El Dr. Hoffman y la Campaña Nacional

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El enemigo incombatible

Otra guerra. La epidemia del cólera de 1856 fue trágica, pero también aleccionadora

Ana María Botey Sobrado

La Nación, 12 de julio de 2009

A veces se habla de “héroes anónimos”, y algunos presidiarios lo fueron en la Costa Rica de 1856. A ellos les tocó una de las misiones más peligrosas fuera de los campos de batalla: enterrar a los muertos por la epidemia del cólera. A algunos, esa tarea las causó la muerte, pero a otros les otorgó la libertad.

La tragedia de aquella epidemia había comenzado meses antes, en Rivas (Nicaragua). El historiador Rafael Obregón afirma que el primer caso de cólera apareció en las filas del ejército costarricense acantonado en Rivas, cuando se reponía de la cruenta batalla del 11 de abril de 1856. El primer enfermo fue detectado por los médicos nueve días después.

Trágica odisea. Los casos se multiplicaron, por lo que, al amanecer del 24 de abril, el presidente Juan Rafael Mora se retiró hacia territorio costarricense en busca de un clima sano, pese a que aún estaba pendiente infligir más derrotas militares a las tropas filibusteras.

Los enfermos, los heridos, las municiones y los armamentos fueron trasladados hasta el puerto de San Juan del Sur, para ser embarcados. Durante la travesía, el cólera dejó una estela de muerte que obligó a lanzar los cadáveres al mar. El grueso del ejército se desbandó hacia el interior de Costa Rica, imposibilitando el abastecimiento en los depósitos de víveres establecidos en el camino.

El retorno a San José de los primeros hombres comenzó el 5 de mayo. La enfermedad se diseminó rápidamente pues los pobladores defecaban en campo abierto; luego, las lluvias diseminaban las heces y contaminaban los pozos y los ríos.

En las ciudades principales de Costa Rica, los ya enfermos del cólera buscaban la cercanía de las fuentes de agua para lavarse pues no existían las cañerías de hierro, sino simples atarjeas o canales abiertos. No eran costumbres el baño diario ni el lavado de las manos antes de las comidas.

La dieta era mala, poco digerible, abundante en alimentos feculosos y manteca de cerdo, y a menudo insuficientemente cocida. La desnutrición, muy extendida, minó la resistencia de personas de todas las edades.

Las respuestas. El médico alemán Karl Hoffman era cirujano jefe del ejército, y, mediante comunicados, formulaba instrucciones de higiene, pero estas también eran insuficientes.

En realidad, se ignoraba qué originaba la enfermedad y cómo se transmitía. Se atribuía la causa a las emanaciones de los cuerpos enfermos, a la descomposición de la materia en el suelo y a las aguas estancadas.

Hoffman recomendaba la sociabilidad, el apoyo mutuo; reclamaba que se reprimiese el miedo y que se evitasen las emociones fuertes, los pesares y los arrebatos iracundos.

Karl Hoffman pedía también que no se renunciase a los ejercicios. Consideraba imprescindible seguir una dieta “sana”, pero no recomendaba las frutas y los dulces, consejo que carecía de efectos positivos. Los médicos sabían que el cólera era una enfermedad del aparato digestivo, pero ignoraban como curarla.

La casa y la ropa debían permanecer limpias y no mojarse para evitarse los resfríos. En caso de contagio, debía recurrirse a un facultativo y suministrar al enfermo una cucharada de aguardiente alcanforado cada media hora hasta que se desvaneciera el hielo del cutis y se produjeran sudores calientes.

Los licores eran recomendados para evitar el enfriamiento del organismo. El alcanfor se utilizaba contra los malos olores. Esa instrucción resultó positiva pues tranquilizaba e hidrataba a los enfermos.

El gobierno contrató a los pocos médicos y empíricos disponibles, con investidura de “médico de pueblo”, para que brindasen asistencia y distribuyeran medicinas en forma gratuita. Un médico filibustero, capturado por las tropas costarricenses, prestó sus servicios en la villa de Liberia.

Los muertos fueron trasladados en carreta al cementerio, por presidiarios que estaban bajo los efectos del licor con el fin de calmar los miedos. Trabajaban con la instrucción de que se enterrasen rápidamente los cadáveres en fosas familiares o comunes. Los sentenciados que cumplieron con su deber y no se fugaron fueron retribuidos con la libertad.

El pueblo buscó el perdón de sus pecados, la piedad y el mejor intercesor ante Dios. En las calles se sucedieron las procesiones, y muchos rezaban a los santos para conjurar el cólera.

La rogativa que más impactó fue la dedicada al Dulce Nombre de Jesús, efectuada en la catedral de San José el 14 de junio de 1856. El obispo Anselmo Llorente y Lafuente avaló este nuevo culto, cuya devoción promovió Adolfo Calderón, mayordomo oficial.

Las consecuencias. Se calcula que falleció entre un 8% y un 10% de la población costarricense, que entonces llegaba a unas 110 mil personas. La mayoría de las víctimas habían vivido en el Valle Central. Eran adultos –especialmente mujeres– de los sectores populares pues estos vivían peor alimentados y desconocían los hábitos higiénicos; además, no siempre tenían quién los atendiese ni con qué tratarse.

Esas desventajas tuvieron un fuerte impacto sobre la tasa de fecundidad y el crecimiento de la población, lo que agudizó la escasez de mano de obra y contribuyó a elevar los jornales.

En las filas de la elite también hubo enfermos y muertos de cólera. El presidente Mora y el militar Víctor Guardia resultaron contagiados y se retiraron a sus fincas a reponerse. Entre los muertos ilustres figuraron Francisco María Oreamuno (vicepresidente en ejercicio), y el exjefe de Estado José María Alfaro y su esposa, residentes en la ciudad de Alajuela.

La epidemia reveló la necesidad gubernamental de atender los asuntos sanitarios con urgencia. Por esto, el 28 de octubre de 1857, se creó el Protomedicato de la República “con el fin de proteger la salud pública y controlar el ejercicio de la medicina”. También se fundó la Sociedad Médica, organización profesional que sería el origen de la institucionalización de la salud y de la comunidad médica nacionales.

A su vez, la Iglesia Católica se fortaleció. La mayoría de los sacerdotes se distinguieron en el auxilio a los heridos y los enfermos, y esto promovió una mayor religiosidad entre una población vulnerable e impotente.

Los “tiempos del cólera” marcaron la vida de los costarricenses, que, en cierto modo, sufrieron una guerra dentro de otra. Ganaron ambas, pero a un costo humano que nunca más repitió nuestro país.

LA AUTORA ES PROFESORA DE LA ESCUELA DE HISTORIA E INVESTIGADORA DEL CENTRO DE INVESTIGACIONES HISTÓRICAS DE AMÉRICA CENTRAL, AMBOS DE LA UCR

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