Interesante aporte de la colega Elizet Payne Iglesias

Investigación de la Escuela de Historia de la UCR

Colonos españoles extrajeron perlas del golfo de Nicoya.  También hubo explotación del recurso en la costa pacífica de Panamá.  Redes familiares controlaron la comercialización de lo obtenido.

Andrea Solano B.

La Nación, 19 de octubre de 2008

Una investigación reciente de la historiadora costarricense Elizeth Payne analiza las redes económicas y sociales que controlaron la extracción y comercialización de perlas tanto en Panamá como en Costa Rica.

El estudio, titulado Explotación perlífera en el pacífico de Centroamérica (1522-1850), indaga sobre la explotación de perlas en el golfo de Nicoya, iniciada por los colonizadores españoles a partir de 1522 y que se extendió hasta inicios del siglo XX.

Otros hallazgos importantes son la utilización de mano de obra de esclavos indígenas para la extracción de perlas en el golfo de Nicoya y el posterior agotamiento de los bancos perlíferos debido la explotación indiscriminada.

Joyas del mar. Corría el año 1786 y un comerciante de Cartago llamado Tomás de Acosta intentó cerrar un jugoso negocio con nada menos que el hombre más acaudalado de Centroamérica: el marqués de Aycinena, quien residía en Guatemala.

Acosta quería venderle al noble español una perla de calidad excepcional con un peso de 37 quilates y un brillo especial que la hacía sumamente costosa.

Esta valiosa gema, así como muchas otras, habían sido extraída de los bancos perlíferos en lo que ahora se conoce como el golfo de Nicoya en Costa Rica.

El estudio de Payne -académica del Centro de Investigaciones Históricas de América Central de la Universidad de Costa Rica- demuestra cómo la corona española, las autoridades gubernamentales coloniales en Costa Rica e incluso la élite local se beneficiaron a partir del lucrativo negocio de la extracción de perlas.

Evidencia. Según Payne, a raíz de la conquista de América los españoles se adueñaron de los bancos perlíferos de las islas Las Perlas, en Panamá, y desde ahí se extendió la explotación hacia Costa Rica.

“La primera referencia histórica sobre el hallazgo de perlas en el golfo de Nicoya fue en 1522.

“En ese año Gil González Dávila exploró la costa pacífica de lo que hoy es Costa Rica. En sus crónicas consta que recibió 172 pesos de oro y 22 perlas a cambio de 6 bautizos a indígenas”, explicó la especialista en historia colonial.

Con la experiencia que Dávila y otros exploradores habían adquirido en Panamá, fue fácil establecer redes mercantiles en Costa Rica para el comercio de estas gemas.

Familias influyentes y personajes políticos de Costa Rica, Nicaragua y Guatemala se involucraron en la comercialización e incluso en el transacciones ilícitas con perlas.

“En 1694 el gobernador Miguel Gómez de Lara fue acusado de traficar perlas que compraba en Nicaragua y cambiaba en Panamá por oro. Tenía su tienda pública en Cartago y su hijo era su apoderado en la ciudad de Panamá”, dijo Payne.

Al ser consideradas como símbolos de poder, las perlas fueron objeto de consumo suntuario muy apetecidos entre las mujeres de clase alta de la sociedad colonial tica.

“En los testamentos y las cartas aparecen muchos datos acerca de perlas y su posesión en manos de la élite local”, detalló Payne.

Cita el ejemplo del alférez Francisco Ramírez Corajo, quien en 1646 recibió de su suegro, Jerónimo de Retes, dos manillas de perlas con un peso de 11 onzas por la dote de su futura esposa María de Retes.

Varias de estas exquisitas joyas terminaron en manos de nobles españoles, pues muchos funcionarios obsequiaban perlas a la realeza a cambio de nombramientos en puestos privilegiados.

Esclavitud indígena. Pero detrás de este próspero negocio se desarrolló un sistema de explotación contra los indígenas que eran forzados a bucear en condiciones riesgosas.

“Se organizaban en cuadrillas y se trasladaban hacia los bancos perlíferos donde se sumergían reiteradamente en las profundidades por lapsos de entre 50 y 80 segundos”, detalló la historiadora.

Era frecuente que los atacaran animales marinos y presentaban tempranamente graves problemas de salud como sordera y ceguera.

Según Payne, la extracción de perlas en forma natural como la que tuvo lugar en el golfo de Nicoya causa una degradación ambiental permanente. Para inicios del siglo XX los bancos perlíferos estaban completamente agotados, posiblemente por sobreexplotación.

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