Interesante reseña del libro de la colega Rina Villars sobre Juan Pablo Wainwright, escrita por el colega Marvin Barahona.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Pablo Wainwright, el rebelde solitario

Marvin Barahona

La Tribuna, 26 de diciembre de 2010

El rebelde es casi siempre un solitario, escribió Octavio Paz en 1993, refiriéndose al escritor argelino-francés Albert Camus¹, autor de la biografía genérica del hombre rebelde². Sin embargo, Camus, como ahora podemos decir también del revolucionario hondureño Juan Pablo Wainwright Nuila, era “… un solitario que busca la comunión: Un solitario-solidario”³. Esta solidaridad le costó la vida a Juan Pablo que, solitario y altivo, enfrentó el pelotón de fusilamiento en la Guatemala de Ubico, en febrero de 1932. Así, hizo su entrada triunfal en la historia, de la mano de una injusticia y del brazo de multitudes imaginarias de trabajadores explotados y humillados, a las que él pensaba redimir. No las redimió en vida, pero con su muerte las colocó en la primera fila de la memoria colectiva de los movimientos sociales y populares de su país.

De la injusticia de su muerte, de las multitudes humilladas bajo el sol de los trópicos y la sombra de las plantaciones bananeras, de redención y revolución, de muerte y opresión, de utopía y realidad, de ingenuidad y perspicacia, de rebeldía y compromiso, de impunidad y justicia, de aventura y audacia, de pureza y honestidad, de amores profundos e insatisfechos, de capitalismo y socialismo, nos habla este laborioso libro de Rina Villars a través de la biografía de un hombre que sintió, pensó y murió agitando la trama de la historia de su tiempo.

El escenario es inmejorable para este propósito: La década de 1920 y los primeros años de la década de 1930, época de turbulencias y pactos fundacionales, como el estremecimiento que produjo la guerra civil de 1924 y la alianza que garantizó la alternabilidad en el poder de los partidos Liberal y Nacional para asegurar la estabilidad política de Honduras. Época también de insurrecciones y levantamientos populares, como la sublevación de los campesinos e indígenas de El Salvador en enero de 1932 y las grandes huelgas de los trabajadores bananeros del norte de Honduras en el mismo año. Escenario de gobiernos timoratos como el de Miguel Paz Baraona (1925-1928) y de dictaduras en el vecindario centroamericano al iniciarse el decenio de 1930, como la de Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador, de los Somoza en Nicaragua y Ubico en Guatemala, a las que se sumó la de Tiburcio Carías Andino en Honduras. Los años treinta plantearon, con singular agudeza, la bifurcación del rumbo político de Centroamérica entre revolución y dictadura, o entre un nacionalismo reaccionario y un antiimperialismo revolucionario. Y cualquiera que perdiera dejaría rondar su fantasma por toda la región, más allá de su tiempo y horizonte político.

Pero el hecho más relevante para Honduras en esa época fue el nacimiento de la clase obrera asalariada moderna y el dinamismo que alcanzó su protagonismo como actor social en la construcción de la costa norte, la entidad territorial que encarnaba los conceptos de modernidad y progreso. Bajo el estímulo del capitalismo, la costa norte se convirtió en tierra de promisión y, como toda tierra prometida, atrajo a miles de personas desde los rincones más remotos de Honduras, de centroamericanos y caribeños, hasta pequeños contingentes de estadounidenses, ingleses, palestinos, libaneses, judíos y otras minorías de Europa y Asia.

Las plantaciones bananeras fueron el resorte que disparó el mundo de los negocios en esta región, pero no eran lo más novedoso, porque el banano ya era conocido en la costa caribeña de Honduras. Lo desconocido eran la plantación capitalista extensiva y su régimen salarial, la disciplina laboral planificada y vigilada por capataces implacables. El sueño de ver a Honduras atada al carro de la modernidad industrializada se vio colmado con el arribo de ferrocarriles, barcos, aviones y automóviles que con sus estaciones, puertos y campos de aterrizaje comenzaron a cambiar el rostro del Caribe somnoliento.

Lo que para unos era progreso y revolución, para otros representaba la irrupción de un elemento extraño en un medio en el que antes gobernaban la naturaleza virgen y un Estado débil, casi ausente en sus dominios tropicales. Los comunistas estaban entre éstos y pensaban que las compañías bananeras eran el “caballo de Troya” del “imperialismo yanqui”, que las plantaciones bananeras eran un reducto de la explotación capitalista. Los campos de trabajo quedaron así estigmatizados como campos de concentración en los que había de todo, menos libertad, derecho y justicia.

Así es como el liberalismo del Estado hondureño y las compañías bananeras de Estados Unidos, que representaban el capitalismo de la época, llegarían a enfrentarse con el comunismo promovido por la Rusia soviética y la Tercera Internacional. En el lugar al que John Donovan llamó “the original banana republic”?, liberales y capitalistas querían construir una economía industrializada de plantación extensa, sin reconocer los derechos individuales y colectivos de sus trabajadores. Y, en el mismo lugar, socialistas y comunistas reivindicaban los derechos de la clase trabajadora, en nombre de una revolución que los liberaría de la explotación capitalista, para establecer una república socialista soviética.

Ambas repúblicas, la capitalista y la socialista, eran una caricatura de sí mismas, pintadas con los espejismos que los trópicos incubaban en la imaginación. No obstante, ambas existían a su manera; una en la realidad cotidiana que se construía en las plantaciones, ciudades y puertos, y otra en la imaginación política y la fantasía febril de un puñado de hombres y mujeres que se negaban a aceptar que el único destino posible de los trabajadores fuese la explotación económica y la injusticia social. Así fue naciendo el escenario en el que, hacia 1928, aparecería Juan Pablo Wainwright, la legendaria figura de los comunistas hondureños y uno de los más destacados agentes del poder soviético en Centroamérica.

Sin embargo, los hombres y las mujeres que propagaban el socialismo no fueron comunistas desde la cuna; previamente, aunque por poco tiempo, pertenecieron a los partidos Liberal y Nacional, motivados por su voluntad de participar en la política nacional. La guerra civil de 1924, por ejemplo, encontró a Manuel Cálix Herrera enrolado en las filas del Partido Nacional, en las huestes del general Carías en su natal Olancho; y, pocos años más tarde, Wainwright colaboraba en la movilización de votantes liberales en la periferia de San Pedro Sula.

La conciencia política de Cálix Herrera y Wainwright Nuila no salió indemne de esa experiencia; la breve participación en los partidos tradicionales fue para ellos un revulsivo que los disuadió de seguir por la misma senda por la que habían transitado miles de hondureños en su afán de ejercer sus derechos ciudadanos. El haber descubierto, siendo aún jóvenes, que su país era gobernado por un puñado de caudillos ambiciosos y dos partidos mediocres y corruptos, siempre dispuestos a venderse al mejor postor, los alejó del bipartidismo gobernante. Hacia 1927, un rayo de luz atravesaba la conciencia política de Manuel y Juan Pablo, aclarándoles el turbio panorama político y mostrándoles un nuevo camino y una nueva fidelidad.

Así lo confesó Cálix Herrera en 1927, al afirmar que: “Entramos a la arena del debate y del combate, en abierta oposición a esos partidos que son incapaces de hacer nuestra felicidad”, reafirmando con esas palabras su desilusión y condena hacia el caudillismo tradicional. Y Wainwright Nuila lo hizo un año después, argumentando que el bipartidismo se encontraba en una “vergonzosa descomposición y en plena bancarrota moral”. Él pudo ver, en 1928, lo mismo que verían las posteriores generaciones de hondureños en las últimas décadas del sigo XX y la primera del siglo actual. Visionarios como eran, ambos percibieron que la política nacional y sus dos insignes partidos eran, en realidad, un pantano cenagoso lleno de miasmas, esos efluvios malignos que, según se creía, desprendían cuerpos enfermos, materias corruptas o aguas estancadas?.

Al entrar en contacto con las ideas que llegaban desde la joven Unión Soviética, su concepción del Estado y la política cambió radicalmente, hasta llegar a definir el Estado de su tiempo como “el monstruo insaciable que desde la altura lo aprisiona todo”, a lo que respondía proponiendo la construcción de un “Estado de la clase trabajadora y para la clase trabajadora”. El cambio más significativo, en el contexto del pensamiento político hondureño, fue que detrás de esta concepción había una perspectiva de clase, determinada a su vez por la concepción marxista del Estado, la política y la historia que la Internacional Comunista difundía en la Centroamérica de esos años.

Tal vez advertidos por esa experiencia, ninguno de los dos volvió a pensar que los partidos Liberales y Nacional eran o llegarían a ser la alternativa política que aseguraría la gobernabilidad de Honduras, o que fueran los instrumentos idóneos para construir la felicidad del pueblo hondureño. La vida y la historia les dieron la razón. Y, conociendo de primera mano la tradición de violencia que el caudillismo y los partidos tradicionales impusieron a la política nacional, provocando destrucción y muerte, jamás propusieron que la violencia fuese el camino hacia la libertad y la justicia que ellos proclamaban como exigencia de la clase trabajadora?. Por eso nunca se les oyó decir, como al poeta soviético Mayakovski, “tiene usted la palabra, camarada máuser”, para sugerir que su revólver podía entonar el himno de la revolución?.

Hasta la aparición de este libro teníamos un conocimiento escaso y disperso de la vida personal y política de Juan Pablo Wainwright. Sabíamos, por lo ya dicho por un reducido número de autores, que su nombre emergía frecuentemente en la historia temprana del comunismo centroamericano, y que sus aportes a los primeros partidos comunistas organizados en El Salvador, Guatemala y Honduras no fueron despreciables; que sirvió en el ejército canadiense en la Primera Guerra Mundial; que más tarde viajó por el mundo; que colaboró en la organización de los trabajadores bananeros en Honduras; y que, finalmente, fue capturado y fusilado en Guatemala por el gobierno dictatorial de Jorge Ubico?.

Pero sabíamos poco o nada de su vida personal, familiar, romántica y amorosa. Y mucho menos de los pormenores de su actividad política, sus capturas, prisiones, fugas, juicio y condena final en Guatemala. No era, ciertamente, un ilustre desconocido en la historia política hondureña, puesto que gozaba de los créditos que la izquierda local le había atribuido y el mito político que ésta había construido alrededor de su figura con fragmentos arrebatados a la historia. Pero este libro de Rina Villars viene a quitarle el velo a lo que desconocíamos sobre Wainwright al reconstruir, paso a paso y meticulosamente, su biografía personal y política.

Estas páginas se mecen entre la biografía individual del personaje y la biografía colectiva de la sociedad, siendo esto una de las facetas más destacadas de esta obra. Esta labor no es nada fácil. Requirió de un enorme esfuerzo de su autora que, aunque lo niegue, es una talentosa historiadora y una investigadora seria y acuciosa. Sin embargo, para escribir este libro, se necesitaba algo más que talento y seriedad. Hacía falta eso que el poeta Mayakovski describió tan admirablemente: “Para que los ojos miren hace falta calor, hace falta verdor”?. Justo de lo que menos carece Rina Villars porque, al leer su libro, “¡Qué abrasador es el calor de esas palabras comparadas con el chisporroteo de la palabra cruda!”¹º.

Y así el lector se entera de la vivacidad del personaje y, guiado por la autora, llega a saber que Juan Pablo Wainwright le daba colorido a cualquier incidente que para otros pasaría inadvertido, y que a sus interlocutores se les iban las horas hablando con él; así como ahora se nos van las horas hablando de él, con el colorido de su vida y del libro en la que queda plasmada. Wainwright era capaz de transfigurar lo prosaico de su vida para convertir su significado más íntimo en compromiso y aventura. Era un alquimista social, que buscó transformar la injusticia en justicia, y la opresión en liberación. Y Rina Villars se da cuenta de que en la vida y obra de Wainwright apenas existe una frontera de cristal entre realidad y fantasía, y aprovecha su intuición para convertir esta biografía en una obra de valor literario, manteniendo a sus lectores al borde de la realidad o al filo de la ficción. Dialoga con su personaje por medio de sus largas, pero bien mesuradas epístolas, hasta que ambos parecen compenetrarse y participan en dúo de la misma trama, del libro y de la historia. Se complementan, en una complicidad imposible de pactar fuera de una obra literaria.

Porque la vida de Juan Pablo Wainwright fue así: Testimonial y literaria a la vez. Viajó por “los cuatro costados del globo”, pero cuando le preguntaban cómo se las arreglaba para viajar por todo el mundo en barcos y ferrocarriles “como si hubiese tenido pase en todos ellos”, respondía como el nombre de aventuras que era: “Me meto en un barco y el barco me lleva”. Y así consiguió también un pase para entrar y viajar por la historia en los últimos ochenta años, aunque esta vez lo pagó con su propia vida.

Pero historias como esas eran apenas el inicio de otras proezas, con las que se alimentarían su leyenda y su mito. Como el episodio del salto desde un tren en marcha, cerca de Choloma, cuando era trasladado como prisionero hacia la Fortaleza de Omoa, ocasión que aprovechó para fugarse. Fue un salto al vacío, que en poco tiempo se convirtió en un salto a la historia, a la leyenda y el mito. Y allí lo encontró el historiador Ramón Oquelí, que lo pilló deteniendo trenes bananeros con un silbato, para repartir entre los pasajeros hojas volantes subversivas.

Estos pequeños grandes detalles no escapan a lo no menos fértil imaginación de la autora quien, con todas las cartas de la vida de Wainwright extendidas sobre la mesa, se atreve a dialogar con él, para decirle: “Usted puso también en funcionamiento su capacidad natural de sugestionar a sus interlocutores; es decir de despertar en ellos fascinación y dominar su voluntad… haciendo uso de la fecunda imaginación de la que hizo gala a lo largo de su vida”. a lo que él, con la vivacidad y el aplomo del narrador consumado que fue, le habría respondido que su intención no era “sugestionar” ni “fascinar” para dominar la voluntad de sus interlocutores, sino simplemente contar lo extraordinario con la misma naturalidad que se cuenta lo ordinario. Una respuesta ficticia, pero nada improbable, porque su correspondencia familiar y sus relatos, como aquel en que cuenta el uso del título de “general” para ganar respeto entre los viajeros de un barco, demuestran la sutileza de su estilo y la versatilidad de su personalidad, matizada por ese humor irónico que hace la vida menos dura en los trópicos.

Su vida privada, por el contrario, parece revelar una segunda personalidad, opuesta a la del aventurero. Cuando del cuidado de sus hijas se trata, entonces asume una conducta paternal hasta el detalle, sin renunciar a esa preocupación, siempre latente, por el futuro de sus más cercanos. Al observar su actuación en la vida familiar y doméstica, surge la tentación de decir de Juan Pablo Wainwright lo que Octavio Paz dijo del revolucionario ruso Víctor Serge: “No me impresionaron sus ideas; me conmovió su persona”.¹¹ Porque el revolucionario hondureño de gran temple y “alma de acero”, demostró ser también un amoroso esposo y padre, hijo agradecido y amigo leal.

Hay una característica clave en su personalidad que lo define todo, y que cabe en una frase muy corta de este libro: “Juan Pablo Wainwright es el caso de un hombre que supo entregarse íntimamente a su idea”. Sin duda, así lo fue. Y su entrega era total, porque en ésta concentraba todas sus energías y construía las estrategias que le permitían lograr sus objetivos. Esa idea era vivir su vida según principios que se ajustaban a su verdad y a una personalidad inquieta, aventurera, comprometida con lo que creía justo, motivada para ir siempre más allá de lo que otros apenas imaginaban. Su cuerpo no conocía la inquietud. Tampoco su espíritu. Así llegó a los ideales socialistas, al compromiso político con los trabajadores bananeros, con el Partido Comunista, con su familia y consigo mismo para defender su causa con firmeza.

Y su defensa fue tan firme, que se convirtió en una fe, casi ciega, en la revolución socialista y la causa obrera internacional. Vistas desde nuestro tiempo, las ideas socialistas y quienes las asumieron como propias, en las décadas de 1920 y 1930, lucen como idealistas románticos, inquietos buscadores de utopías que ellos mismos no sabían definir con precisión. Sin embargo, creían que con sus luchas echarían “los cimientos de una nueva humanidad” y, una vez tomado el poder, fundarían la “República Soviética de Centroamérica”.

A pesar de esa declaración, los mecanismos que les permitirían tomar el poder no son evidentes. La clase obrera, “motor” de la revolución, apenas estaba naciendo y se organizaba con dificultad. Y el Partido Comunista, “motor” de la clase obrera, según la ortodoxia marxista, era aún más débil. La huella que los comunistas de esa época lograron dejar en la historia hondureña y centroamericana se debe, desde mi perspectiva, a que lograron asociar su causa con la lucha por la justicia y por los derechos económicos y sociales de la clase trabajadora de su tiempo.

Al reivindicar los derechos laborales desde su perspectiva jurídica, económica y social, y asumir un compromiso político con la clase social portadora de tales derechos, los comunistas se convirtieron en los más comprometidos defensores de los derechos humanos de la clase obrera, especialmente de los trabajadores bananeros. Las injusticias que los comunistas denunciaron y condenaron desde los últimos años de la década de 1920, señalando como responsables a las compañías bananeras estadounidenses y al “Estado burgués” nacional, no eran falsas; existían en la realidad cotidiana de las plantaciones y se extendían por todo el país, determinadas por una concepción oligárquica del Estado y una percepción autoritaria del ejercicio del poder.

Esta asociación con la causa de la justicia hizo que los comunistas ganaran un lugar en la historia nacional, no sólo cuando cayeron por su causa o fueron expulsados del país, sino también cuando el “Estado burgués” empezó a emitir leyes y códigos laborales, reformas agrarias y asistencia social para beneficiar a los trabajadores, dándole así la razón histórica a los comunistas que las exigieron veinte años atrás. Pero no sólo acertaron en exigir lo que exigieron sino que, además, vaticinaron que la clase obrera vería satisfechas sus demandas sólo cuando fuese capaz de levantarse como una sola fuerza en contra de sus opresores; y la clase obrera de 1954 y su aplastante manifestación de poder y organización les dio la razón e hizo realidad el sueño que Wainwright y Cálix Herrera habían soñado bajo la bandera ideológica del Soviet, veinticinco años atrás.

Pero la lucha iniciada por los comunistas en defensa de los derechos laborales y por la construcción de un poder obrero en Honduras no dejó impávidos a sus oponentes, las compañías bananeras y el Estado oligárquico nacional, que desataron una campaña anticomunista en la que, a falta de argumentos racionales, se explotó a fondo el “miedo a lo desconocido” al describir a los comunistas como una secta de fanáticos empeñada en destruir la paz social y anarquizar la vida política. La represión, el encarcelamiento, las deportaciones, los linchamientos y el crimen pasaron a ser el orden del día.

¿Eran comunistas las masas obreras de las bananeras, en las décadas de 1920 y 1930? ¿Fueron comunistas los iniciadores de un nuevo discurso nacionalista, fundado en su ideal antiimperialista y su crítica a las compañías bananeras y la injerencia de Estados Unidos en la política nacional? Este libro de Rina Villars demuestra que las masas laborales de la costa norte no eran comunistas, ni podían serlo en ese momento histórico. Por el contrario, los trabajadores bananeros y las huelgas que llevaron a cabo contra sus patronos, como las de 1932, demostraron que los obreros eran capaces de superar las expectativas de los comunistas, como estos lo reconocieron en sus documentos e informes. No, la masa de trabajadores de las plantaciones bananeras no era comunista, pero en determinados momentos asumía el programa de lucha reivindicado por los comunistas y aprehendía de estos una motivación basada en la suprema confianza de que el futuro pertenecería a los trabajadores.

Por otra parte, el nacionalismo de los comunistas era relativo; derivaba de su antiimperialismo y no de una defensa firme de la cultura, la historia, las tradiciones o las tendencias más relevantes en la construcción de la nación hondureña. En el extremo opuesto, abrazaban el internacionalismo proletario, proclamado por la Internacional Comunista y la Unión Soviética, y ese internacionalismo los convertía, ante sus adversarios, en apátridas.

Tanto por sus luchas a favor de los derechos laborales, como por su adhesión al programa ideológico de la Unión Soviética y la Internacional Comunista, los comunistas hondureños quedaron expuestos a algo más que la represión oficial: Fueron estigmatizados para siempre como peligrosos indeseables, y la historia de sus luchas se convirtió en un fantasma que las elites dirigentes utilizaron reiteradamente, ayer como ahora, para aniquilarlos y condenarlos al ostracismo político.

Ese fantasma apareció también, obsesivamente, en la mentalidad de las elites coloniales, en forma de motines y revueltas indígenas; y en la forma de sublevaciones o insurrecciones populares en el imaginario político de las elites criollas, que reemplazaron a los españoles. Era, y sigue siendo, el miedo a perder el poder. Pero ningún fantasma ha perdurado tanto como el del comunismo, que volvió a ser mencionado como agitador de oficio tras las marchas populares contra el golpe de Estado el 28 de junio de 2009. Así, el “peligro comunista” se convir

1. Octavio Paz, Itinerario, Col. Tierra Firme, FCE, México, 1998, p. 89.

2. Albert Camus, L‘homme révolté, Col. Folio/Essays, Éditions Gallimard, París, 1951.

3. Octavio Paz, op. cit, p. 89.

4. Cfr., John Donovan, Red Machete: Communist Infiltration in the Americas, The Bobbs-Merrill Company, INC., Indianapolis/Nueva York, 1962, p. 203.

5. Según la definición de miasma del diccionario de la Real Academia Española en su 22ª edición.

6. Como lo reconocieron los dirigentes comunistas de esa época, “la única sublevación armada de masas dirigida por un partido comunista en América Latina” fue la insurrección campesina de 1932, en El Salvador. Cfr., Michael Löwy, El marxismo en América Latina (De 1909 a nuestros días). Antología, ediciones Era, México, 1982, p. 114.

7. Cfr., Mayakovski, Poemas 1917-30, vol. XXX, Visor, Madrid, 1973, p.11.

8. John Donovan, op. Cit., p. 203.

9. Mayakovski, op. Cit., p. 115.

10. Mayakovski, op. cit., p. 100.

11. Octavio Paz, op. cit., p.76

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