Un hallazgo decisivo para la Historia de Centroamérica: los libros segundo y tercero del Cabildo de Santiago de Guatemala…

 

 

 

 

 

 

 

Cien años perdidos.

Marta Sandoval

El Periódico, 13 de marzo de 2011

Bien dicen que cuando menos se buscan es cuando aparecen las cosas perdidas. Después de un siglo sin saber dónde estaban dos importantes libros manuscritos de la época colonial, aparecieron en Nueva York. Tras haber cruzado de ida y vuelta el océano, por fin sabemos dónde están esas amarillentas páginas que guardan datos escritos del puño y letra de Doña Beatriz de la Cueva y Pedro de Alvarado.

Ubico accedió. A José Joaquín Pardo no le costó demasiado convencer al presidente de que los papeles coloniales que estaban en poder de la Municipalidad pasaran al Archivo General del Gobierno. Eran documentos importantes, hojas amarillentas donde la estilizada caligrafía de Doña Beatriz de la Cueva o la de Francisco Marroquín relucían como testigos de una época. Jorge Ubico no tuvo inconveniente y mandó trasladar todos aquellos tesoros de papel. Don Joaquín los recibió entusiasmado. Llegaban a sus manos los libros del Cabildo, aquellas páginas donde se anotaban todas las actas, decisiones y peticiones del Gobierno. El Cabildo era algo así como la municipalidad de nuestros días, y en la época colonial no escatimaban tinta en anotar todo lo que pasaba. Desde la llegada del nuevo cura letrado, Francisco Marroquín, hasta los gastos que se hicieron para alguna celebración.

Pero el entusiasmo de Don Joaquín se acabó pronto y su sonrisa se convirtió en una mueca de preocupación: faltaban dos libros con los datos de 1530 a 1550. Revisó otra vez, volvió a buscar y nada. Habían desaparecido. Las páginas donde Doña Beatriz firmó como La Sin Ventura se esfumaron, no quedaba una prueba de aquellos años de la viuda de Pedro de Alvarado.

¿Cuándo salieron? No estaba claro. La última vez que se tuvo noticia de ellos fue en 1892, cuando España organizó una exposición con ocasión de los 400 años del descubrimiento de América. Pidieron prestados los libros para mostrarlos en Madrid. Pero en Guatemala las autoridades del Museo Nacional, que los guardaban en esos años, no estuvieron dispuestas a dejarlos salir. Era demasiado peligroso que cruzaran el océano. Así que fotografiaron cada página y mandaron las copias a España. Por lo visto los cuidados no fueron tantos, porque más adelante desaparecieron sin dejar huella.

Pero la tierra no suele tragarse documentos históricos, y el mundo da muchas vueltas. En una de esas aparecieron, en Nueva York, en una biblioteca donde ni siquiera se imaginaban la incasable búsqueda que historiadores guatemaltecos habían hecho en el último siglo.

Noticias de Nueva York

Christopher Lutz recibió un mensaje que lo dejó boquiabierto. Era un correo electrónico del etnohistoriador neerlandés Sebastián van Doesbur. “Al examinar la colección de la Hispanic Society encontré algunas referencias a manuscritos del convento de Santo Domingo de Guatemala y a algunos de los primeros libros de cabildo de Guatemala. Probablemente usted esté enterado de la existencia de este material, pero le envío los datos por si acaso”. Lutz no podía creerlo. ¿Serían los libros perdidos hace cien años? Difícil imaginar que la respuesta a una búsqueda tan larga llegara con tanta facilidad.

Lutz se comunicó de inmediato con dos colegas: la historiadora Wendy Kramer y el geógrafo George Lovell. En pocos días los tres estaban camino a Nueva York, tenían que ver con sus propios ojos aquellos libros. “Nuestra vida como investigadores cambió para siempre”, escribiría más tarde Lutz, al dar fe de que aquellos libros, en efecto, eran los perdidos a principios del siglo pasado en Guatemala.

Al llegar a Nueva York se enteraron de que Van Doesburg hacía una investigación sobre Oaxaca y había llegado a la Hispanic Society en busca de material sobre Latinoamérica. En realidad la Hispanic Society se especializaba en España. Su fundador, Archer Huntington, era un magnate que admiraba profundamente la cultura española, por lo cual con el dinero de sus empresas de ferrocarriles había fundado un centro dedicado a España. Compró pinturas de Francisco de Goya y Diego Velásquez, y mandó traer al mismo Joaquín Sorolla para que pintara unos murales en el edificio que albergaría su colección. Adquirió libros tan valiosos como un manuscrito de Francisco de Quevedo, la Edición Príncipe de La Celestina, de Fernando de Rojas; un mapa que dibujó Juan Vespucio en 1526 y 2 centenares de incunables. Pero como la historia de España no se puede desligar de la de América, Van Doesburg buscó allí textos para su trabajo sobre México. Y encontró cosas valiosísimas. Una tarde, mientras estudiaba en la biblioteca, escuchó a John O’Neill, el curador de manuscritos, hablarles a algunos visitantes sobre unos libros raros que, por alguna razón, nadie estudiaba. Les contó sobre los libros de cabildo de la colonia y de los datos interesantes que guardaban. Van Doesburg aguzó el oído y le recordó a su amigo Lutz, un estudioso de la cultura guatemalteca que fundó el Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica (Cirma). “Seguro le interesaría saber de estos libros”, pensó, y corrió a escribir el correo. No imaginaba lo emocionados que resultarían los historiadores guatemaltecos con aquel hallazgo.

Lutz, Krammer y Lovell interrogaron al curador de la biblioteca. ¿Cuándo llegaron? ¿Cómo es que están aquí? Las preguntas eran muchas y habían aguardado demasiado por una respuesta. O’Neill les contó que los dos libros formaban parte del catálogo H.C. 418. Buscaron las siglas y dieron con el nombre del librero que los vendió a la Hispanic Society:

Kart Hiersemann. Los habían comprado en 1913, probablemente solo un par de años después de que se perdieron de Guatemala. Pero antes de llegar a Nueva York viajaron a Alemania. Hiersemann los guardaba en Leipzig junto con un montón de documentos antiguos más.

Hiersemann le preparó a Huntington, el magnate de los ferrocarriles, un catálogo con más de medio millar de documentos para que comprara material para su nueva biblioteca. Huntington le compró todo, 563 libros, entre estos los 2 de cabildo y 81 más que tienen que ver con Guatemala. Huntington los puso al alcance de los investigadores en su biblioteca junto con miles de valiosísimos volúmenes que tienen que ver con la Colonia y América Latina. Pero en los libros de cabildo nadie se había fijado.

No está claro cómo ni cuándo salieron de Guatemala. Se echaron en falta hasta los años treinta, cuando Joaquín Pardo los pidió, y se sabe que en 1892 estaban en Guatemala. Son tres décadas en blanco, donde nada se sabe de ellos. Jorge Luján, director del Departamento de Historia de la Universidad del Valle, tiene una hipótesis: salieron en 1910, junto con unos manuscritos de Jiménez, que fueron robados y aparecieron años más tarde en Alemania. Probablemente, el mismo ladrón se los llevó. Tampoco está muy claro dónde estaban cuando los robaron. Luján ha investigado, y encontró un documento donde un investigador estadounidense, Adolf Francis Bandelire, habla de estos en 1880. En ese año él los consultó en el Museo Nacional de Historia, así que es probable que ese haya sido el sitio del hurto.

El librero alemán los había valorado en 80 mil marcos alemanes, unos US$20 mil actuales. Le dijo a Huntington que todos esos documentos provenían de la biblioteca del historiador guatemalteco Alejandro Marure, pero Lutz y Krammer dudan de que esto sea verdad. En el lote que vendió iba además mucha información sobre otras regiones como las Antillas o Panamá. También había libros publicados después de 1851, el año en que murió Marure. De dónde salieron, eso es algo que no está claro y que será complicado determinar. Luján piensa que algún guatemalteco inescrupuloso los robó del museo y los vendió.

Pero en realidad lo que a Luján y a los demás historiadores les importa es que hayan aparecido, que puedan ser estudiados otra vez, que otros ojos, como en su tiempo lo hicieron los de Fuentes y Guzmán, puedan leerlos.

Que los libros vuelvan a Guatemala no es algo sencillo. Fueron adquiridos por Huntington sin imaginar que los habían robado y forman parte desde hace un siglo de la biblioteca de la Hispanic Society, recobrarlos no sería en absoluto fácil.

Pero saber que están protegidos ya es algo que tranquiliza a los investigadores.

Imaginar que sobre aquellos papeles posó sus manos la Sin Ventura, que Pedro de Alvarado los tocó, basta para comprender lo valiosos que son. Cien años perdidos, cien años en las sombras, sus palabras quedaron cien años sin ser leídas, pero no hay mal que dure cien años, o doscientos.

*Con información de Jorge Luján y Christopher Lutz


El traslado y otros datos
Christopher Lutz y Wendy Kramer hablan de la importancia de estos libros:
 

“Los tomos 2 y 3 representan el récord oficial del gobierno colonial en Guatemala durante 23 años, desde mayo de 1530 hasta 1553.

El Tomo 2 termina unos días antes de la destrucción de la Ciudad de Santiago en Almolonga y poco después de la muerte de Pedro de Alvarado. En la ciudad, después de tres días de lluvia, descendió un aluvión de lodo, árboles y piedras por la falda del volcán de Agua y destruyó la ciudad que habitaban los españoles y sus esclavos y sirvientes. Se nota que el libro mismo se dañó con agua de la tempestad. El libro segundo puede aportar datos importantes sobre la vida cotidiana de los vecinos y habitantes de la ciudad, campañas militares contra el pueblo autóctono y su resistencia, la encomienda temprana y la distribución de tierras y solares a los vecinos españoles, la búsqueda de minas y los pormenores de la vida económica, poco conocida hasta ahora por la falta de fuentes primarias. Hay muchos mitos sobre la historia temprana guatemalteca y estos libros nos van a clarificar muchas cosas.

El tercer libro comienza solo unos días después de la destrucción de la ciudad, el 16 de septiembre de 1541, y termina en 1553. La ciudad tuvo que trasladarse a un sitio más seguro, donde hoy se encuentra Antigua Guatemala, y esperamos encontrar detalles del traslado y de la traza y edificación de la nueva ciudad. También se tuvo que decidir en cabildo quién se encargaba de la gobernación, porque la gobernadora, Doña Beatriz de la Cueva, había fallecido en la destrucción de la ciudad. Hasta ahora para entender los años tan importantes en la vida de la nueva ciudad, de 1530 a 1553, solo teníamos la poca correspondencia existente entre el cabildo y la Corona Real. Hay menos de 15 cartas, y muchas se encuentran en el Archivo General de Indias en Sevilla, España. Ahora tenemos a mano y en buenas condiciones una fuente primera de más de 900 páginas (450 folios, aproximadamente) que nos brindará mucha información fidedigna de la vida social, política y económica de la ciudad de Santiago de Guatemala”.

 

 

 

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