Entrevista al colega Juan Antonio Valdez, investigador del IIHAA.

Amante de la cultura maya

Para este arqueólogo, en el país hace falta mayor interés por conocer sobre nuestra civilización prehispánica, ya que si comprendiéramos el pasado, estaríamos preparados para afrontar el futuro.

Por JULIETA SANDOVAL

Fotos CARLOS SEBASTIÁN

Revista D.  Prensa Libre, 10 de octubre de 2010

Al hablar con este profesional se conoce mucho de los mayas, pues es amante de esa cultura. Gusta de los opuestos, aunque su especialidad es la ciencia que estudia la antigüedad, tiene un interés especial por el futuro. “Debemos saber de dónde venimos y hacia dónde vamos”, asegura. Esto ha hecho que sea un fanático de filmes futuristas como La Guerra de las Galaxias, y sus personajes favoritos son R2D2 y la princesa Lea. Además, prefiere el clima frío de su natal Alta Verapaz, pero toleró las altas temperaturas de Petén, del cual recuerda aquel manto verde de vegetación.

Debió elegir entre la arquitectura y la arqueología, las dos especialidades que le llamaban la atención. Se decidió por la segunda, y no se arrepiente. Su conocimiento sobre la civilización maya lo ha llevado a viajar a muchas partes. Estados Unidos, Francia, España, Japón, China, son algunos lugares, pues, dice: “Si hay que hablar de los mayas, allí estoy yo”.

Ahora prepara un catálogo llamado Los Mayas en Kaminaljuyú, del Museo Miraflores, de donde es director. Este documento tiene más de 50 fotografías. “Espero que sea un libro de mesa, que esté en la sala, para leerlo y aprender más de nuestros antepasados”, indica.

De todas las piezas que están en el Museo, ¿tiene alguna favorita?

Es difícil elegir alguna en particular, pues tienen diferentes características. Nunca hablaré del valor monetario, sino cultural. Una importante es la máscara de jade, por el trabajo que tiene, formada por varias piezas como mosaicos. A pesar de que es una piedra dura, ellos la moldeaban.

Hay otras piezas que son más sencillas, pero más antiguas, por lo que su valor es el tiempo. Por ejemplo, una vajilla completa, 600 años antes de Cristo, con diseño y decoración, con picheles, platos y todo, en blanco, como si los mayas hubieran dicho vamos a comprar a la tienda.

¿Desde cuándo dirige el Museo Miraflores?

Desde sus inicios. Empecé como director del proyecto arqueológico Miraflores, patrocinado por los propietarios del terreno. Se hizo lo que dice la Ley del Patrimonio Cultural; excavar e investigar antes de hacer una construcción.

Los trabajos se hicieron entre 1994 y 1996. El equipo lo formaron estudiantes y profesionales de las universidades de San Carlos y del Valle. Además, vinieron especialistas internacionales, más de cien obreros de Pachalum, Quiché, y dos restauradores.

Al visitar un museo, muchas personas piensan que el arqueólogo solo abre un hoyo y encuentra las vasijas así como las miran en las vitrinas; eso sería maravilloso, pero no es la realidad, pues están quebradas en mil pedazos, y tenemos que invertir muchos recursos en pegarlas; para eso hay especialistas.

Logramos restaurar alrededor de 150 vasijas. Entonces pensamos qué hacer. Según la Ley, hay que entregarlas al Museo Nacional de Arqueología, pero allí se irían a la bodega, no serían exhibidas; quizá algunas. Logramos que los propietarios del terreno se interesaran en construir un museo. El único de Kaminaljuyú, dedicado a la ciudad más importante del altiplano de Guatemala, con una gran riqueza. Se llegó a un acuerdo con las autoridades del Ministerio de Cultura y apoyaron el proyecto. En el 2000 se colocó la primera piedra, y en octubre del 2002 se terminó.

Yo supervisé el trabajo, no quería cualquier edificio, algo que compitiera con los montículos de los alrededores; que la arquitectura moderna no opacara la ancestral.

Cuando usted estudió arqueología, ¿ya la impartían en la Universidad de San Carlos de Guatemala?

Sí. Tuve la suerte que al empezar mis estudios se creó la carrera. Antes solo existía la de Historia. Iba a estudiar eso primero y después me iría al extranjero a estudiar Arqueología, aunque no sabía cómo, pues no tenía ni un centavo.

Iba en el segundo año de Historia cuando hubo un movimiento estudiantil que creó la carrera de Arqueología. Entonces hice las equivalencias y me cambié.

En esos años de universidad sucedió el terremoto de 1976. La San Carlos tomó un papel importante en ayudar a los damnificados. Nosotros nos dedicamos a proteger el Patrimonio Cultural. En la Escuela se gradúan historiadores, arqueólogos y antropólogos. En grupos fuimos a los pueblos a documentar y rescatar riquezas de la iglesia Católica. Fue una gran formación académica, tomamos cursos especiales de Historia del Arte, Arte Guatemalteco, platería, imaginería; todo lo que termina en ía.

Teníamos que documentar todo; en qué estado se encontraba, qué santo había; a algunos los sacamos de las iglesias para que no se terminaran de destruir, por las réplicas de sismos que hubo. Además, recuperamos fragmentos de madera, altares, cruces de atrio, campanas y hasta fachadas de iglesias. Se entregó a cada iglesia para que tuviera su récord completo.

En este periodo se perdió bastante de esa riqueza, en especial la colonial. Muchos casos no estaban documentados. La Iglesia no tenía registros bien hechos.

¿Qué lo llevó a estudiar Arqueología?

Siempre me gustó el pasado. Aunque es un poco curioso, ya que me atraen los opuestos: el pasado y el futuro. Por eso soy un cinéfilo de las películas del futuro, todo lo de La Guerra de las Galaxias, de naves interplanetarias, otros universos.

Creo que es la búsqueda del origen, de dónde venimos y hacia dónde va la Humanidad. No podemos ser estáticos; como nací aquí, muero aquí también, sin preguntarme quién soy. Esos cambios se mira en otras culturas y se compara, pues todas han pasado por procesos similares para desarrollarse.

Eso fue lo que me condujo hace unos años a la Arqueología. En ese entonces era más oscuro; ahora hay más profesionales, más información. Hace 30 años no existía ni el fax; los cambios han sido bruscos; mi generación creció con la máquina de escribir, y pensamos que era la gran tecnología; ahora hay videoconferencias y más.

Usted fue uno de los primeros arqueólogos graduados en Guatemala. ¿Cómo era en aquel entonces hacer excavaciones, en especial en Petén?

El mismo día nos graduamos dos arqueólogos, y fuimos los primeros de la San Carlos; eso fue en 1979.

En ese tiempo era caótico. Petén era bastante desconocido, no había carretera asfaltada, nuestra comunicación la hacíamos a través de Aviateca, unos aviones bastante viejos, dedicados a sacar carga de los campamentos chicleros y de llevar turismo a Tikal, cuando había. Hubo una época de crisis, en los años 1980, por lo que no se miró un turista en más de 15 días. Entonces no llegaba el avión; quedábamos incomunicados.

Para llegar a Tikal había un camino de tierra, pero pasaba por un área pantanosa, y no importaba si era verano o invierno; el vehículo se quedaba atascado, en todo lo demás no había nada, era una vegetación increíblemente bella, el manto verde de Petén.

Había ríos con cocodrilos y tortugas que se veían flotar; muchas ceibas. Se vivía todo lo que escribió Virgilio Rodríguez Macal cuando mencionaba que se escuchaba a los jaguares. Eso hacía que no fuera angustiante estar allí. Al principio costaba, pero uno se adapta; el hombre tiene esa facultad.

Además, era mi trabajo y he hecho algo que realmente me gusta, por eso no se siente pesado; lo es cuando algo no satisface, aunque se haga bien.

Estar allí era interesante, aunque incómodo, por la comida, las condiciones climáticas. A mí nunca me gustó el calor, y tenía que trabajar a 40 grados de temperatura; sudaba todo el día, pero esas eran cosas pequeñas, pues me realizaba, me permitía ser yo.

Después de haber conocido ese Petén de Virgilio Rodríguez Macal, ¿qué siente cuando lo mira en la actualidad?

Me da tristeza. Y no es solo por no querer que se boten árboles, es porque se está destruyendo y no hacemos nada, ni los pobladores ni las autoridades. Se le mira todavía como que está muy lejos. Algunos salen diciendo que defienden Petén, pero no sé de qué.

Me da angustia que no cambia nada. A pesar de eso, Petén sigue siendo una maravilla, algo misterioso y distinto. Es un punto donde se ha reunido población de diferentes partes del país, y algunos de México.

¿Cómo es ser arqueólogo en un país donde hay tanta riqueza para descubrir, pero con tanta limitación para trabajar?

Es difícil, porque no hay un apoyo del Estado, un interés real para ampliar la cobertura, investigar y restaurar. Tenemos la parte más rica que existe sobre el pasado maya. Estos se originaron en este país, en Petén, y de ahí se convirtieron en una gran civilización y exportaron todas las ideas, como el uso del calendario, la tecnología, el arte, sistemas de gobierno. Son ellos los que aplicaron su experiencia y se replicó en otros lugares.

Deberíamos conocer bien el pasado de nuestro país, para enorgullecernos de donde estamos, quiénes somos y de dónde venimos. Al contrario, nos da vergüenza; queremos ser guatemaltecos pero sin tener mezcla de sangre indígena. Creo que todas las culturas del mundo son mezclas, no hay raza pura; esa es la riqueza de un país.

Podríamos aprovechar nuestra riqueza cultural, decir vengo de un pasado fuerte del cual me enorgullezco.

Creo que la arqueología tiene que tener dentro de unos años más oportunidades de las que tiene en la actualidad.

Larga trayectoria

Fue director del Patrimonio Cultural de Guatemala, durante el gobierno de Álvaro Arzú.

Codirector del Proyecto Petexbatún. También trabajó en los sitios arqueológicos de Dos Pilas, Tamarindito, Aguateca, junto a Arthur Demarest.

Adermás, en Tikal, Uaxactún, del cual fue director, y Copán, Honduras.

Obtuvo un doctorado de Arqueología en Francia. Durante los cuatro años, de los estudios estuvo en París y Petén, para hacer prácticas y preparar material para su tesis. Se graduó a finales de 1983.

Se ha dedicado a la docencia universitaria desde 1986. Forma parte del equipo de investigación de la Usac.

Ha escrito artículos y libros de investigaciones arqueológicas.

El Inguat lo nombró embajador de turismo en 1994, por lo que ha visitado varios países dando conferencias.

Nació en San Cristóbal Verapaz, Alta Verapaz, algo que lo enorgullece, y de donde tuvo que salir para continuar sus estudios de bachillerato, pues en aquel entonces solo se impartía magisterio. “A mí no me interesaba ser profesor, quien iba a decir que terminé siendo uno de la universidad”, dice.

La entrega del catálogo Los Mayas de Kaminaljuyú, del Museo de Miraflores, editado por Fundación G&T Continental, será a finales de octubre.

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