Interesante entrevista al colega Sergio Tischler Visquerra

Una vida para explicarse lo sucedido

El escritor e investigador Sergio Tischler habla de su vida y del porqué de su reciente propuesta.

REVISTA D – Prensa Libre, 19 de Julio de 2010

Por ANA MARTÍNEZ DE ZÁRATE

Sergio Tischler ha tenido una vida difícil. Su padre, Rafael, secretario general del Sindicato de Trabajadores de Educación en la época de Jacobo Árbenz, tuvo que huir con su familia a México, tras la Contrarrevolución quiso regresar, en la clandestinidad, pero fue asesinado. Sergio apenas tenía 14 años. Sin embargo, quedaban muchos años de pesadilla. “A mi madre la metieron presa cinco meses, y estuvo dos semanas desaparecida”, cuenta. Fue en ese momento cuando, con 17 años, huyó a Moscú, donde pasó unos seis años estudiando Historia. Intentó volver a finales de los años 1970, pero la situación seguía siendo muy peligrosa para él. Por eso prefirió instalarse en México, donde reside desde entonces con su esposa y su hijo, con un objetivo claro: investigar el movimiento revolucionario en Guatemala. Hoy se encuentra en el país, al que viaja en forma asidua, esta vez para presentar su reciente libro Imagen y dialéctica. Mario Payeras y los interiores de una constelación revolucionaria.

¿Cómo le afectó la muerte de su padre?

A mí lo que me gustaba era la biología. Las ciencias sociales no me llamaban mucho la atención, pero a partir de la muerte de mi padre, cuando tenía 14 años, me empecé a interesar por estas cuestiones de carácter social. Quería entender qué había pasado y entenderme un poco a mí también. Estaba muy vinculado a mi padre.

¿Perteneció a la Juventud Comunista?

A partir de este hecho comencé a participar en movimientos estudiantiles de secundaria. Pertenecí a la Juventud Patriótica del Trabajo, donde trabajaba en cuestiones de propaganda y educación, que era leer materiales del partido y explicar esos documentos. Pero, además, tenía una inquietud desde chico, era una inquietud por cierta autenticidad. Necesitaba saber qué estaba haciendo, porque estaba metido en una corriente histórica siguiendo los pasos de mi padre, pero sin una conciencia suficientemente clara de qué estaba haciendo.

Básicamente usted decide investigar todo el proceso revolucionario.

Mi padre era una persona con características prácticas. Quería diferenciarme un poquito de él, por eso comencé a interesarme por el carácter teórico e intelectual. En 1971 tuve problemas más serios de seguridad. A mi madre la metieron presa cinco meses, y estuvo dos semanas desaparecida, y entonces me tuve que ir del país. Me fui a Moscú, como era la costumbre, a estudiar Historia, y regresé en 1978. Me sacaron, porque la situación estaba muy fea acá, pero cuando regresé estaba peor, en el sentido de seguridad. Comencé a trabajar en la Universidad de San Carlos, en Historia y Economía; pero estaban matando a un montón de catedráticos, muchísimos. Por eso decidí irme de nuevo del país, a México. Salí a tiempo.

¿Cómo fue la experiencia en la ex URSS? ¿Sus creencias se asentaron?

Fue un fenómeno muy contradictorio. Antes de ir tenía una imagen idealizada, pero ya me habían contado que existían problemas en el sistema. Eso me ayudó a afrontar la situación, y después traté de ir pensando las cuestiones que para mí no funcionaban y por qué. El problema del socialismo fundamentalmente era el centralismo democrático, que era asfixiante para cualquier vida libre. La cotidianidad, en general, estaba estancada, muerta. Este proceso del 89 no me agarró dormido, sino que era una cuestión que estaba ahí. Había crisis.

¿Cuánto tiempo estuvo?

Seis años. Incluso me ofrecieron hacer un doctorado, pero dije que no me interesaba, porque sabía que iba a ser lo mismo, y es que la vida estaba estancada. No había oportunidad de debate, no existía un espacio de reflexión crítica. Para completar la bibliografía de la carrera lo hacíamos con material que traía gente de México o también con obras que tenían los hijos de los refugiados españoles. Eso era una ventana que oxigenaba.

¿Seguía al tanto de Guatemala?

Estaba organizado con un grupo de personas que habían huido de Guatemala como yo. Muchos eran mis amigos de la juventud comunista. El hecho de estar en Moscú y sacar la carrera era una especie de compromiso político. Debíamos regresar para difundir esos conocimientos. Esta situación de estudiar en Moscú, mucha gente de la organización no estaba de acuerdo, porque era una situación de privilegio. Me lo ofrecieron porque se pensaba que corría riesgo, pero también mucha gente que corría riesgo se quedó. Lo acepté porque a mi edad no tenía condiciones de asimilar esa situación de represión. Decidieron darme un poco de tiempo y espacio para que me encontrara.

¿Su familia lo apoyó?

Mi madre, un poco; siempre sufrió mucho. Había un poco de apoyo en cuanto a protección, pero no en el apoyo de estar conmigo en estas cosas. Hubiera preferido que me dedicara a cualquier otra cosa. Realmente ha sido un poco difícil, porque se quiebra el vínculo con tus familiares. Salí muy joven, con 17 años, y regresé a los 23, pero al año me tuve que ir otra vez. La reconstrucción de la relación con mis familiares ha sido complicada, porque ha habido cuestiones no dichas que implican historias no resueltas. Ahora nos llevamos bastante bien, porque hemos podido platicar algunas cosas; lo cual nos ha abierto la posibilidad de una relación más flexible. Mi madre vivió una vida muy dura desde que conoció a mi padre: exilio, luego venir acá, la persecución de mi padre. Por eso no comulgaba con que él tuviera un puesto de ese tipo en Guatemala, por el riesgo que implicaba. Es una cuestión que aún está y que ya trabajé en psicoanálisis (risas).

Luego de la ex URSS regresó a Guatemala, pero solo un año, ¿por qué se fue después a México?

Tenía las ganas de estudiar una maestría en Flacso, porque el director, René Zavaleta Mercado, era un sociólogo boliviano muy importante para el pensamiento crítico latinoamericano. Había leído textos suyos y me impresionaron, y lo que quería era estudiar con él o por lo menos estar cerca de él. Entonces me fui en los 80 otra vez solo. Ingresé en esta maestría de sociología en Flacso y estudié con él.

Pero luego cambió rumbo a Puebla. ¿Por qué no se quedó en el DF?

La Universidad de Puebla estaba controlada por la izquierda en esa época y llegó mucha gente exiliada. El ambiente era muy interesante, porque había un grupo de guatemaltecos como Severo Martínez Peláez, el padre de la historia marxista crítica de acá, Carlos Figueroa y varios más. También, muchos latinoamericanos que habían huido de sus dictaduras.

Se me acababa la beca y necesitaba algo para sobrevivir. Al principio pensé en el DF, pero ya la situación para quedarse era complicada, porque no había tanto trabajo. Por otro lado, me gané una plaza en Puebla. En ese momento había bastantes plazas a concurso. Conseguí el trabajo y me fui quedando ahí poco a poco. Pensé que iba a ser temporal, mientras conseguía en otro lado, aunque ya no busqué mucho, porque encontré un lugar que me permitía hacer ciertas cosas.

¿Se siente más mexicano o guatemalteco?

La cuestión guatemalteca es muy importante para mí, por eso es que estoy aquí y vengo cada poco tiempo. Gran parte de lo que yo escribo es sobre la experiencia de Guatemala, aunque también he escrito sobre el zapatismo y otros movimientos generales en Latinoamérica, pero realmente la experiencia guatemalteca me marcó. Me siento más guatemalteco. No tengo ese dilema de preguntarme: “¿Qué soy yo?”. Pero también me siento parte de México. Mi corazón está más por acá, pero también está rompiendo fronteras. Estoy muy emocionalmente ligado al movimiento zapatista. Muchas de las reflexiones que hago tienen que ver con lo que yo denomino la iluminación zapatista. Siento que en ese sentido podía ser muy tzotzil, soy una mezcla.

¿Por qué eligió la figura de Mario Payeras para escribir su libro reciente Imagen y dialéctica. Mario Payeras y los interiores de una constelación revolucionaria?

No hay un testimonio tan importante como los textos de Payeras, porque vienen desde el movimiento revolucionario mismo y a partir de la experiencia casi inmediata. No son iguales los testimonios que aparecieron después de los acuerdos de paz. Estoy seducido por la obra. Hay cuestiones de análisis político de las que discrepo, pero siempre he seguido sus obras en término de los testimonios, porque me parecen que traducen ese momento, esa subjetividad, que comúnmente no aparecen en los relatos de después. Esta es la riqueza de Payeras.

¿Por qué cree que falló el movimiento revolucionario en Guatemala?

En mi opinión, hubo varias cuestiones. La guerra revolucionaria descuidó aspectos muy importantes, como todo lo urbano. Pero todo esto hay que estudiarlo muy cuidadosamente. Últimamente hay estudios que sostienen otras teorías. Por ejemplo, también se dice que una de las causas de esta derrota fue porque no se entendió muy bien el carácter de la resistencia indígena por parte de las organizaciones político militares. Hubo una separación entre ambos movimientos. Primero fue un matrimonio, pero no hubo una completa comunicación entre los dos.

Lo que está claro es que hubo deficiencias en cuanto a estrategias. El mismo Payeras lo dijo.

¿Qué similitudes y qué diferencias tiene la resistencia de Guatemala con la de Chiapas?

La similitud es que estas resistencias tienen que ver con la incorporación del campesinado indígena al movimiento con la dimensión de la comunidad como protagonista de la lucha. Sin embargo, en el caso de Chiapas, la guerrilla no dirige a las poblaciones indígenas, sino que es el ejército de las comunidades. Eso es muy diferente. Además, en Chiapas han roto con la mala tradición comunitaria, ya que había mucho alcoholismo, machismo… Por ejemplo, hay una ley de mujeres. Una vez Marcos dijo a los periodistas: “Ahora vamos a enseñar nuestra arma secreta”. Y apareció una mujer muy bajita con un pasamontañas, y dijo: “Esta es nuestra arma secreta”. Quería transmitir que la fuerza de los zapatistas estaba en las mujeres. En Guatemala no se ha planteado algo parecido. No se puede proyectar un cambio social si no cambia uno primero.

¿Cómo ve Guatemala ahora?

La actualidad de Guatemala me parece un desastre, aunque la de México también (risas).

Lo que noto aquí es que esta descomposición en parte es causa de la ausencia de un movimiento social poderoso autónomo, que plantee una reforma política ética moral que vaya más allá de los acuerdos de paz. Estos acuerdos no trajeron paz. No se ha democratizado más el país, no ha habido cambios. Las élites controlan los mecanismos de poder, aunque haya conflictos entre ellas, pero la presencia de lo popular como fuerza no aparece. Veo resistencias más profundas en comunidades del occidente del país que están en contra de proyectos mineros e hidroeléctricos. Esta fuerza ha recuperado el concepto de comunidad como sujeto de resistencia. Es una esperanza.

Biografía

Nació en Ciudad de Guatemala, en 1954.

Es coordinador del seminario Subjetividad y Teoría Crítica del posgrado de Sociología del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades Alfonso Vélez Pliego, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, en Mèxico.

Es autor de los libros Memoria, tiempo y sujeto (2005) y Guatemala 1944: crisis y revolución. Ocaso y quiebre de una forma estatal (2001).

Además, es coordinador, con W. Bonefeld, del libro A 100 años del ¿Qué hacer? Leninismo, crítica marxista y la cuestión de la revolución hoy, junto con John Holloway y Alberto Bonnet, del libro Marxismo abierto, dos volúmenes y de Zapatismo, subjetividades emergente y teoría social, con J. Holloway y F. Matamoros.

También participó en la coordinación del libro Negatividad y Revolución. Theodor W. Adorno y la política (2007).

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