Un abordaje crítico de las efemérides de David Díaz…


Imagen sin título

De la unión a la fiesta

Una justa decisión. El feriado nacional del 25 de julio certificó la unidad de Guanacaste y Costa Rica

David Díaz Arias

La Nación, 19 de julio de 2009

No hay cómo negarlo: el Partido de Nicoya era un territorio extraño para los pobladores del Valle Central según los diarios de los viajeros que pasaron por Guanacaste durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX. Así, de poco había servido que Guanacaste se anexase a Costa Rica en 1824.

Baste con decir que eran ridículas las vías de comunicación entre Guanacaste y el Valle Central. En 1864, el geólogo alemán Karl von Seebach se quejaba de que solamente existían dos únicas rutas seguras hacia Guanacaste.

Una consistía en navegar por el golfo de Nicoya, entrar en el río Tempisque y desembarcar en el Bebedero, las Playitas o el Bolsón si se quería ir a Las Cañas, Liberia o la parte oeste. La otra ruta consistía en hacer el viaje por tierra, por un camino mucho más molesto, a lo largo de la pendiente suroeste de la cordillera.

En los inicios del siglo XX, otros viajeros se adentraron en ese territorio siguiendo el alambre del telégrafo y quejándose de las malas condiciones de los caminos.

Por eso, en 1926, Óscar Ruiz, secretario de la Liga de Estudiantes Guanacastecos de la Escuela Normal, opinó que los gobernantes costarricenses habían tratado al pueblo guanacasteco como un territorio extranjero. Así lo escribió en un artículo publicado La Tribuna .

Cambio de actitud. Empero, esa relación entre Guanacaste y el Valle Central comenzó a variar a partir de 1910 gracias a factores políticos, económicos y culturales. En cuanto a los políticos, en los inicios del siglo XX empezó a desarrollarse una aguda competencia electoral propiciada por la ampliación de los padrones electorales y por la promulgación del voto directo (1913) y del voto secreto (1925).

Esa competencia electoral hizo que los partidos políticos nacionales emprendiesen una acelerada caza del electorado guanacasteco. En esa lucha, y a pesar de haberse ido a vivir a otras provincias, muchos candidatos por Guanacaste se presentaban como personas nacidas allí o como practicantes de las tradiciones de sus coterráneos.

Por ejemplo, tal fue el eje de la propaganda electoral de Arístides Baltodano en 1925, cuando propuso por su reelección como diputado por Guanacaste.

En cuanto al factor económico, el final de la década de 1920 marcó un cambio de actitud frente al territorio guanacasteco. El milagro lo hizo la hacienda ganadera, como lo ha probado el antropólogo estadounidense Marc Edelman.

La crisis económica de 1929 había puesto en difícil situación al país; por esto, en 1932, se aprobó una legislación proteccionista que gravó las importaciones de novillos nicaragüenses porque aquellas se habían convertido en una difícil competencia para la débil ganadería nacional. Dicha legislación estipuló un impuesto de ¢20 por cabeza de ganado flaco importado del vecino país del norte. En 1934, ese impuesto se fijó en ¢40.

Gracias a esa legislación proteccionista y a los préstamos de las Juntas Rurales de Crédito del Banco Nacional, los pequeños productores de ganado nacionales sustituyeron la importación nicaragüense de ganado flaco para engorde entre 1932 y 1950. Igualmente importante fue el cambio que se operó en la disposición de mano de obra en el sector ganadero.

Así, en los años 30 subió considerablemente la oferta de mano de obra –antes tan difícil de conseguir– para las haciendas ganaderas. Esta mayor oferta se debió a la quiebra de varias empresas madereras y mineras, y al cercado de las propiedades (lo que hacía que se necesitasen menos hombres para su cuidado).

A la vez, en Guanacaste se cambiaba el hato ganadero criollo por uno extranjero del tipo brahman ( nelore ), mientras que se introducían pastos artificiales con mayor valor nutritivo.

Hacia los inicios de la década de 1930, toda esa actividad económica hizo que Guanacaste se volviese fundamental para los intereses políticos y económicos de poderosas familias del Valle Central.

Despertar ciudadano. Hay indicios muy claros de que, en la década de 1930, la ciudadanía comenzó a ser más consciente de su papel como guardiana de la nación costarricense. En parte, este cambio se debió al afianzamiento de la educación primaria y a la idea del nacionalismo diseñada por los políticos e intelectuales liberales del siglo XIX.

Tal conciencia ciudadana también se debió al desarrollo de una visión idílica de nuestro pasado, que, por ejemplo, se vio representada en pinturas de casas de adobes y paisajes felices.

En aquellos años se difundió la idea de que Costa Rica era una “democracia rural” desde el siglo XVIII.

En ese contexto, las fiestas patrias fueron campo de presiones de diferentes grupos. Inducidos por una “fiebre conmemorativa” –en las comunidades y en las escuelas–, instituciones educativas, juntas cívicas comunales y simples ciudadanos reclamaron al Congreso que estableciese la celebración obligatoria de ciertos aniversarios, de hechos o de próceres que aquellos consideraban importantes.

Cualquier persona podía mandar una carta al Congreso para demandar la conmemoración de una fecha. Por ejemplo, en 1938, Rafael Trejos, maestro y vecino de Copal de Nicoya, pidió al Congreso que declarase fiesta nacional el 14 de noviembre de 1938 porque entonces se cumpliría el centenario de la separación definitiva de Costa Rica de la Federación Centroamericana.

Otro ejemplo es el de JoséLuis Cardona, abogado y vecino de San José, quien, en mayo de 1941, pidió al Congreso que declarara día de fiesta nacional la fecha en la que se canjearían los protocolos de límites entre Panamá y Costa Rica.

El 25 de julio. El 24 julio de 1937, la Junta de Educación del distrito de La Mansión de Nicoya acordó exigir al Congreso la declaración perpetua del 25 de julio como fiesta patria. La solicitud fue acogida por el diputado Rafael Ángel Calderón Guardia. El 3 de agosto de 1937, él remitió el pedido a la Comisión de Gobernación para que lo considerase.

El 6 de mayo de 1938, el diputado Álvaro Cubillo solicitó continuar con el trámite de esa solicitud. El 31 de mayo de 1938, la Comisión de Gobernación recomendó aprobarla con este argumento:

“La incorporación al Estado de Costa Rica de los pueblos que componían el antiguo Partido de Nicoya, es sin duda uno de los actos de mayor trascendencia cívica que se haya realizado en la vida de la República, por el gesto superior de quienes lo llevaron a cabo y por los múltiples beneficios que el país ha venido derivando de aquella incorporación”.

Por fin, el decreto n.° 37, del 25 de julio de 1938, declaró fiesta nacional el 25 de julio. El artículo 1.º de dicha norma expresó la necesidad de declarar día de fiesta escolar nacional el 25 de julio “como justo reconocimiento del país a los pueblos del antiguo Partido de Nicoya, en la fecha de su incorporación al Estado de Costa Rica”.

Aún así, esta celebración debió esperar hasta después de 1948 para que se convirtiese en un día feriado y de fiesta nacional. Así, el Ministerio de Educación Pública la incluyó en el calendario de fiestas nacionales en marzo de 1949. A partir de entonces se ha celebrado todos los años.

EL AUTOR ES PROFESOR DE HISTORIA EN LA UCR

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: