Una reseña crítica del libro de Rina Villars sobre Juan Pablo Wainwright

De la apología, al descubrimiento de las verdades

Juan Ramón Martínez

La Tribuna, 20 febrero de 2011

Pese al entusiasmo de su autora, de la respetabilidad de las fuentes emocionales hondureñas –Rafael Heliodoro Valle, Medardo Mejía y Ramón Oquelí- y la calidad casi novelesca de la vida de Juan Pablo Wainright, se ha impuesto la profesionalidad del oficio, la calidad de las pruebas y los testimonios escritos por el biografiado. Estos últimos por supuesto, los de menor credibilidad pese a todo. Por ello, en vez de una apología, lo que Rina Villar nos da en “LEALTAD Y REBELDÍA”, “la vida de Juan Pablo Wainwright”, (Editorial Guaymuras, Tegucigalpa 2010), es una obra científica que no se rinde ante las apariencias; y que, en consecuencia, en vez de resolver los problemas puntuales que siempre se han planteado algunos intelectuales para crear una historia confiable de las rebeldías marxistas, nos deja el sabor que el intento es bueno, serio u respetable.

Otra foto de JPW al lado de la Capilla en la Penitenciaría Central de Guatemala, febrero de 1932.

Pero que los resultados no son los que posiblemente había esperado la autora, porque no logra confirmar por ejemplo que JPW haya sido marxista, que haya fundado el Partido Comunista Hondureño y que haya participado, real y efectivamente, más allá del sueño y de la fácil conversación de los idealistas irremediables, en un esfuerzo por derribar el gobierno de Jorge Ubico, casi con las puras manos, mientras este atravesaba uno de los momentos de mayor consolidación al extremo que sólo dejó el gobierno cuando sus compañeros militares así lo dispusieron, casi trece años después.

La tarea de Rina Villars –que aunque no se declara historiadora tiene la perspicacia y la habilidad de no caer en brazos de las emociones y más bien, siempre exige que hablen las pruebas ante los intereses creados; o las historias repetidas- no ha sido fácil. Pero ha salido adelante; e intacta en su integridad, sin hacerle concesiones falsas a la verdad. Tuvo que saltar por encima de los encantos de los versos de los poetas, Rafael Heliodoro Valle y Medardo Mejía, que hicieron de las vidas de Manuel Cálix Herrera y de Juan Pablo Wainwight, épicas gestas a favor de la libertad, donde habían modestas luchas, mal planteadas por falta de entrenamiento, estudio y formación; y fundamentalmente por falta de madurez en la apreciación, valoración y modificación de lo que los marxistas llamaban condiciones objetivas para el surgimiento y movilización del proletariado. Los versos de Valle son estremecedores; pero más orientados a la compasión por el vencido, que a la reflexión seria y profunda de los hechos. Y los de Medardo Mejía, con todo y que son más realistas, conducen a equivocaciones y a obligadas reflexiones, indicativas que las cosas todavía, pese al esfuerzo de Rina Villars, no están lo suficientemente claras. Hay muchas que huelen más a poesía, épica tropical, que a la verdad que es lo que todos queremos conocer.

Pero además, Rina Villars ha tenido que luchar –posiblemente sin quererlo; pero obligado por su entrenamiento universitario- en contra de la mitología de Graciela de García que se convierte en la única posibilidad de validar los hechos. Por ello, nos ha presentado las afirmaciones de Graciela de García más como opiniones que como referencia confiable de los hechos. Por lo menos los abogados más antiguos, hace algunos años cuando estaban vigentes los viejos códigos de 1906, exigían que un hecho para ser aceptable, debía ser respaldado por lo menos por dos testigos contestes. Claro ha tenido la suerte de contar con unas herramientas que nadie había conocido antes en el país; la correspondencia de los funcionarios soviéticos y los agentes suyos en Honduras. Esta fuente ha colocado las cosas en su lugar, permitiéndonos conocer las debilidades de los que se autocalificaban revolucionarios, su escasa militancia en las organizaciones mutualistas o sindicalistas existentes hasta entonces, su ingenuidad en la comprensión del funcionamiento de la sociedad y, lo más grave, el distanciamiento del verdadero proletariado hondureño que se encontraba efectivamente en el interior de la industria del banano, especialmente.

Llama la atención que Manuel Cálix Herrera, por ejemplo nunca se empleara como trabajador en las compañías bananeras, que Juan Pablo Wainwright no haya podido –con pruebas irrefutables- efectuar tareas organizativas, más allá de la simple elaboración y distribución de panfletos y hojas sueltas. Imponiéndose su vocación de publicista, sobre la obligada tarea del organizador de las masas. Desafortunadamente, los informes de los cónsules estadounidenses –motivados por sus temores, animados por sus incompetencias y cercados por la voluntad de instrumentalizar al gobierno de Mejía Colindres reprimiendo a los trabajadores agrícolas que justamente protestaban por la disminución de sus salarios– le atribuyeron a los activistas comunistas una fuerza y una responsabilidad que nunca tuvieron en la práctica.

Igual que en 1954, las huelgas y los conatos de rebeldía de los años 1828 y 29, no fueron obra de la actividad de los agentes soviéticos en el área, sino que fruto de una reacción espontánea de los trabajadores que defendieron en la mejor forma que podían, la integridad de sus salarios. Pero para los cónsules estadounidenses era más fácil identificar culpables externos, obligar a las autoridades para que procedieran en contra de unos pocos chivos expiatorios, y para crear un clima de represión que paralizara el rechazo de los trabajadores a la agresión de sus intereses. Por ello sus informes deben verse con mucho cuidado, evitando el valor instrumental y operativo de los mismos o confundiéndolos con la verdad.

Rina Villars muestra documentalmente, la escasa influencia de la distribución de hojas sueltas, cuyo contenido desafortunadamente no conocemos, en un movimiento huelguístico que tenía una fuerte motivación defensiva; y que no buscaba otras finalidades como quisieron hacerle creer al gobierno de Vicente Mejía Colindres los nerviosos y poco informados cónsules estadounidenses establecidos en la Costa Norte y en Tegucigalpa.

Por ello al final de la lectura de este libro interesante y documentado, lo que uno siente es pena por este par de idealistas que, sin entender completamente las cosas pero animados por la novedad y la posibilidad de la transformación que ofrecían las nuevas ideas originadas en el gobierno soviético, especialmente en momentos en que crece el desempleo por la crisis del capitalismo, se involucraron en tareas que los llevaron a la muerte, vía la enfermedad en el caso de Cálix Herrera y de fusilamiento en el de Juan Pablo Wainwriht. Uno tiene la impresión que no está ante dos héroes, sino que ante dos víctimas. El héroe está consciente de los peligros y los sacrificios; e incluso se acerca a los mismos para buscar el fin de la angustia existencial que le representa la espera.

Pero ni en Cálix Herrera y mucho menos en JPW, uno encuentra esta prisa por terminar las cosas. En este último –y aquí encontramos lo más débil del libro, en vista que no tuvo acceso la autora a los documentos judiciales del caso y lo que conoce son los resúmenes de los periódicos oficiales y de la policía- más bien nos acercamos hacia la víctima alienada que, vía la provocación, la fantasía y el ensoñamiento, busca que el enemigo descubra que carece de peligrosidad. Y que, en consecuencia lo debe dejar en libertad. La afirmación de JPW, en el sentido que 20 personas, entre ellas los once encausados, iban a derribar al gobierno dictatorial de Jorge Ubico; y que instaurarían una república de los soviet y de trabajadores, sólo pudo ser creída por quienes querían usarlos como víctimas propiciatorias para lanzarle un sangriento mensaje al pueblo guatemalteco en el sentido en que si se rebelaban como habían hecho los salvadoreños, iban a proceder sangrientamente en su contra.

Este libro por supuesto, muestra y honra a un hombre de gran ternura, al presentarnos un ser humano raro y sensible, idealista y muy poco informado de las realidades políticas y económicas de los países de América Latina como JPW, interesado en la educación de sus hijos, amigo del detalle y poco confiado en la capacidad de su mujer para hacer las cosas como correspondía. Este, sin lugar a dudas fue un gran hombre, victimado por un régimen tiránico, sin pruebas suficientes, motivado más por intereses comerciales y políticos que todavía tendremos que esperar que en el futuro arrojen más luz sobre las causas reales de su muerte. Por mientras nos queda la satisfacción de celebrar que Oquelí, en su afán de elevar a JPW a los altares del santoral marxista, le haya inventado al idealista sacrificado injustamente en Guatemala, la historia de detener trenes en marcha con un silbato y que fue un héroe porque se había arrojado de un ferrocarril en marcha, desde el más seguro de los vagones: el último. No cabe duda que Oquelí no conoció el tren. Un tren en marcha, es imposible que sea detenido con un silbato. Por una razón física elemental; el ruido en el interior de la máquina que arrastra los vagones, hace que sea imposible escuchar los silbatos. Y que además, una máquina en marcha requiere más de un millar de metros para poder detenerla por razón de las reglas inerciales de la mecánica elemental.

Además el mérito no está aquí, en estas cosas tan poco honorables, sino en la capacidad de asumir, con una pasión inmerecida, un destino que no le correspondía; y que, como es natural no se merecía. Con lo que al final, uno siente que antes que comunista –de lo que entre paréntesis no tenemos prueba alguna- y de fundador de partidos políticos inexistentes, JPW era un santo varón, un “Cristo anónimo” en el sentido de Manuel Nover, un hombre solo que cayó en manos de desalmados que tenían como misión diaria, colgar a un justo para aterrizar a los inocentes a fin que la furia y la tentación del disgusto ante la injusticia, no les animara a la protesta y al rechazo de las autoridades irresponsables. Por ello, no hay manifestaciones; ni declaraciones en su favor. Su muerte estuvo rodeada de un silencio cómplice de quienes nunca fueron sus compañeros, porque él fue un agitador que no creía suficiente -y no es su culpa– en la organización y/o la movilización de las masas. Se sentía más un agente vendedor de un nuevo producto como era el movimiento proletario soviético, especialmente en los momentos en que Estados Unidos se debatía en la mayor de las crisis de su sistema capitalista. Estas cosas, que son obvias en el libro que comentamos, no son aceptables aun ahora, para entender por qué los partidos comunistas nunca crecieron y jamás llegaron al poder por el camino de la movilización de las masas organizadas o el ejercicio de la violencia armada.

Esta desarticulación entre marxismo y acción política y gremial organizada, todavía no ha sido suficiente estudiada. Los informes de los agentes soviéticos son incompletos y apenas entusiasman algunos hechos relevantes planteados como sugerencias, especialmente cuando ponen en evidencia que los promotores del cambio político no entendieron la dinámica del movimiento obrero, que fuera de Monte de Oca, como ocurriera con JPW, porque nunca fueron obreros. Todavía, después de 1954, el Partido Comunista se distanció de los movimientos de los trabajadores, basado en consideraciones ideológicas que pudieron postergarse con una dosis de menor sectarismo.

Pero lo más grave –y esto se nota en el libro que comentamos- es el hecho que los movimientos comunistas, sometidos a las órdenes de la Unión Soviética, no contaban con los beneficios la libertad y la creatividad para el manejo de las realidades que no se podían visualizar y valorar desde Moscú. Por lo que las acciones espontáneas, como las JPW y las del Che Guevara, muchos años después, fueron dictadas más por sus visiones personales, la creencia en la superioridad sus fuerzas morales, la fuerza de sus ejemplos singulares y la convicción que los fines, de alguna manera, modificaban las realidades en su favor. Por supuesto, coincidimos con la autora: hubo mucha lealtad y rebeldía, pero muy pocos resultados. Porque los protagonistas actuaron más como víctimas ejemplarizantes que como reales conductores de masas en dirección al poder. Por supuesto su falla no sólo es imputable a ellos. Y sus actos son respetables porque, los dos entregaron sus vidas, creyendo que tendrían un efecto demoledor en la estabilidad de los regímenes autoritarios. La muerte de JPW no produjo la revolución centroamericana. Así como la del Che Guevara, tampoco estremeció a los Andes, como él había pensado.

Tegucigalpa, febrero 14 del 2011.

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