La Profa. Joanna Bourke y las nuevas perspectivas sobre la Historia de la Violencia

ENTREVISTA JOANNA BOURKE

“Ha vuelto la matanza al descubierto”
Vicente Molina Foix

El País Semanal, 21 de septiembre de 2008

Esta mujer risueña y de voz templada es una especialista en el horror. Su conocimiento del gore y de la violencia más bruta no está, sin embargo, relacionado con los géneros del cine o la literatura de terror. Ella escribe sobre lo que pasó realmente, y en sus últimos cuatro libros da gran importancia a la voz de los que han causado ese horror o lo han sufrido, a la voz de los niños atemorizados por miedos inexplicables y a la de las mujeres violentadas por seres concretos y entornos que consienten. Pero para llegar a su cuarto libro, Sed de sangre. Historia íntima del combate cuerpo a cuerpo en las guerras del siglo XX (editorial Crítica), que ahora aparece en España, Joanna Bourke (Nueva Zelanda, 1963), catedrática de Historia en el Birbeck College de la Universidad de Londres, recorrió un camino que va desde la estadística hasta la confesión, de la gran historia social a la pequeña historia de los individuos en situaciones de extremo peligro.

“Mi primer libro fue una obra de historia económica sobre un periodo muy preciso de fines del siglo XIX en Irlanda, y me temo que es uno de los libros más aburridos del universo; creo poder asegurar que conozco a todos los que lo han leído, ya que se trata, exclusivamente, de amigos míos [risas]. Mientras lo investigaba me fui interesando por los esquemas culturales de la clase obrera británica, sobre la que escribí mi segundo libro, y de ése salió el siguiente [que, no traducido al castellano, podríamos interpretar como El hombre desmembrado. Cuerpos viriles en Gran Bretaña durante la Gran Guerra]”.

Ni ese tercer título ni los que Joanna Bourke ha publicado después -obteniendo varios premios prestigiosos y una muy favorable y amplia acogida ya fuera del campo de sus amistades- pueden tacharse de aburridos. La autora se basa en una impresionante documentación (las notas y listados bibliográficos de Sed de sangre ocupan, por ejemplo, 180 páginas de la edición española).

Pero su estilo es directo y sintético, logrando en todo momento que los datos dejen hablar a los ‘protagonistas’… Leyendo la enorme cantidad de documentos privados del periodo, mientras trabajaba en mi historia de las culturas obreras, me di cuenta de que es en tiempos de guerra, fundamentalmente, cuando los trabajadores, tanto los hombres como las mujeres, escriben de manera sistemática y continua: cartas, diarios… En esas situaciones excepcionales se oye de modo distintivo y continuo la voz de la clase obrera, y no sólo, como es habitual, las voces y las opiniones más cultivadas de las clases altas y medias. En El hombre desmembrado quise reflejar cómo los cuerpos fueron literalmente despedazados en las diferentes batallas, contando las amputaciones, las operaciones quirúrgicas, las heridas y cicatrices mentales que la I Guerra Mundial causó en los combatientes británicos. Una historia de cómo los hombres hacían frente a la muerte; no sólo al riesgo de exterminio que toda acción bélica implica, sino a los avisos mortales que recibe el propio cuerpo del soldado y el de sus camaradas de milicia.

La alegría de poder reír en un lugar y una situación “donde la muerte es algo absurdo y la vida resulta aún más absurda”. Esa mitigada alegría la expresó Wilfred Owen en unos versos destacados en Sed de sangre. Pero Owen, uno de los más prometedores poetas ingleses del arranque del siglo XX, murió a los 25 años combatiendo en Francia en 1918, después de escribir extraordinarios poemas de guerra, y también después de advertir, en un prefacio a su obra publicada póstumamente, que el libro no trataba de héroes, ni de la gloria, el honor, la dominación o el poder. “Mi tema es la guerra, y la pena de la guerra. La poesía está en la pena”.

Usted se detiene más en las penalidades que en el triunfo. Y sobre todo habla del coste humano de toda victoria. En esas lecturas también reparaba en otra cosa: la enorme disyunción entre lo que reflejan los historiadores militares y lo que escribían en sus cartas y diarios íntimos los soldados. Pongo el ejemplo de un combatiente cualquiera en la batalla del Somme. Ese hipotético soldado escribe en su diario íntimo del día 3 de agosto: “Hoy hemos entrado en combate. He sentido miedo en muchos momentos terribles de pelea, y todo el día he tenido diarreas. El peor día de mi vida”. Leyéndolo se puede ver físicamente al soldado estremecido, con el lápiz temblándole en la mano. Pero el historiador bélico toma nota de esas palabras y comenta: “El soldado muestra pánico, trauma, crisis nerviosa por el bombardeo”. Pasan dos semanas, ese mismo soldado sigue vivo en primera línea de fuego, y el tono de lo que escribe en su diario ha variado: “Otro día de combate. Emocionante y estimulante. Buen rollo con los camaradas. Esto es lo mejor que me ha pasado nunca”. A eso, el historiador militar apostilla: “No. No quiere decir lo que dice. Está fardando, haciendo teatro para tranquilizar a su familia”. Y el historiador no lo toma en consideración. El trauma bélico me importa mucho, naturalmente, pero eso no es lo único que el soldado experimenta. En Sed de sangre también considero, sin descartarlo, lo que dicen, en distintos momentos, esos combatientes, y lo que les ocurre en las situaciones vividas. El libro no es una historia de la guerra, sino una historia de cómo la gente recuenta lo que piensa, lo que sufre y lo que disfruta en la guerra.

¿Y no hay riesgo de creer demasiado en lo que podría no ser más que una maniobra de ocultación o disimulo por parte del soldado? Trato de operar sobre un material muy amplio, que incluye libros de historia, correspondencias, memorias y diarios, obras de ficción, películas…, quizá al cine le he prestado demasiada poca atención. Pero mi objetivo es siempre el mismo: usar materiales lo más cercanos a la lucha. Aunque no ignoro, por supuesto, que el soldado no se pone a escribir en medio de un bombardeo o cuando está esperando el asalto del enemigo a su trinchera…También tomo en consideración los informes escritos por los oficiales. Y hay algo muy interesante: el modo en que esos relatos privados van cambiando. A veces cambian por ese deseo que ha mencionado usted de ocultar o disculparse, pero yo creo que cambia más en función de la audiencia a quien van dirigidos en cada momento. Tampoco hay que olvidar que en los sesenta años que pueden haber pasado desde que los hechos ocurrieron, el narrador habrá contado muchas veces y a gente muy distinta lo que sucedió aquel día. El suceso se ha convertido en cuento. La persona en cuestión crea historias y se crea una identidad mudable. Durante la guerra se sentía a gusto, incluso feliz, hablando románticamente y alardeando en una carta a la novia de sus hechos de sangre, de las bajas que ha causado en las filas enemigas, sin esconder el disfrute que ha podido sentir. Pero cuando regresa a casa decide callar, y aquella misma matanza en una pelea cuerpo a cuerpo se hace tabú. Y yo no diría que calla sólo por prudencia o vergüenza. Quizá con el paso del tiempo ha caído en la cuenta de que aquel desconocido al otro lado de la trinchera al que ha abatido era un tipo que estaba tan asustado, tan hambriento y tan aterido por el frío como él mismo.

Algunas de las páginas más estremecedoras de Sed de sangre dan un papel de relieve a los cooficiantes del rito gore: los médicos, los psicólogos, los capellanes castrenses, los altos mandos, las familias que recibían cartas donde la euforia del hijo o del marido soldado mezclaba el entusiasmo con la crueldad. De un extenso catá­logo de recomendaciones y arengas destaca la que Bourke cita en relación a la masacre de casi setenta prisioneros italianos y alemanes que las fuerzas estadounidenses de la 45ª División de Infantería llevaron a cabo en Biscari (Sicilia) el 14 de julio de 1943. Ante la corte marcial a la que fueron llevados los responsables fue leído el discurso que el heroico general George S. Patton dirigió a su Estado Mayor antes del desembarco: “¡Ese bastardo tiene que morir! Y vosotros tenéis que matarle. Traspasadlo entre la tercera y la cuarta costilla. Decidle eso a vuestros hombres. Ellos deben tener el instinto asesino. Decidles que atraviesen al enemigo. Después nada podrá hacer. Dadle en el hígado. Nos reconocerán como matadores, y los matadores son inmortales”. Y Joanna Bourke añade: “Algunos oficiales interpretaron estas palabras como órdenes, y los prisioneros fueron asesinados en masa”.

“No todos los soldados de estas guerras fueron verdugos”, continúa Bourke, “ni obtuvieron placer matando. Algunos resistieron, y me habría gustado escribir más acerca de esos resistentes en Sed de sangre. Quizá escriba otro libro sobre ellos. En situaciones de guerra, es cierto, muchas veces se trata de elegir entre el enemigo y tú. Dispara él o le disparas tú. Y en esos casos, todos reaccionamos, me parece, igual. Pero otras veces se mata a sabiendas a inocentes o a desarmados. Soldados que pudiendo haber dicho no a la atrocidad, dijeron sí. Es por eso muy digno de resaltar el gran valor de quienes, en la guerra de Vietnam, por ejemplo, desviaban sus armas para disparar contra las cabras o los cerdos, no contra los habitantes de la aldea. Y decían no en medio de un impulso general de sangre y venganza, sabiendo sin duda que con ese gesto podían ganarse la ira de sus propios compañeros de armas. Algo muy peligroso cuando se está en el lugar más solitario que hay en la Tierra, un campo de batalla, donde sólo los tuyos pueden ayudarte. Pero esos resistentes fueron una pequeña minoría”.

El cast de personajes de Sed de sangre es casi exclusivamente masculino, hasta que, en la parte final, después de trazar con gran despliegue de medios la mística de una masculinidad belicosa, la autora introduce a las mujeres.

El libro analiza, como indica su subtítulo, las guerras del siglo XX, las dos mundiales y la de Vietnam. ¿Cree que la creciente entrada de la mujer en los ejércitos altera sus percepciones como historiadora? En efecto, las mujeres han entrado masivamente en los ejércitos. Las necesitan: no hay hombres suficientes para cubrir las plazas de soldados. En este momento, las mujeres son un 40% de las Fuerzas Armadas norteamericanas. Pero al mismo tiempo, casi nada ha cambiado en el sistema militar. De esa gran presencia femenina en el ejército, lo que más preocupa a los mandos son los retretes. ¿Cómo organizarlos y distribuirlos? Parece un chiste, pero no lo es. El resto no ha variado: el entrenamiento, la rivalidad interna, el escalafón… Y también hay que decir que las mujeres compiten, comparten los valores y aspiran a ocupar el papel que los varones tienen en las redes del poder militar. Ellas no quieren concesiones. Quieren probar que son tan buenas militares como los hombres. Y lo son realmente, incluso cometiendo atrocidades, como hemos visto en la guerra de Irak. Con una diferencia en las atrocidades más sexuales. Los soldados americanos pisoteaban con sus botas a los prisioneros iraquíes, los violaban con tubos de neón. Las mujeres soldado preferían humillarles con unos lentos strip-teases o echándoles encima de la cara sus líquidos menstruales, en una especie de ceremonial femenino con elementos de seducción. Usaban los tropos de la feminidad para abusar de los presos. Por principio, el alto mando militar teme que la presencia de la mujer haga cambiar de actitud a los hombres, debilitándolos. Pero eso no ha pasado. Ellas se han endurecido hasta el mismo límite de crueldad de sus camaradas.

Se ha insinuado que entre las militares hay un alto porcentaje de lesbianas.Sí, se dice, y en esa lectura, para mí simplista, a las militares se las divide en dos grupos: la lesbiana que siente los mismos deseos sexuales que sus compañeros y, en el extremo contrario, la superwoman, un prototipo de mujer superfemenina que se haría guerrera para dar salida al instinto, propio de las mujeres, de proteger a los suyos, a los ancianos, a los niños, a los débiles. Según esa teoría de la “escuela del instinto”, el soldado sublima los primitivos impulsos sangrientos del cazador en la guerra, mientras que la soldado sublima el ansia protectiva. Desconfío de esos esquemas de pensamiento. La belicosidad, la agresividad, no es innata en el ser humano; depende en gran medida del entorno social, seas hombre o mujer. Y en ese sentido yo soy, para algunos colegas, una historiadora optimista.

Hablemos [tras una pausa en la conversación, que se desarrolla en pleno Bloomsbury, la zona universitaria y antaño muy literaria de Londres, a cien metros del Museo Británico] de otro fenómeno que ha hecho igualitaria la violencia: el de las mujeres suicidas. Las guerras se han desplazado y fragmentado, y en ese sentido Sed de sangre refleja un estado de la cuestión que es literalmente histórico. ¿Dónde se libran hoy los combates? Bueno, por desgracia, en muchos pequeños frentes, pero hay uno muy encarnizado del que al menos aquí en Gran Bretaña nunca se habla: el que todos los días desde hace años tiene lugar en un pequeño rincón de la isla de Cuba llamado Guantánamo. Allí se da la nueva intimidad de las guerras contemporáneas. Algo, a mi modo de ver, terrorífico. Pero aquí nadie habla de ello ni se opone. El Gobierno británico, por supuesto, defiende la prioridad de mantener sus buenas relaciones tradicionales con Estados Unidos, pero nadie, en el Parlamento o en la calle, protesta. Tampoco en la prensa, y conste que yo leo The Guardian. Ni siquiera en ese periódico progresista y liberal se leen opiniones contrarias a la situación de indefensión absoluta en la que están los presos de Guantánamo, incluso habiendo algunos de nacionalidad británica. ¿Dónde están los intelectuales británicos opuestos a esa terrible injusticia?

¿Vuelve ahora con el terrorismo, el odio étnico, los talibanes y las masacres de inspiración ultranacionalista ese combate cuerpo a cuerpo que se analiza en ‘Sed de Sangre’? Así es. Vuelve la matanza cara a cara, al descubierto, después de que los últimos conflictos bélicos parecían haber alcanzado el rango de grandes acciones hipertecnológicas. Se explotan bombas caseras en los mercados, se degüella a los habitantes de la misma aldea, se viola a la vecina. Y en situaciones de ansiedad generalizada tan extendidas ahora, se acrecienta la necesidad del chivo expiatorio, proyectando los propios miedos sobre otros grupos. También se ha intensificado la desconfianza religiosa, especialmente contra los inmigrantes musulmanes. Si aquí en Gran Bretaña, por ejemplo, un musulmán mata a su hermana porque mantenía un noviazgo con alguien de otra comunidad, el crimen inmediatamente se tilda de “religioso”. Pero si un John Evans cualquiera, británico de toda la vida, mata a su mujer porque la encuentra en la cama con otro, se trata, simplemente, de “un hombre malo”, sin aludir nunca a si este asesino era protestante o católico. De ese modo, la comunidad a la que pertenece el asesino de la hermana queda manchada, mientras que el delito del que mató a la esposa no afecta a ningún otro miembro de su comunidad, siendo además bastante frecuente que en ciertos periódicos vespertinos y en ciertas cadenas de televisión aparezcan los vecinos del tal Evans disculpándole: “Ha matado, es cierto, pero John era en el fondo muy buena persona.

¿Hay tal vez un trasfondo socioeconómico, ligado a la pura supervivencia en momentos de recesión, que influya en esa mutua desconfianza religiosa y esa búsqueda de figuras expiatorias cercanas? En otro de mis libros, Una historia cultural del miedo, distingo entre el miedo y la ansiedad. El miedo suele tener causas específicas; alguien siente miedo a la oscuridad, a los lugares cerrados, y sobre ese problema puede la misma persona reflexionar o tratarlo científicamente, médicamente. La ansiedad es diferente; no sabes exactamente lo que te inquieta, y de tales situaciones nace la necesidad del chivo expiatorio. Muchas veces no se llega a precisar quién es ese enemigo peligroso que te inquieta; lo ves por todas partes, y lo golpeas a ciegas. Por otro lado, conviene recordar que la intransigencia de inspiración religiosa no es un patrimonio de los fundamentalismos islámicos. La Constitución de Estados Unidos separa el poder político del religioso, pero en la realidad cada vez tienen más fuerza institucional los grupos pentecostalistas y evangélicos radicales, creyentes sin fisuras en un inminente fin de los tiempos y la llegada de un Cristo apocalíptico que, en una operación de místico arrobo (the rapture), se llevará a los cristianos al cielo. Muy significativo que un 38% de estadounidenses crea que la guerra de civilizaciones, y eso quiere decir básicamente la guerra contra el islam, es inevitable a corto o largo plazo.

Las perpetradoras

Nacida en Nueva Zelanda en 1963 de padres misioneros y educada en medio mundo, Joanna Bourke, además de dar clases en la Universidad de Londres desde hace ya años, es una autora prolífica. En febrero de 2009, la misma editorial Crítica que publica hoy Sed de sangre sacará en español Rape, su sexto y por ahora último libro: una historia de la violación desde 1860 hasta nuestros días. Las guerras siguen obsesionando a Bourke en ese libro, y su mirada se pone sobre una de las últimas vividas, y que continúa, la de Irak. En un largo y muy interesante capítulo central, Bourke examina las quizá más tristemente célebres violaciones de nuestro tiempo, las que tuvieron por escenario la prisión de Abu Ghraib, introduciendo en su discurso sobre las formas de la violencia a la mujer, lo que ella llama “las perpetradoras femeninas”.

“Rape’ no es, paradójicamente, un libro sobre la violación, sino sobre los violadores. La historia de los que violan, de cómo y por qué lo hacen, y no la historia de las víctimas. Tengo que confesar que cuando empecé a investigar el tema lo hacía a mi habitual modo objetivo, calmo, frío, hasta que en un momento dado me fui calentando de indignación. Las estadísticas consultadas eran aterradoras. Por ejemplo: en la década de 1970, uno de cada cinco violadores denunciados salía del juicio con una condena; hoy, sólo uno de cada veinte es condenado. Han pasado treinta años de avance social y lucha feminista y, sin embargo, la situación en ese aspecto ha empeorado notablemente. También es asombroso cuando se estudia comprobar que la violación de ninguna manera ha sido una constante histórica; por eso es posible imaginar sin dificultad un mundo sin perpetradores de la violencia sexual. ¿Optimismo? Bueno, en este caso más bien me definiría como una futura optimista”.

Bourke hace hincapié en Rape en las instantáneas de la soldado americana Lynddie England arrastrando perrunamente con un lazo a un prisionero iraquí. Las fotos, después de los sabidos intentos de supresión por parte del mando militar, alcanzaron gran fama, y la Red se convirtió en su lugar de difusión, más -a veces- morbosa que espantada. Bourke cuenta que en Internet circulaban imágenes de hombres y mujeres desnudos imitando las poses de la soldado, y a eso se le llamaba en la jerga de los internautas estar “haciendo un Lynddie” (“lindiando”, podríamos decir con una apropiada alusión taurina). En algunos foros se buscaban voluntarios para ser lindiados. Bourke no obvia el posible sustrato sado-masoquista de esas horripilantes fotografías (la soldado como dominatrix), pero también analiza otras formas de violencia no sexual perpetrada por mujeres.

“Pero respecto a la violación, más que respecto a la guerra, se puede elegir. Los soldados que luchaban en el siglo XX cuerpo a cuerpo no tenían, a veces, como hemos dicho, otro remedio que defenderse matando, en medio de la presión bélica de las trincheras y los bombardeos. El violador no tiene la menor excusa de autodefensa o de tensión ambiental. Y aun así se le entiende, se le disculpa, se le deja a menudo libre. La sociedad tiende a ser tenue con el perpetrador sexual: el marido que fuerza a su esposa que no quiere saber de él, el joven que viola a la muchacha con la que ha ido a bailar a la discoteca. ‘No es tan grave’, se oye decir en voz baja. Es bueno recordar a esos condescendientes que los violadores no están en primera línea de una batalla campal ni forman una milicia del sexo. La mayoría de hombres son encantadores y no van por ahí violando”.

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