Reacción del Prof. Sabino a la crítica de Raúl de la Horra

Discutible moralismo

Que no hubo invasión estadounidense.

 

Carlos Sabino

 

El Periódico, 26 de junio de 2008

 

 

Me permito responder a algunas afirmaciones que hiciera Raúl de la Horra en su columna del pasado 5 de junio. Una de las  que más ha molestado a dicho comentarista es la que, en 1954, no se produjo ninguna invasión norteamericana a Guatemala. Así lo sostengo en la entrevista que me hicieran el día 3, dando un ejemplo de un hecho fácilmente comprobable que tiende a ser distorsionado en muchas versiones históricas. Esta afirmación parece irritar profundamente a quienes se rasgan las vestiduras ante el apoyo que diera la CIA a Castillo Armas, pero nunca mencionan otras formas de intervención extranjera que se produjeron en Guatemala.

 

Es bien sabido que la guerrilla guatemalteca recibió durante muchos años entrenamiento y apoyo de la Cuba de Fidel Castro –que a su vez era sostenida abiertamente por la Unión Soviética– y que desde 1979 fue abastecida en armas y pertrechos por la Nicaragua sandinista. Estos hechos, que se omiten sistemáticamente en muchas recapitulaciones históricas, parecen legítimos y naturales a ciertos comentaristas y se silencian por completo en las versiones más difundidas de la historia reciente. ¿Es que la intervención de la CIA era moralmente horrorosa en 1954, pero la injerencia cubana resultaba legítima entre 1961 y 1996? ¿Se trata entonces de que hay intervenciones “buenas” e intervenciones “malas”, según el signo ideológico con que se lleven a cabo?

 

Me adelanto a otro posible argumento, que se desprende del texto del artículo: si el repudio a la acción de la CIA tiene relación con el carácter “legítimamente electo” del gobierno del coronel Arbenz, ¿por qué se pasa por alto que los gobiernos de Miguel Ydígoras Fuentes y Julio César Méndez Montenegro fueron también legítimamente electos en comicios aún más limpios que los que llevaron a Arbenz al Gobierno?

 

El marxismo, durante más de un siglo, justificó abiertamente cualquier intervención foránea sobre la base de la discutible doctrina del “internacionalismo proletario”. Se podía y se debía intervenir en los asuntos de otros países para alcanzar la meta de la revolución mundial. Por eso resulta un dudoso ejercicio de moralismo criticar a los anticomunistas por recibir apoyo extranjero, cuando sus adversarios lo consideraron siempre legítimo y necesario, recibiendo abundante apoyo militar durante décadas. 

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