Reflexiones para una Historia del libro y la lectura en Costa Rica

Nuestra primera librería.  Recreo y pensamiento Los catálogos de ‘El Álbum’ revelan los gustos de los costarricenses *

 Iván Molina Jiménez

 La Nación, 22 de junio de 2008

 Con la ortografía de otros tiempos, en septiembre de 1848, el periódico El Costarricense indicaba: “No hai en Costarica bibliotecas, libreros i escritores… [pero] hoi abundan en los mercados de Europa los libros elementales i nuestro comercio es sin comparación mas activo que lo fue en las epocas pasadas, i ademas que la Universidad [de Santo Tomás, creada en 1843] ha establecido una Biblioteca pública, cada uno puede pedir las obras que necesite i obtenerlas á un precio bastante bajo. Los catálogos y los avisos de los periodicos extranjeros llegan á nuestras manos con mucha velocidad i frecuencia i por este medio pueden todos saber los libros que se publican…”.

Pocos años después, el país dispuso de su primera librería, El Álbum, abierta en San José en septiembre de 1856 y propiedad del costarricense J. Carranza y del inmi-grante inglés, G. F. Cauty. La apertura de ese establecimiento, que también vendía diversos artículos de escritorio, supuso un cambio importante con respecto a lo que había sido el mundo del libro.

En efecto, a finales del período colonial, la mayoría de los libros que existían en las pequeñas bibliotecas privadas de los habitantes de Costa Rica, eran religiosos. Predominaban catecismos, novenas y breviarios, así como libros con títulos tan piadosos como Alma al pie del calvario , El año cristiano y Gritos del purgatorio .

También había libros profanos, que versaban sobre comercio, política o temas filosóficos, pero tales obras eran inusuales entre artesanos y campesinos. Los dueños de los libros más caros y seculares eran comerciantes, funcionarios coloniales y algunos sacerdotes.

Algunos de esos libros figuraban en la lista de los que habían sido prohibidos por la Iglesia Católica, pero, en la Costa Rica anterior a 1821, no parecen haber sido frecuentes las obras de los clásicos de la Ilustración (Voltaire, Rousseau y Montesquieu, entre otros), ni las novelas escandalosas o pornográficas.

Vida independiente. Después de la independencia (1821), la situación cambió rápidamente en dos sentidos. Por un lado, con la expansión inicial de las exportaciones de café a partir de la década de 1830, se incrementaron las importaciones, y, como resultado de este proceso, la oferta de obras para la venta se amplió. Dado que constituía otra mercancía más, algunos comerciantes no dudaron en importar ejemplares de las obras de moda en Europa para venderlas en nuestro país.

Por otro lado, con la introducción de la imprenta en 1830 (la de La Paz, importada por Miguel Carranza), pronto se inició la producción de folletos, libros, periódicos y otros materiales impresos.

A diferencia de los comerciantes, que contribuyeron a diversificar la oferta de libros con sus importaciones de obras impresas en Europa, los impresores locales se concentraron en producir libros escolares y religiosos, de bajo precio y al alcance de los sectores populares. Dicha estrategia empresarial contribuyó a reforzar, más que a diversificar, los patrones de consumo de libros que prevalecían a finales de la colonia.

En el proceso de diversificar la oferta de obras, la Universidad de Santo Tomás desempeñó un papel importante pues, a pesar de su piadoso nombre, tal institución contribuyó a fortalecer la circulación del texto secular. Con base en varias compras directas efectuadas en Europa en las décadas de 1840 y 1850, la Universidad formó una biblioteca dominada por las obras de filosofía y ciencias (tanto sociales, como exactas y naturales).

Literatura. A tono con la creencia extendida entonces, de que la lectura útil era la de obras filosóficas y científicas, la literatura –novela, cuento, drama y poesía– tenía poca presencia en la biblioteca universitaria. Esto último era particularmente cierto en el caso de la novela, asociada entonces con el ocio y el entretenimiento.

Dicho prejuicio no fue extraño a los editores del periódico Mentor costarricense . En un editorial de octubre de 1845, ellos manifestaron su deseo de darse “una asomada á los salones que ocupan las primeras Autoridades, á las oficinas contiguas, i aun á la Imprenta [Nacional] misma [para] saber si todos los empleados están empleados las horas prevenidas en desempeñar su destino, si los aprendices asisten, i si se leen ó no se leen novelas en estos despachos”.

Un aspecto interesante de la cita anterior es que sugiere que la lectura de novelas se había extendido ampliamente hacia 1845, y el catálogo publicado por la librería de El Álbum en 1858 lo confirma. La librería tenía a la venta 423 títulos en 720 volúmenes (un título podía comprender más de un volumen o podían haber varios ejemplares de un mismo título). El 95% de estos libros estaba escrito en español, y pocos eran los que se ofrecían en latín, francés, inglés o italiano.

La librería se dirigía a una audiencia de lectores que era más diferenciada que los usuarios de la biblioteca universitaria. El peso de los textos literarios, en especial novelas, era decisivo ya que concentraban un tercio de todos los volúmenes. Entre otras piezas, la librería ofrecía, el clásico Las mil y una noches ; El castillo peligroso y El talismán, de Walter Scout, El corsario , de lord Byron, Gil Blas, de Alain-René Lesage; Cornelia Bororquia, de Fermín Araujo; El vizconde de Bragelonne, de Alejandro Dumas; El último abencerraje, de Chateaubriand, y El vampiro, de Polidori.

En contraste también con la biblioteca de la Universidad de Santo Tomás, la librería disponía de una importante provisión de libros religiosos, que constituían casi un 29% del total. Un análisis de los títulos revela pocas variaciones con los textos devotos que circulaban en Costa Rica desde, por lo menos, el siglo XVIII. Entre otras obras figuraban Coloquios con Jesucristo , Finezas de María y Manual de desagraviar a Cristo .

Finalmente, otro tercio del catálogo de la librería estaba compuesto por textos científicos y filosóficos similares a los existentes en la biblioteca de la Universidad. Sin embargo, cabe destacar que El Álbum disponía de títulos ausentes en las estanterías universitarias. En este sentido, las obras más interesantes eran Mis prisiones , memorias de Silvio Pellico; Economía política, de J. B. Say; Derechos del hombre, de Thomas Paine, y Cartas persianas, de Montesquieu.

Otros textos (de autor no especificado) también exhibían títulos muy sugerentes: Revolución de 1830 , Análisis del socialismo e Historia de la sociedad (quizá un ensayo de Adam Ferguson).

El catálogo de 1858 evidencia varias tendencias básicas: en un contexto de veloz secularización del universo librero, el texto devoto todavía se identificaba con el gusto popular, artesano y campesino; en cambio, las obras profanas empezaban a colmar las estanterías de los sectores urbanos acaudalados. No obstante, el grueso de tales lectores optaba por “divertirse” con diversas piezas literarias (cuentos, novelas), más que por “ilustrarse” con los serios escritos filosóficos.

El examen del catálogo de El Álbum muestra también un significativo desequilibrio: énfasis en las obras de europeos y ausencia de los escritores de Centroamérica. Este desinterés por las obras producidas en Centroamérica, incluidas las impresas en Costa Rica, sería una constante a lo largo del siglo XIX y primeras décadas del XX.

 * Este artículo sintetiza diversos aspectos de los libros:   “El que quiera divertirse” y “La estela de la pluma” publicados por el autor en los años 1995 y 2004, respectivamente.

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