Tzvetan Todorov, Premio Principe de Asturias en Ciencias Sociales 2008

Trayectoria

Nacido en Sofía (Bulgaria) en 1939, estudió Filología Eslava en su ciudad natal, contando entre sus primeros maestros con Roman Jacobson. En 1963 se instaló en París y se nacionalizó francés. Allí continuó su formación, junto a Roland Barthes y Gérard Genette, doctorándose en 1966. En Francia ha realizado toda su obra, la cual ha servido de pilar para los estudios lingüísticos, en especial en el campo de la Semiótica.

Tzvetan Todorov (crítico literario, filósofo, historiador y semiólogo) ha sido traducido a veinticinco lenguas. Inicialmente dedicado a la crítica literaria, hoy se inclina hacia el análisis cultural, definiéndose a sí mismo como un “historiador de las ideas”. Director de investigación honorario en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS) de París, está adscrito a la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, en cuyo Centro de Investigaciones de las Artes y el Lenguaje forma parte del grupo de Textos y Literaturas. Asimismo, ha impartido docencia en distintas universidades de Estados Unidos, como Yale, Harvard, Columbia y California-Berkeley.

Entre sus primeras obras se cuenta su conocida Teoría de la literatura de los formalistas rusos (1965), texto de referencia durante muchos años. Ha publicado trabajos como Literatura y significación (1967), Poética (1968), Gramática del Decamerón (1969), Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje (1972) o Simbolismo e interpretación (1978), entre otros. A ellos se suman sus estudios sobre la diversidad cultural, con obras como Nosotros y los otros, que definieron su trabajo durante la década de los ochenta. En una línea paralela, ha publicado Las morales de la historia, que obtuvo el Premio Rousseau en 1991. Entre sus últimos títulos se citan El jardín imperfecto (1999), Memoria del mal, tentación del bien (2002), un excepcional análisis del siglo XX, y El nuevo desorden mundial: reflexiones de un europeo (2003). Sus más recientes publicaciones son Los aventureros del absoluto (2006), El espíritu de las Luces (2006) y La literatura en peligro (2007).

Ha recibido el Premio Europeo de Ensayo Charles Veillon en 1998, el Premio Charles Lévêque de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de Francia y la primera edición del Premio Maugean de la Academia Francesa. Asimismo, es Oficial de la Orden de las Artes y las Letras de Francia. En 2005 recibió un grado honorífico de la Universidad Americana de París.

http://www.fundacionprincipedeasturias.org/esp/04/premiados/trayectorias/trayectoria843.html

 

Discurso

Antes de la época contemporánea, el mundo jamás había sido escenario de una circulación tan intensa de los pueblos que lo habitan, ni de tantos encuentros entre ciudadanos de países diferentes. Las razones de tales movimientos de pueblos e individuos son múltiples. La celeridad de las comunicaciones incrementa el prestigio de los artistas y de los sabios, de los deportistas y de los militantes por la paz y la justicia, poniéndolos al alcance de los hombres de todos los continentes. La actual rapidez y facilidad de los viajes invita hoy a los habitantes de los países ricos a practicar un turismo de masas. La globalización de la economía, por su parte, obliga a sus elites a estar presentes en todos los rincones del planeta y a los obreros a desplazarse allá donde puedan encontrar trabajo. La población de los países pobres intenta por todos los medios acceder a lo que considera el paraíso de los países industrializados, en busca de unas condiciones de vida dignas. Otros huyen de la violencia que asola sus países: guerras, dictaduras, persecuciones, actos terroristas. A todas esas razones que motivan los desplazamientos de las poblaciones se han sumado, desde hace algunos años, los efectos del calentamiento climático, de las sequías y de los ciclones que este conlleva. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados, por cada centímetro de elevación del nivel de los océanos, habrá un millón de desplazados en el mundo. El siglo XXI se presenta como aquel en el que numerosos hombres y mujeres deberán abandonar su país de origen y adoptar, provisional o permanentemente, el estatus de extranjero.

Todos los países establecen diferencias entre sus ciudadanos y aquellos que no lo son, es decir, justamente, los extranjeros. No gozan de los mismos derechos, ni tienen los mismos deberes. Los extranjeros tienen el deber de someterse a las leyes del país en el que viven, aunque no participen en la gestión del mismo. Las leyes, por otra parte, no lo dicen todo: en el marco que definen, caben los miles de actos y gestos cotidianos que determinan el sabor que va a tener la existencia. Los habitantes de un país siempre tratarán a sus allegados con más atención y amor que a los desconocidos. Sin embargo, estos no dejan de ser hombres y mujeres como los demás. Les alientan las mismas ambiciones y padecen las mismas carencias; sólo que, en mayor medida que los primeros, son presa del desamparo y nos lanzan llamadas de auxilio. Esto nos atañe a todos, porque el extranjero no sólo es el otro, nosotros mismos lo fuimos o lo seremos, ayer o mañana, al albur de un destino incierto: cada uno de nosotros es un extranjero en potencia.

Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia. Ser civilizado no significa haber cursado estudios superiores o haber leído muchos libros, o poseer una gran sabiduría: todos sabemos que ciertos individuos de esas características fueron capaces de cometer actos de absoluta perfecta barbarie. Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera. Nadie es definitivamente bárbaro o civilizado y cada cual es responsable de sus actos. Pero nosotros, que hoy recibimos este gran honor, tenemos la responsabilidad de dar un paso hacia un poco más de civilización.

http://www.fundacionprincipedeasturias.org/esp/04/premiados/discursos/discurso843.html

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