Uno de los presidentes del Olimpo

imagen-sin-titulo2Más que un político liberal

Avanzado.   Ricardo Jiménez fue un actor decisivo en la ampliación de la democracia costarricense .

 

 Iván Molina Jiménez

La Nación, 1 de febrero de 2009

 

 Hace 150 años, el 6 de febrero de 1859, nació en Cartago una de las figuras más influyentes en la política costarricense de finales del siglo XIX y primera mitad del XX: Ricardo Jiménez Oreamuno. Hijo del dos veces presidente Jesús Jiménez Zamora, Ricardo Jiménez tuvo una prolongada carrera institucional: fue electo diputado en cuatro ocasiones, ocupó la Presidencia de la República en tres períodos (1910-1914, 1924-1928 y 1932-1936) y, además, fue presidente del Congreso y de la Corte Suprema de Justicia.

Aunque usualmente se lo recuerda como un político liberal, Jiménez presenta la particularidad de haber sido el estadista, en la Costa Rica anterior a 1950, que más se preocupó por reformar la legislación electoral.

Secreto y directo. En 1913, por iniciativa de Jiménez, el Congreso conoció una propuesta para establecer el voto directo y secreto.

Los diputados aprobaron la primera modificación, con lo que desapareció el sistema de dos vueltas que existía desde 1847, según el cual los ciudadanos escogían electores de segundo grado y estos últimos al presidente, los diputados y munícipes.

En contraste, los legisladores rechazaron el voto secreto. Los diputados que respaldaban tal medida afirmaban que era la única forma de proteger a los votantes populares de la presión de sus patronos y de las autoridades. Los adversarios de tal cambio insistieron en que el sufragio secreto era innecesario en un país donde cada cual conocía las preferencias políticas de su vecino; además, plantearon que votar en secreto era una práctica poco viril y potencialmente inmoral.

No obstante, el principal motivo por el cual el voto secreto fue rechazado obedeció a que habría incrementado, aún más, los márgenes de incertidumbre para los comicios presidenciales de 1913, en los cuales se pondría en vigencia el voto directo. Para los partidos, esta última modificación ya suponía un riesgo considerable, y no deseaban aumentarlo más de la cuenta.

Entre 1925 y 1927, Jiménez impulsó dos nuevas reformas electorales, cuya prolongada discusión -según lo declaró el periódico La Tribuna – tuvo “medio locos a los diputados”. Aunque esas reformas introdujeron y consolidaron el voto secreto, Jiménez fracasó en el intento por dotar a cada ciudadano de una identificación personal con fotografía (esencial para combatir más eficazmente el fraude), dada la oposición de los legisladores.

Frente a la excusa de que se requeriría mucho tiempo para fotografiarlos, el Presidente contestó que el asunto se reducía a tomar una fotografía de los ciudadanos: “No se trata de hacer retratos al óleo para adornar las galerías del Museo de Louvre o del Prado”.

Ante la justificación de que elaborar identificaciones resultaría muy costoso para el fisco, Jiménez respondió que el costo total ascendería apenas a 23.190 colones.

No obstante, sus esfuerzos fueron en vano. De esta forma, a diferencia de otros políticos y partidos, interesados en reformar la legislación electoral a su favor, Jiménez impulsó cambios en las leyes que reforzaron la posición del electorado frente a autoridades y partidos, con lo que contribuyó decisivamente a la democratización de la política.

Apoyo reformista. Igualmente, debe resaltarse que, aunque no fue un reformista social, Jiménez respaldó sistemáticamente a políticos y partidos identificados con esa corriente. Así, en 1914, apoyó el ascenso al poder de Alfredo González Flores, cuya administración impulsó importantes reformas que facilitaron el crédito para los pequeños y medianos productores e introdujo la tributación directa.

En 1924, Jiménez se alió con el Partido Reformista de Jorge Volio, acuerdo que se materializó en una importante legislación social, como la ley de accidentes laborales. A partir de 1931, Jiménez fue el único expresidente que respaldó la legalidad del Partido Comunista de Costa Rica (PCCR) y su derecho a participar en los comicios de la época. De hecho, durante su tercera administración, Jiménez se convirtió en el principal defensor de los éxitos logrados en las urnas por el PCCR. El papel desempeñado por Jiménez durante la crisis económica de 1930 fue bien sintetizado por el diplomático estadounidense Leo R. Sack en un informe de agosto de 1934:

“En gran medida, las numerosas leyes de emergencia y otras que se han aprobado durante los pasados tres años, han sido el resultado de la acción y la iniciativa del Congreso. Don Ricardo ha decepcionado a muchos de sus partidarios por su fracaso en participar más en la elaboración de un programa de leyes económico-sociales diseñado para corregir y aminorar las tensiones e injusticias que se han desarrollado bajo el impacto de las condiciones creadas por la Depresión. Aunque no ha conducido el curso de los eventos, él sí ha apoyado, sin embargo, la decisión del Congreso a este respecto casi continuamente, y ha sancionado muchas leyes desagradables para los intereses financieros”.

Ponderado. Sin duda alguna, fue decisivo para Costa Rica que Jiménez fuese el presidente cuando estalló, en agosto de 1934, la huelga bananera que paralizó las actividades de la United Fruit Company (uno de los eventos de su tipo más importantes en la historia de América Latina).

Jiménez desoyó a quienes lo urgían a sofocar la huelga a sangre y fuego, y más bien procuró enfrentar el conflicto mediante la negociación.

En Centroamérica, los comunistas habían sido reprimidos brutalmente por dictaduras como la de Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador y la de Jorge Ubico en Guatemala; pero, en un momento crítico, la actitud de Jiménez durante esa huelga volvió a diferenciar la experiencia costarricense de la de sus vecinos del istmo.

Tras el ascenso de Calderón Guardia a la presidencia en 1940, Jiménez destacó como crítico del nuevo gobierno e, incluso, se opuso a las garantías sociales. Tal actitud se modificó después de que el Congreso lo declarase benemérito de la patria el 4 de julio de 1942.

Por entonces, la política costarricense experimentaba los efectos del conflicto que, desde inicios de 1941, enfrentaba a los partidarios de León Cortés con los calderonistas (estos últimos, aliados con los comunistas).

En un país cuya política se polarizaba cada vez más, Jiménez no consiguió permanecer al margen. En vísperas de las polémicas elecciones presidenciales de febrero de 1944, ofreció declaraciones anticortesistas.

Su identificación con el régimen de Calderón Guardia se manifestó de nuevo unas semanas después, cuando afirmó que había sido legítima la victoria de Teodoro Picado (candidato de calderonistas y comunistas). Jiménez contradijo así lo expuesto por Cortés, para quien tales comicios habían sido fraudulentos.

Así, al final de su vida, el último de los políticos liberales formado en el siglo XIX, terminó identificado con un gobierno de católicos sociales y comunistas, que impulsaba una de las más importantes reformas institucionales llevadas a cabo en un país latinoamericano en el período anterior a 1950.

Si bien a Ricardo Jiménez, como a todo político, se le pueden señalar numerosas inconsecuencias entre su discurso y su práctica, su respaldo a la democratización de las leyes electorales y su apoyo a los grupos identificados con la reforma social permanecen como dos de sus mayores contribuciones a la Costa Rica de la primera mitad del siglo XX.


EL AUTOR
ES HISTORIADOR Y MIEMBRO DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN IDENTIDAD Y CULTURA LATINOAMERICANAS DE LA UCR. ESTE ARTÍCULO SINTETIZA ASPECTOS DE SU LIBRO ‘RICARDO JIMÉNEZ’ (EUNED, 2009).

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