Un análisis certero de Edelberto Torres sobre el golpe en Honduras…

Las Democracias también se pudren

Edelberto Torres Rivas

El Periódico, 12 de julio de 2009

Para el que lo dude, Honduras lo prueba. Normativamente considerada, la democracia siempre será una construcción social inacabada. Es decir, está permanentemente modificándose, lo cual supone, primero, que no hay democracias plenamente consolidadas, y luego, que una democracia puede debilitarse, corromperse, envilecerse. También estancarse o retroceder, ser capturada por grupos o coaliciones incapaces de atender el cumplimiento de sus funciones esenciales. Nada de esto constituye una novedad pero resulta oportuno recordarlo con ocasión del innecesario “golpe de Estado” hondureño y de los acontecimientos que lo rodearon, antes y después, y que revelan una calidad democrática en descomposición.
Lo que quiere enfatizarse es la inevitable posibilidad de que el sistema democrático se pudra.
Esto es una manera elíptica de afirmar algo que es mejor decirlo de forma directa: el Estado democrático funciona bien si quienes lo dirigen tienen convicciones democráticas y son competentes para el complejo manejo de los asuntos públicos. En Honduras no ocurría así. Por ejemplo, el actual presidente provisional, Roberto Micheletti, tiene 30 años de reelegirse como diputado. ¿No es tiempo suficiente para desarrollar convicciones democráticas y saber cómo proceder respetando las instituciones? Honduras ha sido un país mal administrado. Casi se diría, no gobernado; ahí no hubo guerra civil y, por el contrario, gozó de un abundante apoyo norteamericano, pero el atraso socio-económico y cultural se mantiene. Ha sido como una propiedad del enclave bananero, con una élite política soñolienta que ha estado a su servicio.

Con los procesos democráticos siempre habrá oportunidades y amenazas para avanzar o retroceder; por eso se habla de transiciones y de estabilidad institucional. Son conceptos falsos, que a la postre carecen de fundamento empírico y teórico. De hecho, siempre se está en transición, pues el veredicto de la estabilidad institucional es esencialmente transitorio. Ahora suele hablarse de calidad democrática, prueba basada en la satisfacción de algunos indicadores estratégicos como libertades políticas y respeto a los derechos humanos. Véase cómo Honduras puntea en el cuadro anterior.

En Honduras, el sistema político era estable, con un largo bipartidismo tradicional, que se alternaba el gobierno en una competencia desideologizada, no polarizada por programas diferentes sino por enconos personales, por la figura de caudillos rurales, hasta hace poco casi analfabetas, que los fines de semana juegan a la pelea de gallos y duermen en hamacas. El Partido Liberal y el Nacional se han repartido todo: las instituciones y el acceso a los negocios públicos o a las dádivas del enclave bananero. Han manejado al país como una vieja hacienda ganadera, un pacto pasivo e implícito entre una oligarquía sin horizontes, en que la estabilidad es sinónimo de pasividad. Zelaya, oligarca ganadero de Olancho, incumplió el pacto cuando elevó el salario mínimo e intentó reelegirse, cuando expresó simpatías con Chávez. Todo eso puede hacerse cuando se tiene un sólido respaldo político. ¡“Mel” no tenía ni el de su propio partido!

De este golpe de Estado en un país casi sin Estado sólo puede decirse que fue una condenable acción torpe e innecesaria. No es que haya golpes inteligentes y útiles, sino que en Honduras había recursos legales para separar al Presidente del cargo, juzgarlo, castigarlo eventualmente y mantener las formalidades democráticas. Pero en este país ellas conviven con instituciones informales, con prácticas y culturas políticas que son pre y/o antidemocráticas, que ahora probaron su fuerza. El daño está hecho. No sólo para Honduras sino para la democracia centroamericana.

El domingo 28 de mayo señala el fin de un ciclo de más de 25 años de democracia electoral; probó que los militares pueden de nuevo volver, que no defienden la democracia, hacen su voluntad frente al mandato civil y hasta se exceden de nuevo reprimiendo la protesta popular.
Condenamos el golpe por lo que significa como ruptura histórica en el ámbito de la política regional, por el daño causado a la democracia que todos apoyamos, que es frágil y puede descomponerse en la región. El ejemplo es contagioso y vivimos casualmente en un momento de pandemia mortal, también contagiosa. Tenemos que mantener las convicciones democráticas y resolver los problemas con más democracia.

Guatemala, 12 de julio de 2009

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