Reflexiones a propósito del asesinato de Oliverio Castañeda

La lucha armada o la lucha democrática: he ahí el dilema

La muerte de Oliverio Castañeda fue un golpe a la izquierda que se oponía a la lucha armada y que buscaba abrir los pocos espacios democráticos. 

Marta Sandoval

El Periódico, 22 de octubre de 2008

En la época en que Oliverio Castañeda fue asesinado había dos grandes partidos universitarios que sobresalían en la San Carlos: Frente, al que pertenecía Oliverio, que basaba sus postulados en el PGT, el Partido Guatemalteco del Trabajo. Pretendía crear condiciones para luchar en el terreno político. Su estrategia era la presión política: huelgas y manifestaciones. El segundo partido era el Frente Estudiantil Robin García, FERG, de una posición más radical, en busca del levantamiento armado.

“Había una lucha ideológica muy fuerte. Además de luchar contra el gobierno, luchábamos internamente. Estaba el partido Frente, donde Oliverio y yo participamos, y la contraparte, que era el FERG. Los dos éramos de izquierda, pero teníamos maneras distintas de ver las cosas. El FERG privilegiaba el enfrentamiento armado y nosotros éramos proclives a la negociación”, explica Édgar Ruano.

“El discurso democrático, la lucha amplia y legal habían quedado tendidos en medio de la sexta avenida, donde el cuerpo de Oliverio había sido acribillado”, apunta Virgilio Álvarez, en su libro Conventos, aulas y trincheras.

A finales de los setenta apareció en la Universidad de San Carlos una pinta en la pared que decía: “Yo hago la Revolución con Marx Factor. PGT”. La gracia era producto de la creatividad de Mario Roberto Morales, “Fue una broma mía dirigida a Factor Méndez, asesor jurídico de la AEU”, explica Morales, “pero el Tecolote Ramírez Amaya, al pintarla, la firmó como PGT”.

La frase se utilizó después para descalificar a esa izquierda que no tomaba las armas. “El PGT era considerada una organización revolucionara pálida, que no se disponía a encausar la lucha armada. Su propuesta política era, según críticos, cosmética”, narra Álvarez.

A pesar de que muchos de los que le conocieron afirman que Oliverio Castañeda pertenecía al PGT, la organización nunca reconoció que así fuera. Se decía también que militaba en las líneas de la Juventud Patriótica del Trabajo, pero los dirigentes “nunca lo llegaron a considerar como uno de sus mártires”, explica Álvarez.

“Si vemos que durante las dos décadas anteriores los estudiantes habían sido el espacio social más beligerante y crítico de los regímenes militares, es válido suponer que, en el asesinato de Oliverio, los jefes secretos de la ultraderecha se cobraron todo el odio que por los jóvenes dirigentes habían sentido en todos esos años”, cuenta Álvarez.

“Otra hipótesis es que con este asesinato el gobierno pretendía golpear al PGT, en particular a sus sectores democráticos, orillándolo a optar por la lucha armada. Buscaba cerrarle el espacio a aquellos que, dentro del movimiento revolucionario, aún defendían la lucha amplia, la defensa de los derechos humanos, la construcción de un Estado de derecho”, concluye Álvarez.

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