del Tribunal Constitucional y de la Administración de Justicia; la estructura territorial del Estado, la pendiente reforma constitucional y la errática conducción de la política exterior. Y en fin, aunque no lo menos importante, la misma ley electoral, que está pidiendo a gritos una reforma que acabe con la escandalosa prima a los distritos menos poblados y evite los efectos perversos del actual sistema de asignación de escaños.

 

 

 

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