Escuela y Nación en Costa Rica

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Costa Rica va a la escuela

Índice revelador. La expansión de la escuela primaria a en el siglo XIX es señal clave de nuestra historia.

Iván Molina Jiménez

La Nación, 23 de agosto de 2009

El viajero inglés John Hale, quien visitó Costa Rica en 1825, destacó que, entre algunos de sus habitantes, había un “gran deseo de poseer una imprenta y de establecer un periódico. En la actualidad se ven obligados a enviar a San Salvador (un viaje de tres o cuatro semanas) aún sus leyes para que allí las impriman”.

Aunque la introducción de la imprenta debió esperar hasta 1830, lo señalado por Hale evidencia que, en una época tan temprana, había ya un claro interés de la sociedad civil y del Estado por producir materiales impresos localmente. ¿Existía un mínimo de población alfabetizada que respondiese a una oferta cultural de esa índole?

Hasta ahora, quienes han investigado la educación costarricense a finales del siglo XVIII e inicios del XIX han tendido a insistir en los límites de las experiencias escolares correspondientes a ese período. Sin embargo, una reconsideración de los datos disponibles y su comparación con otros casos hispanoamericanos permiten vislumbrar algunos logros importantes.

La primera expansión. Poco es lo que se conoce sobre la educación colonial. Al parecer, entre las últimas décadas del siglo XVI y 1750, solo hubo escuela en la capital provincial (Cartago), aunque no siempre estuvo abierta. Por esto, en algunas ocasiones, los padres de familia acomodados debieron con-tratar tutores particulares para sus hijos.

Esta situación cambió después de 1750, cuando se intensificaron los procesos de colonización agrícola campesina en el oeste del Valle Central y se consolidaron las ciudades de San José, Alajuela y Heredia. En este contexto, fueron abiertas, por lo menos, seis escuelas nuevas: una en cada una de esas poblaciones, además de una en Esparza, una en Nicoya y otra más en Cartago (en La Puebla).

Dicha apertura estuvo relacionada con las llamadas reformas borbónicas, que consistieron en una serie de cambios institucionales impulsados por la Corona española para reafirmar su poder sobre sus dominios de ultramar. En su dimensión cultural, tales reformas, influidas por las versiones menos radicales de la Ilustración, promovían la creación de escuelas de primeras letras.

La expansión escolar iniciada luego de 1750 adquirió un nuevo ímpetu con la Constitución de Cádiz (1812), que fomentó la creación de municipios electivos (hasta entonces, los puestos edilicios eran venales). Se responsabilizó a los municipios por la educación básica.

Entre 1813 y 1814, Costa Rica tenía una población de unas 50.000 personas. En ese bienio, fueron abiertas, como mínimo, 14 escuelas; no obstante, es probable que el total de establecimientos escolares superase la veintena y que el número de estudiantes ascendiera a entre 300 y 500 niños.

Tales escuelas adolecían de muchas deficiencias, tanto en infraestructura y materiales como en la preparación de los maestros, ya que no todos estaban al nivel de Juan Mora Fernández (el primer jefe de Estado de Costa Rica), quien se había formado en León de Nicaragua.

Además, la enseñanza, que combinaba memorización con castigo físico, se concentraba en que los estudiantes aprendieran a leer, escribir, contar y rezar.

Contrastes. Pese a lo anterior, una comparación con varias de las principales ciudades hispanoamericanas, que tenían una población similar a la de Costa Rica, es útil para identificar algunos de los tempranos logros educativos costarricenses. En 1813, Santiago de Chile, en la que residían unas 50.000 personas, disponía apenas de 7 escuelas, las cuales atendían a 664 alumnos.

En ese mismo año, Guanajuato, ligeramente más poblada, contaba con 6 escuelas y 500 escolares de ambos sexos. En 1815, Buenos Aires, cuyo total de habitantes era parecido al de su contraparte chilena, contaba con 13 escuelas elementales, en las que se preparaban 1.200 estudiantes.

Tras la independencia de España en 1821, la expansión escolar costarricense se intensificó. En 1827, había unas 50 escuelas, a las que asistían más de 2.000 niños (de las niñas no se tiene información). Dichos estudiantes representaban el 4 % de la población total de Costa Rica. Esta proporción era: casi similar a la de la ciudad de Puebla en 1845, inferior a la de las ciudades de Buenos Aires en 1824 (5,9%) y México en 1838 (5,7%) y superior a las de Montevideo en 1846 (3,9%) y Valparaíso en 1856 (1,9%).

El impacto de esta primera expansión escolar en los niveles de alfabetismo es difícil de precisar; pero pueden identificarse varias tendencias a partir de un análisis de la capacidad de firmar (la firma es un indicador de algún nivel de proximidad con la cultura escrita).

De una muestra de varones nacidos en el Valle Central entre 1770 y 1779, llegó a saber firmar el 16%. Esta proporción se elevó a 42% en una muestra de los nacidos entre 1810 y 1819. Tal diferencia puede explicarse porque los primeros alcanzaron la edad para ir a la escuela durante la etapa inicial de la expansión escolar impulsada por las polí-ticas borbónicas. En cambio, los segundos llegaron a esa edad cuando esa expansión ya se había intensificado tras la independencia.

Con respecto a las mujeres, el logro fue mucho más limitado. De una muestra de las nacidas en el Valle Central entre 1800 y 1809, llegó a saber firmar el 2,9%, proporción que ascendió a 7,5% en una muestra de las nacidas entre 1810 y 1819. De nuevo, mientras las primeras alcanzaron la edad escolar en el marco de la expansión escolar promovida por la experiencia gaditana, las segundas lo hicieron durante la intensificación de esa expansión, luego de 1821.

Retroceso. Sin embargo, estos logros se deterioraron rápidamente y la cobertura escolar lograda en 1827 solo se recuperaría medio siglo después, entre fines de la década de 1870 y comienzos de la de 1880.

Tres fueron las razones principales del deterioro. La primera consistió en que la colonización agrícola campesina, estimulada por la expansión del café a partir de 1830, alejó cada vez más a amplios sectores de la población de la infraestructura escolar disponible. Esto fue agravado por la dificultades experimentadas por las municipalidades para responder a las nuevas demandas por servicios públicos de las áreas recientemente colonizadas.

En segundo lugar, y para complicar todavía más la situación anterior, durante buena parte del período que se extiende hasta 1876, solo hubo municipalidades en los cantones centrales de cada provincia.

Este limitante, en un sistema educativo de base municipal, se tradujo en menos oportunidades educativas para los otros cantones y, en particular, para las áreas de más reciente colonización.

Finalmente, después de 1830, en el marco de las nuevas demandas generadas por la economía cafetalera, la inversión educativa se rezagó en relación con el crecimiento demográfico. Entre las décadas de 1820 y 1850 el total de habitantes aumentó en un 67%, mientras que el número de escuelas lo hizo apenas en un 24%.

A pesar del retroceso indicado, los avances logrados por la alfabetización entre finales del siglo XVIII e inicios del XIX sentaron la base para que la cultura impresa se expandiera. En efecto, entre 1830 y 1849 circuló en Costa Rica casi una veintena de periódicos, más de cien libros y folletos fueron publicados y se incrementó y diversificó la importación de libros. El deseo que documentó Hale en 1825 había dado paso a una nueva actividad económica y cultural que, en un futuro próximo, sería el eje de una incipiente esfera pública.

EL AUTOR ES HISTORIADOR Y MIEMBRO DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN IDENTIDAD Y CULTURA LATINOAMERICANAS DE LA UCR.

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