Fuentes para una Historia intelectual en Centroamérica: la Biblioteca Miguel Obregón Lizano

 

 

 

 

 

 

 

‘Orfebres’

En la Biblioteca Nacional, el Taller de Restauración protege nuestra memoria documental

Flora Ovares Ramírez

La Nación, 5 de octubre de 2008

La Biblioteca Nacional -que cumple 120 años- está llena de escondrijos, lugares vedados a la vista del público. En uno de ellos funciona, fiel a una tradición centenaria, el Taller de Restauración y Encuadernación.

Con paciencia y cuidados, los restauradores limpian las páginas amarillentas para que recuperen su color original, recomponen periódicos y libros, y arrebatan a los insectos y a la humedad los viejos folios que guardan el patrimonio cultural del país.

La tarea es inmensa: entre otros documentos, gran parte de la colección de periódicos costarricenses del siglo XIX, única en el mundo, espera la restauración. Las herramientas son muy antiguas, lo que retrasa la labor. Además, los encargados son pocos: cinco funcionarios que deben velar por el patrimonio de la Nacional y por el resto del acervo del Sistema Nacional de Bibliotecas (Sistema del cual depende el taller).

Una lucha constante. La necesidad de contar con un taller de restauración y encuadernación se hacía sentir ya por 1890, a dos años de creada la Biblioteca. Según reza un informe de esos años, esta contaba con “centenares [de] volúmenes que pudiera entregar al taller”, y lo mismo sucedía con las bibliotecas de Alajuela, Cartago y Heredia. Un buen número de libros, “obras a la rústica, folletos y periódicos”, debidos a suscripciones y canjes, debía ser encuadernado rápidamente para evitar su deterioro.

El Taller de Restauración y Encuadernación se estableció en junio de 1908. Para hacerlo, se tomaron implementos tipográficos de la Imprenta Nacional. Inicialmente se dedicó sobre todo a la encuadernación, como indica el Boletín Bibliográfico de la Biblioteca Nacional, que da cuenta de sus tareas desde 1920.

Hoy, la encuadernación se requiere sobre todo en las bibliotecas públicas, mientras que la restauración y la conservación son imprescindibles en la Nacional, donde se custodia la mayoría de los documentos patrimoniales del país.

Curación. En palabras de Luis Fernando Gutiérrez, restaurador desde hace 30 años, el documento es como un paciente. Una vez ingresado, se diagnostican sus males causados por agentes físicos, como la humedad, la temperatura y la luz solar o artificial; biológicos, como los roedores y los insectos; o químicos, presentes en la materia de fabricación del papel, como los ácidos.

Otro agente de deterioro es el uso irracional del documento, que en ocasiones se expone a un proceso de fotocopiado excesivo o se manipula inadecuadamente.

Cada proceso es diferente. Primero, hay que eliminar las cintas adhesivas, las grapas y las uniones entre las partes. En ocasiones, es inexcusable la fumigación. Si es preciso, se hidrata el papel y, a veces, se lava con agua y jabón neutro; se eliminan las manchas, se refuerza el papel con cartabones, se restituyen las partes faltantes y se fortalecen las costuras originales. Finalmente, se le agregan las guardas y se empastan.

El taller cuenta con herramientas tales como espátulas eléctricas, bisturís y pinceles y con materiales especiales, como el papel libre de ácidos y ciertos aditivos. También posee cizallas, guillotinas, prensas y estampadoras para la encuadernación.

Todo el proceso se efectúa manualmente. Si bien el trabajo es muy artesanal y delicado, no es posible continuar solo con este tipo de procedimiento pues existen máquinas y herramientas modernas que permiten un mayor rendimiento. Para el año entrante se contará con equipos que mecanicen parcialmente el proceso. Se adquirirá una reintegradora de papel, un hidratador de pulpa y piletas de acero inoxidable para aumentar la capacidad de lavado, hidratación y blanqueo de los documentos.

Con esas innovaciones, el rendimiento será al menos diez veces mayor que el actual: “Nos hace falta. Podríamos pasar quinientos años aquí y no terminaríamos el trabajo”, afirma Gutiérrez. Efectivamente, en esta labor delicada, no debe olvidarse ningún paso y todo debe hacerse pausada y concienzudamente.

Tesoros. La Biblioteca Nacional posee un patrimonio bibliográfico invaluable: la más importante colección de periódicos costarricenses desde 1833, las primeras ediciones de autores nacionales, documentos coloniales y amplias donaciones de libros antiguos de diferentes países. Entre otras, hay una colección de Biblias en diversas ediciones y tamaños, otra de Quijotes desde 1800 y varias de las actas de la Corte de Cádiz.

Muchos de esos libros y documentos se deshacen en las manos del usuario. En ocasiones, sin la restauración previa del documento no es posible, por ejemplo, digitalizarlo. “Para apoyarse efectivamente en estas nuevas formas de difusión y conservación, es imprescindible mantener el original en el mejor estado posible”, explica el restaurador.

Otra preocupación es la de contar con un recinto adecuado para depositar los libros y documentos valiosos. Afortunadamente, ya se toman medidas en ese sentido. Por ejemplo, se inició la construcción de una sala de libros antiguos, que poseerá las condiciones de temperatura, luz y humedad requeridas. También contará con alarmas y otras medidas de seguridad, y será atendida por un personal especializado.

Ahí estarán, ya restaurados por cinco incansables trabajadores, los documentos más valiosos del patrimonio cultural del país, como el Libro Azul, la revista Pandemonium y el original mecanografiado de Mamita Yunay, de Carlos Luis Fallas. Se resguardarán también valiosísimos textos antiguos, como el titulado Al Rey nuestro señor, que data de 1735 y que fue igualmente restaurado en el taller.

Así, la Biblioteca continuará siendo -como decía Miguel Obregón Lizano, su fundador- “el centro más rico que poseemos, la portada o muestra de lo que somos en lo intelectual”. No podría cumplir tal función sin esa labor, de orfebres, que recuerda el quehacer de los copistas e ilustradores medievales, con sus cuernos con tinta y oro, sus plumas y sus atriles. Unos y otros, aquellos copistas y los actuales restauradores, son los responsables de ese trabajo anónimo, delicado e imprescindible para la conservación de la memoria de los seres humanos.

 

LA AUTORA ES INVESTIGADORA DE LA LITERATURA LATINOAMERICANA. ENTRE OTROS LIBROS HA PUBLICADO “LA CASA PATERNA (ESCRITURA Y NACIÓN EN COSTA RICA)” Y “CIEN AÑOS DE LITERATURA COSTARRICENSE”.

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