“Sacudiendo los pasados”. Entrevista al colega Jorge Luján Muñoz sobre su último libro

“Quería sacudir las ideas erróneas sobre la quema de la embajada”

 

“No es un libro para quedar bien con nadie”, dice Jorge Luján. Su obra más reciente se inspiró en los “recuentos parciales y distorsionados” que se difunden sobre la quema de la embajada española. El historiador pretende que el guatemalteco al menos los cuestione.

 

Por: Paola Hurtado

 

El Periódico, 13 de julio de 2008

 

 

“No creo que el fuego haya sido puesto intencionalmente. Fue accidental”.

 

El libro de Jorge Luján, publicado en noviembre pasado, no polemiza ni contradice. Tampoco desvela verdad oculta. Presenta las versiones de distintos testigos y actores y documentos engavetados. Entre todas las explicaciones y contradicciones de una de las tragedias más trascendentes de nuestra historia reciente, el lector podría encontrar su propia verdad. En esta entrevista Luján habla de lo que no dejó escrito en su obra.

 

Quién puso fuego ahí

 

¿Intenta su obra ponerle punto a la discusión de quién comenzó el fuego en la embajada de España?

– No, ese es un punto en el que encuentro más desacuerdos, aunque sí he descartado algunas cosas. Por ejemplo, no creo que el fuego haya sido puesto intencionalmente. Fue accidental. Se descartó del todo que el fósforo hubiera sido el causante del fuego. Este produce llamas blancas, no negras. Y creo que no hubo lanzallamas como algunas personas dicen. Lo que llevaban los policías, al menos tres, eran aparatos para lanzar gas.

¿Gas paralizante?

– Pudo haber sido paralizante, lacrimógeno. Mis hipótesis son dos: una es que cuando la Policía tiró gas dentro del despacho del embajador –porque sí creo que tiraron gas– este provocó un estallido, como reacción al fuego que había, ya que los ocupantes habían hecho uso de los cócteles molotov. Sin embargo, es perfectamente factible otro origen del fuego. Y es que en ese lugar tan pequeño, con tantas personas aglomeradas, se pudieron formar vapores de gasolina y cuando los policías rompieron la puerta, los campesinos, mejor dicho, los estudiantes, que eran los que iban armados, hayan disparado contra ellos y eso provocara el estallido y el incendio.

Una de las discusiones entre los investigadores David Stoll y Arturo Arias es que el primero sugiere que los ocupantes se autoinmolaron con bombas molotov, mientras el segundo cuestiona que si solo hubiera sido gasolina la combustión habría sido más lenta y muchos de los cadáveres no se habrían quemado solo de la cintura para arriba. ¿En quién cree usted?

– Había cuerpos que tenían las piernas intactas y eso apoya la posibilidad de que los gases que estallaron estaban arriba y que fue un estallido bestial porque era un ambiente muy cerrado. Que hubo disparos, los hubo. Por ejemplo, el doctor Adolfo Molina Orantes (abogado y ex ministro de relaciones exteriores) tenía un disparo que le entró por la espalda. No se puede decir si le dispararon específicamente a él o le cayó a él. Pero sí se puede afirmar que hubo disparos, que no los hizo la Policía, y que pudieron provocar el estallido.

¿Cómo afirmar que no los hizo la Policía si no hubo pruebas de balística?

– Porque nadie, ninguno de los testigos, vio a un policía empuñando un arma de fuego. En cambio sí se sabe que los estudiantes llevaban armas de bajo calibre, revólveres, y que los usaron. Los disparos se oyeron desde adentro.

La quema se ha tratado de explicar desde el lado de los ocupantes. Nunca del otro lado de la puerta, donde estaban los policías. Ninguna investigación ha incluido la versión de los policías que estuvieron ahí ¿por qué la suya tampoco?

– Traté de entrevistarlos pero no me quisieron dar nombres. Al único que podía ubicar era a (Germán) Chupina (ex director policial que murió en febrero pasado).

¿Habló con él?

– Me atendió el teléfono y ofreció contestarme el cuestionario que le mandé, pero no lo hizo. Lo volví a llamar y le volví a escribir pero ya no me respondió. A Gustavo Meoño (encargado del archivo histórico de la PN y ex comandante del Ejército Guerrillero de los Pobres, EGP) le dije: “A ver si encuentra algo ahí de lo de la embajada: nombres, partes policiales”. “No hay nada, no hay nada”, me dijo. No me queda más que aceptar lo que me dicen.

¿Por qué el origen del fuego ha sido uno de los puntos más discutibles?

– Porque en ese momento no se aclaró. España mandó a un grupo de técnicos que tuvieron libre acceso a la casa (quemada). Recogieron papeles y muestras, pero no ha querido dar los informes de esos peritajes. En el caso de Guatemala, la Policía también entró y recogió cosas. Cuando me nombraron embajador (de Guatemala en España, el primero después de reanudadas las relaciones diplomáticas entre ambos países) pedí ver los peritajes y lo que había en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Era nada. La policía contestó “no tenemos nada”. Lo único que hay es un expediente de un juzgado de paz que nunca llegó a culminar en resultados.

 

Reacciones

 

¿Qué reacciones tuvo su libro?

– De todo tipo. Felicitaciones, críticas de un lado y del otro, incluso de donde no las esperaba. No pensé que al Ministerio de Asuntos Exteriores de España le fuera a molestar. Están molestos porque mostré interioridades, como el intento fallido que hubo de reanudar las relaciones entre Guatemala y España en marzo de 1980. No reconocen que fue un error romperlas tan repentinamente.

Les molestó que usted hablara de una campaña de desprestigio que el ex embajador Carlos Manzanares emprendió contra su sucesor, Máximo Cajal?

– Cajal se enteró de eso tardíamente, pero no lo quiso decir en su libro (“¡Saber quién puso fuego ahí!”) y a mí me criticaron porque lo mencioné y la califiqué de “infame y desleal”. Conté que Manzanares dijo que Cajal era socialista y simpatizante del régimen de Castro. Una persona de derecha me dijo: “Es un error darle argumentos a Cajal”. Yo le respondí: “Soy historiador, estoy enterado de eso ¿cómo no lo voy a decir?”.

¿Qué motivos le atribuye a Manzanares para desprestigiar a Cajal?

– No quiero ser discriminador, pero creo que los homosexuales tienen una manera de razonar peculiar, sobre todo los que lo llevan mal. Manzanares era homosexual. Y creo que hizo esas cosas por despecho. Todo el tiempo habló mal de Guatemala. Decía que echaba de menos la auténtica vida cultural de París, que el contraste era muy fuerte. Pero cuando se enteró que lo sucedería Cajal comenzó a exaltar a Guatemala y a desprestigiarlo a él. Era absurdo.

¿Por qué cree que Cajal no le dio una entrevista?

– Porque le expliqué que incluiría todas las versiones. Me dijo: “Yo no puedo estar al lado de gente que me ha acusado de cómplice, refiriéndose a la familia de Adolfo Molina Orantes y Eduardo Cáceres Lehnhoff (ex vicepresidente). Le dije que lo lamentaba y que usaría la información de su libro.

Cajal asegura que los ex funcionarios le pidieron cita en su despacho. Las familias de Cáceres y Molina creen que el ex embajador les tendió una trampa y que estaba de acuerdo con los ocupantes. Por eso los llamaron varias veces para asegurarse de que irían a la cita. ¿Por cuál postura se inclina usted?

– Gustavo Meoño, el jefe de actividades del EGP, me dijo: “Yo tomé la decisión que se ocupara la embajada de España porque era la más fácil. Estaba al pie de la calle, sin vigilancia”. En aquel tiempo las embajadas europeas, como la de Francia y Alemania, tenían una vigilancia extrema. Y la de España tenía una seguridad laxa. Fue una decisión temeraria la que tomó Cajal.

¿De declarar la embajada de puertas abiertas?

– Y además jactarse de eso. Sigo sin entender por qué se jactaba.

Sin embargo, se encuentra en su libro una postura bastante débil, mesurada, al no afirmar ni contradecir al embajador ni a las familias de los abogados.

– No puedo decir que lo que dijeron las viudas (de los abogados) no es cierto. Ellas dijeron que a sus esposos los llamó la secretaria del embajador dos veces para recordarles la cita. Yo supongo que es cierto. El embajador niega esas llamadas. Pero yo no puedo tomar partido. Solo diría que no es extraño que los hayan llamado para recordarles la cita.

¿Apoya la hipótesis de que el embajador les tendió una “trampa mortal” a los abogados?

– Esa es la interpretación que las familias hicieron y han trasladado a sus parientes. Se convirtió en un tema que ya ni tocan, solo lo repiten. Sin embargo, no puedo descartarlo. Incluso me enteré de un hecho que no lo pude incluir en el libro porque quien me lo contó no lo quiere sostener. Él dice que estaba en la cafetería enfrente de la embajada esa mañana y notó que había mucha gente afuera y adentro. En determinado momento entró alguien y dijo: “Ya entraron muchá, vamos”. Eso es todo: “Ya entraron muchá, vamos”. ¿Quiénes entraron? Probablemente Cáceres, Molina y Mario Aguirre Godoy (abogado y sobreviviente). Y talvez querría decir que había gente esperándolos. Sin embargo, pudieron enterarse de esa reunión por otros medios.

Lo que siempre llamó la atención es que los ocupantes llegaron cuando acababan de entrar los tres abogados.

– Es una coincidencia que ha contribuido. Yo no puedo decir más que eso: es mucha coincidencia.

 

Sin fanatismos

 

¿Qué buscaba usted con la publicación del libro?

– Un saneamiento. Creía que había que aclarar muchas cosas para que no se sigan repitiendo versiones erróneas. Quería sacudir un poco las ideas preconcebidas que muchos escucharon cuando eran niños y nunca se las cuestionaron. Por ejemplo, es absurdo que se siga diciendo que fue una ocupación pacífica. Los invasores entraron como Pedro por su casa y cerraron las puertas. Iban con armas y cócteles molotov y la voluntad de quedarse por varios días. Eso no es pacífico.

¿Qué descubrió mientras lo elaboraba?

– Cuando comencé el libro no tenía claro si el CUC (Comité de Unidad Campesina), el EGP y el FERG (Frente Estudiantil Robin García) estaban relacionados. Cuando lo terminé, estaba totalmente convencido de que había pruebas irrefutables al respecto. Descubrí esa actitud que aún hay de eludir el tema. No solo Cajal se negó a darme información. También fue el Ministerio (español) de asuntos exteriores al que le pedí informes de los peritajes y los dictámenes de las indemnizaciones a las víctimas españolas. El ex ministro (Marcelino) Oreja, que tomó la decisión de romper relaciones diplomáticas con Guatemala sin haber recibido informes, tampoco quiso contestar.

La Comisión para el Esclarecimiento Histórico define el caso de la embajada como un hito en el enfrentamiento porque en él confluyó la violencia rural y urbana y murieron tanto indígenas y campesinos, como ladinos, obreros, estudiantes, diplomáticos y ex funcionarios. ¿Por qué cree usted que esta tragedia sigue dando de qué hablar, entre otras del conflicto?

– Porque significó ver la guerra en la ciudad –y en la televisión– y que la guerrilla podía actuar acá. Creo que la guerrilla se dio cuenta que el Ejército estaba dispuesto a hacer lo que fuera. Hay una frase que pongo en el libro: la soberbia, el fanatismo y la intolerancia fueron malas consejeras, tanto para el Gobierno como para la guerrilla. Ninguno de los dos tenía la razón y cometieron excesos inaceptables.

¿Encontró rezagos de ese fanatismo al publicar su obra?

– No me dejaron presentarlo en algunos espacios y varias personas se negaron a comentarlo. Pero el trabajo académico y de historia le enseña a uno a poner las cosas sin dogmatismo. Uno debe mostrar los argumentos y razonamientos con base en pruebas. Es algo que cuesta aprender: no ser fanático.

¿En qué versión de las muchas que muestra su libro debería creer el guatemalteco?

– He escrito muchos libros y estoy convencido que un mismo libro se interpreta de maneras muy diferentes. Siempre digo que la amnesia y la memoria son selectivas. Y ambas son deformantes. Como historiador solo debo dar los argumentos, pruebas y análisis. El que toma la decisión final es el lector.

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