Un debate de la historiografía centroamericana: el concepto de la ‘democracia rural’ costarricense

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Imaginación privilegiada

Precursor.  Carlos Monge Alfaro formuló la tesis histórica de la ‘democracia rural’ de Costa Rica

 

Iván Molina Jiménez

La Nación, 24 de mayo de 2009

 

El viernes 22 de mayo se cumplieron cien años del nacimiento del historiador Carlos Monge Alfaro, quien propuso la primera gran hipótesis de trabajo de la historiografía costarricense: el predominio de una democracia rural, en el Valle Central, durante el siglo XVIII.

Hasta donde se sabe, Monge expuso por primera vez su concepción de la democracia rural en un artículo publicado en junio de 1937 en la Revista del Colegio Superior de Señoritas . Este documento es uno de los textos fundamentales de la historia intelectual costarricense del siglo XX, y la EUNED lo ha reeditado bajo el título de Conceptos sobre la evolución de Costa Rica en el siglo XVIII .

En este extraordinario trabajo, Monge empieza por señalar que el objeto de estudio de la historia no son los hechos, sino las fuerzas sociales, una de las que será el eje de su análisis: los productores agrícolas que se desplazan del este al oeste del Valle Central. El resultado de este proceso fue la conformación de una sociedad de campesinos propietarios, por lo que la colonia no legó ni una aristocracia ni una burguesía agrarias, sino “una actitud campesina y democrática de la vida, sin orientación política y sin conciencia de clase”.

Aún se desconoce cómo se originó esa concepción del pasado costarricense, pero es claro que, desde el siglo XIX, nacionales y extranjeros insistían en que Costa Rica era un país de pequeños propietarios. Este énfasis se acentuó en las primeras décadas del siglo XX, como producto de las luchas contra los beneficiadores de café emprendidas por los pequeños y medianos caficultores, quienes afirmaban que la pequeña propiedad agrícola era la base de la democracia.

Con dicho énfasis coincidieron sectores anticomunistas, para los que Costa Rica era un país de propietarios. El serlo descalificaría las denuncias sobre la agudización de la cuestión social planteadas por el joven Partido Comunista (1931) al calor de la crisis mundial de 1930. La fuerza de la imagen de la pequeña propiedad rural fue tal que la casa de adobes se convirtió en el tema nacional por excelencia de la plástica costarricense.

Todo parece indicar que Monge no basó su original concepción de la democracia rural en una exhaustiva investigación en fuentes primarias inéditas, sino en el examen de documentos ya publicados. Haber hecho tanto con tan poco destaca, aún más, que Monge poseía una privilegiada imaginación histórica. Esta le permitió reconocer y darle la importancia debida a uno de los procesos fundamentales de la historia costarricense: la colonización agrícola campesina.

Para comprender mejor la originalidad de ese planteamiento, es preciso recordar que, a fines del siglo XIX e inicios del XX, los políticos e intelectuales liberales, insistieron en que la especificidad de Costa Rica era de naturaleza étnica: una población “blanca” frente a las poblaciones mestizas e indígenas del resto del istmo centroamericano en particular, y de América Latina en general.

 

Tres temas. A diferencia de ellos, Monge buscó esa especificidad en procesos económicos y sociales, y especialmente en la colonización agrícola, que resaltaba el papel desempeñado por los sujetos populares en la historia. En contraste con los historiadores liberales, concentrados en el papel de los “grandes hombres”, Monge puso el acento en familias campesinas anónimas.

Adicionalmente, el texto de Monge incluye tres temas que luego serían ampliamente estudiados por los historiadores y otros investigadores sociales: 1) la relación entre la caída de la población indígena y la expansión de la producción campesina; 2) la contradicción que se configuró en el siglo XVIII entre el eje del crecimiento económico (el oeste del Valle Central y, en particular, San José) y el asiento del poder político (Cartago); 3) el papel desempeñado por el café en acrecentar la diferenciación social.

El primer tema fue exhaustivamente examinado por Claudia Quirós cuando analizó la encomienda en el siglo XVII. El segundo inspiró la obra de Rodolfo Cerdas sobre la formación del Estado costarricense entre 1821 y 1842. El tercer tema fue enfatizado por Rodrigo Facio y luego estuvo en la base de los debates producidos en la segunda mitad del siglo XX acerca de la relación entre la expansión del café, la concentración de la tierra y el ascenso del capitalismo agrario.

La síntesis menos sofisticada de esos planteamientos –que Monge incluyó en la primera versión de su Historia de Costa Rica (1939)– contribuyó en mucho a que la hipótesis de la democracia rural perdiera algo de su fuerza como aporte científico y ganase mucho del carácter mítico que se le ha criticado con justa razón.

El primer crítico parcial de la democracia rural fue Carlos Meléndez. En un artículo publicado en 1969 sobre el origen de la propiedad territorial en el siglo XVI, Meléndez señaló que era equivocado plantear que hubo un movimiento de gentes de Cartago hacia el occidente del Valle Central pues, desde el inicio mismo de la conquista, el colono buscó las mejores tierras en el este y en el oeste.

Sin embargo, Meléndez fue quien se equivocó. Él confundió la apropiación formal del territorio por los conquistadores (esas “grandes” figuras con nombres y apellidos) con el desplazamiento de familias campesinas, que capturó la atención de Monge.

Décadas después, ese proceso se convertiría en el tema de investigación por excelencia de Mario Samper.

 

Más aportes. Posteriormente, a partir de 1970, el joven historiador Óscar Aguilar Bulgarelli empezó a objetar que hubiese existido una democracia rural con base en datos sobre la esclavitud colonial.

Tal objeción culminó a inicios de 1980, cuando el crítico más sistemático de esta interpretación, el historiador estadounidense Lowell Gudmundson, impugnó convincentemente los planteamientos de Monge sobre la nivelación de las fortunas y la dispersión de los asentamientos.

Investigaciones posteriores, replantearon la dinámica de la sociedad que habitaba el Valle Central a finales del período colonial, al proponer que estaba compuesta por productores agrícolas y artesanales socialmente diferenciados, sometidos al dominio de una elite de comerciantes.

El historiador costarricense del período 1950-1970 que hizo más investigación de base fue Carlos Melénedez, quien fue, además, el que más se esforzó por incursionar en la historia centroamericana y por incorporar los avances de la investigación histórica sobre Centroamérica efectuada en otros países, especialmente en Estados Unidos.

En contraste, después de la guerra civil de 1948, Monge tendió a alejarse de la profesión histórica para ocuparse en tareas políticas y administrativas, uno de cuyos resultados fue el campus donde ahora se ubica la Universidad de Costa Rica.

Finalizadas sus labores administrativas, Monge publicó Nuestra historia y los seguros (1974), Universidad e historia (1978) y La educación: fragua de nuestra demo-cracia (obra escrita junto con Francisco Rivas).

Reencontrado con su oficio de historiador, en los años finales de su vida, Monge produjo tres libros que, de nuevo, se convirtieron en aportes significativos a la historia social y educativa costarricense.

 

 

EL AUTOR ES HISTORIADOR Y MIEMBRO DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN IDENTIDAD Y CULTURA LATINOAMERICANAS DE LA UCR. ESTE ARTÍCULO SINTETIZA ASPECTOS DEL LIBRO ‘CONCEPTOS SOBRE LA EVOLUCIÓN DE COSTA RICA EN EL SIGLO XVIII’ (EUNED, 2007).

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