Las ineludibles batallas por la memoria en un país desmemoriado

Artesanos de la Memoria

Edgar Gutiérrez

 El Periódico,  27 de abril de 2008

Fuimos un árbol sin raíces, arrastrado por el viento huracanado del conflicto. Esa fue mi propia enseñanza cuando trabajé el Remhi, tras oír tantas historias. Pero cohabitar con la memoria no es fácil. Especialmente cuando hechos traumáticos atravesaron la vida.

La gente sufrida se negaba a hablar: “No quiero recordar porque vuelve el miedo, y también la rabia”. El pasado no encontraba acomodo. Como el goteo pertinaz que se cuela a través de un dique, sutilmente toma el gobierno de nuestra vida sin que se le reconozca. Migrañas crónicas.

Alcoholismo. Suicidios recurrentes entre jóvenes. La violencia como lenguaje familiar y social. Depresiones súbitas.

Y el reino de la desconfianza. “Esa (señora) tiene doble corazón”, me dijo una mujer de San Miguel, Baja Verapaz, refiriéndose a su vecina de toda la vida. “Uno es el corazón que enseña, otro el que oculta, no se sabe cuál es verdadero”. La solidaridad claudicó ante el agravio y la descalificación.

Todos éramos culpables hasta demostrar lo contrario. El pesimismo oscureció el futuro y otro pasado, remoto, anterior a la tragedia, se instaló como idea de futuro. “Las dictaduras eran crueles, pero imponían autoridad, los delincuentes recibían un castigo ejemplar”.

En ese terreno floreció toda suerte de fundamentalismos. Hubo una promesa de liberación, más bien un refugio. La historia cabía en el “pecado” y mediante la conversión se enmendaba. La confrontación trastocó la psicología social e indujo la censura de regiones enteras de la memoria, sofocando la reconciliación como acto verdadero de amor y necesidad de reconstitución individual.

Esta fue la materia del Remhi que inspiró el obispo Juan Gerardi.

La idea de Gerardi era procesar las secuelas, rescatando la memoria colectiva para afirmar un sentido de reconciliación desde abajo de la sociedad y desde adentro del individuo. Arrancamos en 1996, cuando el conflicto se mantenía en brasas, pues las negociaciones entre el Gobierno y la guerrilla estaban avanzadas. Se había firmado en Oslo el acuerdo de la Comisión del Esclarecimiento Histórico (CEH).

Gerardi quería abrir una brecha a la CEH, viendo sus breves plazos y el difícil acceso a las comunidades aún dominadas por el miedo. Sin embargo el trabajo adquirió desde el principio una dinámica propia, impuesta por la necesidad de la gente de contar sus experiencias. Formamos una extensa red de líderes comunitarios, los Animadores de la Reconciliación, verdaderos artesanos de la memoria.

Derrotando distancias escabrosas y exponiendo su integridad, más de 300 hombres y mujeres del campo levantaron miles de testimonios en todo el país, a la vez que llevaron consuelo.

Reconstruimos con ellos la historia de Guatemala y sus comunidades. Abordamos temas de salud mental. Aprendimos a nombrar el miedo y la dignidad arrebatada. Valoramos el coraje de la gente frente a las calamidades, y descubrimos rutas de resistencia, testimonio del triunfo de la vida sobre la muerte.

La memoria estaba viva y progresivamente se liberaba. No era solo narración de hechos.

Reflexionábamos sobre los significados; la conducta humana en situaciones límite, y el sustento de valores e ideologías. Íbamos tras un pasado atroz que debía, no obstante, ayudarnos a conquistar el futuro.

Conocer los mecanismos del terror permitió entender nuestros propios miedos y buscar la manera que no nos paralizara. Entendimos que otros miedos eran útiles, pues nos hacían prudentes. ¿Y luego?

Fuimos tras la utopía de la reconciliación: justicia, perdón, misericordia, conversión. No tuvimos una fórmula establecida, tampoco era claro que hubiese un orden calificado. Decidimos explorar y pronto vimos los límites. El estatus quo no estaba casado con el Estado democrático. Se modernizaba en sus formas, pero seguía anacrónico en el fondo.

Otro desafío nos plantaron las comunidades. “Ustedes hablan de reconciliarnos con los vivos, pero antes debemos reconciliarnos con nuestros muertos”. En el mundo indígena el eslabón vida–muerte es cotidiano y la emergencia de la calamidad lo debilitó. Las migraciones forzadas, el cambio inducido de religión y las drásticas adaptaciones culturales, incluyendo las lingüísticas, modificaron brutalmente los referentes tradicionales.

Los niños murieron en la huida sin haber sido nombrados. Los perros se hartaron los cadáveres humanos. Otros fueron lanzados a fosas comunes. Otros más se perdieron en el éxodo de la montaña. Se negó la sabiduría de los abuelos. La autoridad de los sacerdotes mayas fue degradada.

Y la memoria de los contadores de los días fue perseguida por subversiva.

¿Y la reconciliación con los vivos? “Estoy lista para ofrecer y dar perdón”, me dijo una mujer k’iche’ en Santa Cruz, “pero ¿a quién?”. Cierto, teníamos un vacío de comunicación con los perpetradores. Algunos de ellos se acercaron y trabajamos las huellas de sus propios traumas. Pero eran una minoría. El resto nos veía con sospecha. Negaban lo ocurrido, alegaban que ya estaban reconciliados, y nos acusaban de convocar otra vez la violencia abriendo heridas y avivando el resentimiento.

Hubo experiencias de reconciliación comunitaria en las montañas del norte. Durante noches enteras los enemigos hablaron y hablaron, juntaron sus historias, identificaron las causas de su rencor y descubrieron que aún en los momentos de mayor crueldad, hubo espacio para la compasión.

Reconocer eso les ayudó a recuperar el hilo extraviado.

No obstante, el perdón no era fácil. “Fue mi hermano, mi vecino quien me hizo el daño”. Hasta resultaba entendible que un extraño de la comunidad aterrorizara a civiles anónimos, porque recibió órdenes.

El 24 de abril de 1998 presentamos Guatemala Nunca Más, fruto de esa experiencia. Dos días después nuestro director pastoral, el obispo Gerardi, fue brutalmente asesinado. Nos quedamos sin cabeza. Alguien me inquirió: ¿qué hacemos ahora? Y le recordé: “Debemos ser como la sal, que se disuelve en el agua y cambia su sabor”.

 

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