La ciudad de Guatemala hace 40 años vista por Michèle Firk*

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El Periódico, 9 de noviembre de 2008

El 7 de septiembre de 1968 la cineasta francesa Michèle Firk se suicidó en una casa de la zona 11, luego de verse cercada por la policía que la implicaba en el secuestro y muerte del embajador estadounidense Gordon Mein.  Cercana a las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) esta muchacha de 31 años llevó hasta el fondo su promesa de “no hablar y no traicionar”. El escritor e historiador Arturo Taracena ha traducido algunos fragmentos de esta narración sobre la ciudad de Guatemala hecha por la cineasta con vistas a un guión cinematográfico y contenida en una reunión de sus escritos, publicada por Eric Losfeld en 1969 en la editorial Le Terrain Vague de París.

Primera tarde en Guatemala. Por primera vez en mi vida veo a niños observar bombones inaccesibles en un guacal con un deseo infinito e indefinidamente insatisfecho. Una niñita me pide una limosna, se aferra, me sigue, se pega a mí y repite con una pequeña voz cantarina, dulce, educada: “Seño, déme algunos centavitos para comer, seño”. Atrás un enjambre de niños la sigue de lejos. Si saco mi monedero, se lanzarían sobre mí… Hago bruscamente un gesto de cruzar la calle. La niñita me sigue, se queda en medio, sorprendida, nada de odio, no más la sorpresa. Un carro la roza, yo tengo deseos de llorar.

Un pequeño se arrastra en la acera. Su pierna izquierda no es más que une enorme llaga. Se encarama en el lado derecho, su pierna izquierda tendida. Diríamos un Goya o un Murillo.

Atravieso, pues tengo el corazón hecho un nudo. Enfrente, una mujer sentada en el borde de la acera, con los pies desnudos, harapienta, con una pila de periódicos a su lado, en el suelo.

Sostiene en sus rodillas la cabeza de un hombre, acostado, tan pobre como ella, temblando de espasmos. Ella le pone un trapo sobre la cara. Yo creo que él es epiléptico. Luego sabré que se trata de un borracho.

Desde las ocho y media de la tarde, las calles están desiertas. El miedo reina. A las once y media, la gente que sale de los cines se apresura a regresar. Silbatos de los vigilantes que cuidan las tiendas. En los muros, afiches de “El Tercer Gobierno Revolucionario saluda a los trabajadores”. “Viva el Primero de Mayo” junto a otro de “Junio Rojo”. La gente tiene hambre. Vengo de ver ‘Blow-up’ y al regreso, una ambulancia pasa a mi lado gritando. Silencio y oscuridad. Durante la proyección, creí oír tiros (casi nadie hay en la sala), pero puede ser la película. En la mañana, los periódicos anuncian cinco fallecidos, de 19 a 23 años, muertos por la policía.

Miradas fijas de los hombres. Ellos no murmuran palabras dulces como en México o España. Miran fijamente, largamente y, luego, voltean la cabeza. Son educados. El viejo que se quita la gorra, me saluda y me pide caridad con dignidad. Yo sacudo la cabeza, vuelve a ponerse la gorra, alza las espaldas y se aleja todo encorvado, miserable. Me invade la rabia. En las calles, los vendedores de periódicos (los de la mañana como ‘La Prensa Libre’, ‘Impacto’, de pequeño formato como ‘París-Jour’, los de la tarde, gran formato, ‘El Imparcial, La Hora’), de billetes de lotería, (la Nacional, la China y la Santa Lucía) se disputan los clientes. Constato que hay menos lustradores que en México. Para poder serlo, se necesita un capital que esos niños están lejos de poder obtener. En México, hay cantidades. Las mujeres, con las trenzas largas sobre la espalda, los niños envueltos contra sus pechos, jóvenes o viejas, ya todas arrugadas. Los viejos, los enfermos están mugrientos. Pequeños vendedores de dulces, de frutas en todas las esquinas de las calles.

Visiones insólitas

La ciudad de Guatemala está dividida en “cuadras”, en las que las calles se cruzan perpendicularmente con las avenidas. Las avenidas tienen siempre la prioridad y los vehículos que vienen sobre las calles deben frenar no importa cual sea el sentido de las avenidas: se ve, por ejemplo, un autobús y una fila de carros esperando a que pase una bicicleta. Los conductores son disciplinados y marchan siempre lentamente. Yo conduzco a la “parisina” y me escabullo. La gente es prudente, no como en México, donde el más grande y el más macho es el que pasa. Una avenida sobre dos va en una misma dirección, y una sobre dos, en la otra, lo mismo que las calles. Siempre hay interés en no equivocarse de calle, pues de lo contrario muchas veces hay que hacer el tour a la ciudad, no muy grande, para alcanzar su objetivo. En el centro, los parqueos son pagados, con parquímetros como los que existen en el aeropuerto de Orly. El centro es la Sexta Avenida, con sus comercios de lujo, sus productos de belleza, aparatos de fotografía, televisores, etc. Feroz competencia entre negocios. Edificaciones bajas, de dos pisos. Anuncios luminosos que salen sobre la calle de ambos lados. Visión insólita: fanfarria y marjorettes en la Sexta Avenida. Elección de miss Guatemala; las seis finalistas tres muy feas en dos carros convertibles. El tráfico está paralizado. Indeferencia de los transeúntes.

Procesión del 17 de junio, el día del papa. Religión, opio del pueblo y de los indígenas.

Curas gordos que confiesan a indígenas, que comulgan muertos de hambre. El afiche de “El Tercer Gobierno de la Revolución” que envía su mensaje a los trabajadores del Primero de Mayo: un joven obrero sonriendo, demasiado realismo socialista. Otros carteles: la lista de nombres, fotografías, de supuestos comunistas condenados a muerte por los grupos de extrema derecha. Afiche “Día del Seminario”: un niño orando con fervor: “¡Yo quiero ser sacerdote, ayúdeme! Fiesta de las madres, de los padres, de los maestros… Anuncios de radio: toda América Latina. Pepsi-Cola, los productos farmacéuticos Bayer, Mejoral, Testi Vital, las hormonas que proporcionan virilidad, la virilidad perdida. Los anuncios del Servicio de Relaciones Públicas de la Presidencia, método Coué [autosugestión]. Desde este momento, los policías deben de llevar casco.

‘Viridiana’: “Esta película sólo puede ser exhibida en los cines sin ‘galería’ de la capital, pues está prohibido en el resto del territorio nacional” Firmado: Dpto. de Orientación y de Censura de Espectáculos Públicos. ‘Blow-up’: otro mundo. Seguidamente, busco el almacén de pelucas. Como en la película, no me la pruebo. En México, ‘¿Quién tiene miedo de Virginia Wolf?’: los hombres y mujeres escandalizados de la manera en que el machismo es pisoteado, pateado, por esa mujer horrible. El macho llora, la gente chifla. Acá, un cine anuncia que “a pesar de la calidad de la película, los precios de los asientos no serán aumentados.” Por la radio, los éxitos ‘Michèle ma belle, Stranger in the night, Guantanamera’.

Lo inimaginable de lejos

Los pequeños lustradores. El del Zoológico, Precio: 10 centavos. Yo le doy 20. Me lo agradece mucho. Su día fue malo. No había hecho más que 20 centavos antes de mí. Me dice: “Estoy muy preocupado porque ahora están exigiendo patente” Le pregunto cuánto cuesta: 50 centavos. A los del parque central, ya no se la piden. El pequeño Víctor me dice que los policías ya han confiscado allí tres cajas. Todo su capital y al mismo tiempo su instrumento de trabajo. ¿Se los devolvieron? No. Una nube de muchachos entre 10 y 15 años, bellos niños ágiles, astutos, vivos. Víctor: “No tenemos clientes fijos. ¡Hay que tener chispa! El más rápido es el que gana.” Forman una especie de cofradía, se venden la cera cuando a alguno le falta algún color, como a Víctor con mis zapatos rojos. Pequeños vendedores, mendigos, enfermos, lustradores, vendedores de periódicos, de billetes de lotería, de peines, de brazaletes para reloj, de cigarrillos, de chicles… Comercio, pequeño comercio, muy pequeño comercio.

El cine, algunos clubes privados, como el Club Guatemala, dancing en el último piso del Biltmore, allí se acaban las delicias. Y, por supuesto, la televisión y la radio. En los periódicos, crónicas: se casan, se comprometen, celebran los aniversarios “las encantadoras, elegantes, cultas, estimadas, gentilísimas señoras, señoritas, damas, damitas”, etc. Nacen las “lindas nenitas”, traídas por la cigüeña. Fiestas de quince años. Viajes, bailes, aniversarios de casamiento…

México era una ciudad de contrastes, los espejismos de la riqueza, la más grande cultura y el desenlace total, el analfabetismo. Aquí, no. El subdesarrollo. Lo inimaginable de lejos. Una veintena de inmuebles modernos emergen en grupo, los hoteles Biltmore, Panamerican, Maya Excelsior, Palace Hotel, el Banco de Guatemala (orgullo y el más bello del país), las embajadas. Esto no es suficiente para poder crear un contraste. He recorrido todas las librerías, nada. Las revistas americanas. Las caricaturas, comprendo su papel nocivo cuando solamente hay eso para alimentar la sed de cultura. Libros técnicos, de psicología, horóscopos, cómo tener éxito en los negocios y hacer amigos. Y, sobre todo, el veneno, el veneno, infiltrado día a día, por todos lados, en la prensa cotidiana, la radio, la TV. ‘Bohemia’ editada en Venezuela.

Ninguna información, salvo aquellas que se quieren dar. Subdesarrollo cultural. Z… me contó que en un desayuno-congreso de su profesión, sus colegas se preguntaban si era moral o inmoral ir a ver ‘Virginia Wolf’.

Pum, pum, estás muerto

Hoy, 25 de junio de 1967. Fiesta de los Maestros (en efecto, ¿cuánto les pagan?). La radio y la prensa rinde homenaje, lo mismo que el Partido Revolucionario, a los “apóstoles de la juventud, realizadores de promesas espirituales, formadores de talentos para la Patria”, etc. A las cinco de la mañana me despertaron los ruidos de explosiones cercanas. Hubo alrededor de veinte, y luego a las seis, a las seis y media… Yo creí que se trataba de bombas. Otro día había oído explosiones, que creí se trataba de cohetes, pero me dijeron que eran bombas. Hoy parece que es lo contrario: Por que es día de fiesta, hay cohetes. Para reír, me dice la propietaria española. Yo no he visto a ninguno sonreír, niño o adulto, cuando quema bombas.

En la Séptima Avenida, mientras me dirijo al Parque Central, pasan dos corredores, entre los carros, bastante lejos uno del otro. Los dos en shorts. El primero tiene la rodilla vendada.

Tienen el aire de sufridos, subalimentados, resulta difícil verlos como atletas. En la acera, varios tipos duermen, más o menos pobremente vestidos. El día siguiente de la borrachera. Un joven bello, con jeans, suéter blanco mugriento, se balancea, el rostro con barba negra, los ojos inflados. Saca de su bolsillo algunas monedas, las hace saltar en la mano, alza la cabeza, y se las vuelve a meter. El campesino, con vestimentas todas remendadas, se aproxima a mí cuando estoy comprando cigarrillos. Sostiene en su mano, quién sabe por qué, su cédula de vecindad.

Puede ser para probar que es alguien de bien. Yo le hago no con la cabeza. El es muy educado: “Señorita, por favor,…” No insiste. El corazón se me hizo más un nudo, cuando ya no insistió.

Es verdad, no son mendigos profesionales, sino que mendigan porque tienen hambre, no tienen salida, no tienen trabajo. Después, tengo remordimientos por no haberle dado algo, ¿de qué serviría? No es éste el problema, pero hoy se hubiera sentido aliviado. El saludable odio ya no me abandona.

Parque Central. Una fanfarria militar, de al menos cincuenta músicos en uniforme de gala, toca marchas alegres y entretenidas delante de un auditorio pequeño y poco entusiasta, compuesto sobre todo de padres de familia que pasean a los niños esperando el desayuno. Los lustradores del lugar sin trabajo, algunos viejos sentados al sol. Cuando los músicos se van, pocos aplausos.

Las radiopatrullas, cascos, chalecos antibalas. Sus Falcon, rápidos, con luces rojas en los techos. El corazón angustiado cuando oigo sus sirenas, cuando los veos arrancar precipitadamente, sin preocuparse de los transeúntes. Las personas tienen miedo de ellos, pero ellos también tienen miedo. Disparan con velocidad. Esta mañana, en los periódicos, frente a la publicidad del la película ‘Bang, bang you’re dead’ (traducido: ‘Pum, pum, estás muerto’) la noticia de lo que pasó ayer a las once y media de la mañana; del comunicado de la policía y del testimonio de los pasajeros del autobús, se desprende que los policías disparan sobre cualquier persona porque tienen miedo. El chofer está gravemente herido. Se vive de tal forma, en las proximidades la muerte. La muerte está cerca. Se tiene miedo, pero no se tiene más. Me pregunto el número de armas que están en circulación. Ayer, hechos banales, pero extraños.

Dos o tres tipos querían obligar a una mujer a subir a su auto (¿para secuestrarla?). Ella se defiende con fuerza y termina por sacar de su bolsa un revolver, con el cual pone en fuga a sus agresores. ¿Se pasean así las damas, con un revolver en sus bolsas? Otro hecho: un tipo se niega a pagar un taxi y le dispara al chofer. Los policías: a un tipo le roban el carro, presenta una denuncia. Algunos meses más tarde, lo reconoce en la calle, aunque esté repintado, disfrazado. Está en poder de un jefe de la policía.

Trabaje con entusiasmo

Hoy, en la prensa: la historia de la anciana Julia Chigüichón. A inicios de diciembre de 1966, regresa a su casa luego de haber vendido 75 centavos de legumbres. A 100 metros de Mixco camina hacia su pueblo, cuando dos policías la alcanzan y le piden 2 quetzales, pues de lo contrario, la capturan. La señora tiene más de 70 años, es analfabeta, no comprende nada y solamente tiene 65 centavos, luego de haber pagado el bus. Los policías la detienen, señalando que han encontrado en su casa botellas de aguardiente y a 125 metros de su casa está una destilería clandestina. No hay investigación alguna. Sobre el testimonio de éstos, la vieja es condenada a prisión. Rechazada la libertad condicional. Un abogado pide que se vaya a inspeccionar ocularmente la existencia de la destilería. No hay nada. Cateo en casa de la anciana, ninguna traza de alcohol. En enero, el coronel Amadeo Chinchilla declara que destituirá a los mordelones. Segundo rechazo de libertad para ella. Está en prisión desde hace siete meses por no haber dado dos quetzales a unos policías. Paso delante de la Policía.

Mujeres hacen la cola con sus niños, canastos, mantas, cargadas de provisiones. Sin duda, las mujeres vienen a darle de comer a sus maridos presos. En el interior está escrito: “Trabaje con entusiasmo por Guatemala”.

En el mismo número del periódico: tres decanos de las Universidad de San Carlos están en la lista de condenados a muerte por las organizaciones clandestinas -hojas volantes distribuidas ayer en la mañana en toda la ciudad, firmadas CADEG, NOA, MANO, por millares.

Condenada también: Alaíde Foppa, periodista guatemalteca que vive en México, que escribe en ‘Siempre’, y que le ha hecho una entrevista a Clemente [Marroquín Rojas]…

Mi calle, la 16, es una calle de putas. Ayer en la tarde llovía a torrentes. Dos chicas se abrigaban bajo un alero, el paraguas por el suelo, enfrente de sus piernas. La otra noche yo daba vueltas por mi calle esperando a Godot. Todo el hotel, el patrón a la cabeza, los españoles, los gachupines como se les dice, se apiñaron en el umbral de la puerta, murmurando. Me vuelvo y les pregunto que qué pasa. Normalmente, las mujeres que se paran enfrente son putas, responden. Ellos dicen, “mujeres malas”. Yo les contesto: “¡Vaya!”, y me vuelvo.

 

*Traducción de Arturo Taracena. El titular y los subtitulares son de la redacción de este suplemento.

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